jueves, 14 de abril de 2016

Muéranse

Anoche me pegué una de esas caminatas nocturnas que son de las cosas que más me gusta de estar viva. Venía del gimnasio, así que andaba con el cuerpo prendido, potente, dándome todo el color. La mayor parte de las veces no me da miedo caminar de noche y sola si es que es en un lugar que ya conozco. Incluso lo de no tener miedo es un ejercicio: una prepara el cuerpo para no andar con susto pero sí para defenderse de los peligros. Hay toda una técnica. Esta vez andaba cerca de mi casa, así que todo estaba perfecto: el aire fresquito, casi no pasaban autos, la música buena. Andaba contenta sin una razón específica, terrible tranqui. Todo muy bien, alegre, hasta que siento una palmada en el culo y por mi lado pasa un tipo en bicicleta. Mi reacción fue bien idiota al comienzo porque pensé que el loco podía ser un amigo mío. Onda, ¿por qué un desconocido me tocaría el poto en medio de la noche? obvio que algo así sólo lo haría alguien cercano, con la confianza suficiente. Pero después caché que no tengo amigos que harían eso, y si lo hicieran debería mandarlos a la chucha. Mis amigos (ojalá cabros) no andan tirando agarrones a mujeres que caminan solas. Entonces al siguiente segundo empecé a gritarle al tipo. Que era un conchesumadre, que se muriera, que se fuera a la mierda. Muérete culiao, muérete. Muérete. Lo único que quería era que pasara un auto y lo atropellara. Después empecé a correr detrás de él a propósito, aunque no tuviera un objetivo específico; yo sabía que no podía volver el tiempo atrás y evitar el asunto, pero podía moverme, no quedarme paralizada. Me podís tocar el culo, saco de hueas, pero no me vas a bloquear. Igual no tenía idea de qué haría si lo alcanzaba: pegarle en las hueas, escupirle en la cara, patearle la bici. Tampoco sé si podría efectivamente haber hecho algo de eso. La cosa es que este hueón de mierda, a pesar de ir en bici, no iba muy rápido; podría haber salido soplado. Y no sé, se me ocurrió que igual lo estaba disfrutando un poco. Hasta que en una esquina miró para un lado, apretó raja y cruzó la calle en la dirección opuesta. Cuando llegué a esa misma esquina caché que había un furgón de pacos.
A mí me han acosado y me acosan de varias formas. Susurros en el oído, gritos desde la vereda opuesta, sobajeos, masturbaciones y una vez hasta me amenazaron de la forma más sutil y escalofriante con un cuchillo mientras me agarraban la cabeza para besarme. Pero nunca me habían agarrado el culo. Jamás. Porque no tengo poto, obvio. Incluso en un momento pensé: que ahueonao este saco de hueas que me toca el culo siendo que es tan pequeño, qué desperdicio de tiempo. A ese nivel una lleva interiorizadas las reglas de este régimen sexual: como no tengo buen poto, no debería ser deseable. Incluso me dio un poco de vergüenza por que al tocarlo, el loco habría cachado que no tengo poto, que mi culo es un fraude. Perdone lo poco, compadre.
La cosa es que cuando llegué a mi casa y me vi frente al espejo del baño caché que la chaqueta con la que andaba me apretaba caleta la cintura y por una ilusión óptica la raja se me veía un poquito más grande. ¿Y ese pequeño cambio había hecho toda la diferencia? ¿Eso lo explicaba todo? En volá si el culo no se me hubiera visto así, el loco nomás me gritaba algo al pasar, pero no estiraba la mano. Y para más remate pensé que si estuviera a punto de salir a carretear y me veo al espejo así, igual me habría encontrado rica y habría salido con toda la perso. Después pensé que tenía súper claro que la explicación de todo esto no era como se veía mi cuerpo, sino que el loco es un macho de mierda, pero aún así sentía algo de responsabilidad y puta, qué asco sentirse así cuando idealmente sé que no debería pensar esas cosas. Onda tanta Monique Wittig pa qué po.
Esta misma semana una amiga me contaba que desde que su cuerpo había cambiado a uno más deseable por los machos de siempre, la acosaban mucho más en la calle y que estaba chata, al punto en que había modificado sus rutinas nocturnas porque le daba nervios andar sola. De hecho no hay semana en que alguna amiga no me cuente algo cuático o nos enteremos de que a alguna otra cercana le pasó algo. Lo que todas solemos decir es “está brígida la cosa y estamos chatas”. Cómo hacemos, entonces.
La hueá es que el mismo cuerpo al que tratamos de “sacarle provecho” para que los hombres que nos gustan se fijen en nosotras y quieran culearnos es el que también atrae a los otros hijos de la yuta que me gustaría matar. ¿Y qué hueá está pasando cuando los hueones que te gustan desean exactamente lo mismo que los hueones que te manosean en la calle?
Y me da rabia porque no me puedo sacar de encima, por ejemplo, el miedo espantoso a engordar, la vergüenza por tener guata, la incomodidad de no tener culo ni tetas. En el fondo siento que debo tener un cuerpo que complazca a los hombres. Y no po, lo que de verdad me gustaría desear es un cuerpo potente y musculoso, con las piernas firmes para correr detrás de mierdas en bicicleta, para defenderme de un ataque con cuchillo, para pegarle a un hueón que me quiera pegar, para destruirle la pichula al culiao que la frota contra mi y para cuidar a todas mis amigas.

Cuando me llega la regla

1
Dejé de tomar anticonceptivos hormonales cuando un día me desperté y quise estar muerta. No quería suicidarme, pero hubiera preferido no estar viva. No era la primera vez que había decidido abandonarlos. Fue la primera vez que asumí que si no lo hacía, entonces cualquier día me ahorcaba en el clóset. Y la verdad es que en el fondo no deseaba matarme, de otro modo ya lo habría hecho. Yo quería vivir. No, no sólo vivir, vivir bien. Si estaba tomando pastillas era para culiar sin quedar embarazada, o sea, gozarla. No la estaba gozando. Seguía culiando, pero me quería morir.
2
Dejé las pastillas. Pasaron hartos meses hasta que tuve algo así como un periodo menstrual regular. No puedo decir normal porque no creo que exista sólo una forma en que a todas nos deba llegar la regla. El asunto es que cuando me llega, me llega brígido. Me siento como el pico. Ahora tú dirás: ay, pero amiga si te encanta el pico, así que bacán po, wuajaja. Yo hablo de todo lo triste que puede llegar a ser un pene. Una tula heterosexual y privilegiada, una pichula miedosa, celosa e insegura, esa que sólo es afectada por unas posibilidades de encuentros muy limitadas. Como el pico po.
3
No, entonces no puedo decir que me siento como el pico, al menos no en este momento de mi vida, porque hoy mis periodos menstruales no me obturan del todo, aunque a veces me sienta mal y tenga ganas de no seguir viviendo o bien de matar a todos los culiaos. Desde que casi termino de sangrar hasta que ovulo, todo está genial. Llego al momento fértil y mi vida se pone un poco complicada. Antes, porque me daba por hormonarme, no había tenido tiempo de entender lo que me pasaba y prepararme. Ahora aprendí a leer mi cuerpo y sé qué energías debo entregarle a cada momento. Tengo dos semanas en las que salgo al mundo y puedo hacer más cosas; tengo dos semanas en las que me guardo en mí misma y puedo hacer otras cosas diferentes.
4
Siento una pena tremenda, que me llega de golpe, sin ningún hecho en particular que la justifique. ¿Me estaré volviendo loca? Antes creía eso, que estaba media piteada. Además otras personas se habían encargado de hacérmelo saber. Supongo que es lo que algunos piensan de otros si es que se ponen a llorar de pronto o si algunas situaciones pequeñas los saturan, supongo que es más común que crean eso si esos otros en realidad son otras. Ahora miro al calendario y confirmo lo que ya sé: estoy ovulando.
5
Ya, entonces empiezo a ovular y me voy a la mierda. Aunque ya no llamo tristeza a lo que siento porque apareció Spinoza y me salvó la vida. Eso que recién dije o suena muy cursi o suena muy chanta y qué me importa a mi si te parece eso. Lee a Spinoza po. Es como si de pronto hubiera un cortocircuito en las relaciones entre todas las partes que constituyen mi cuerpo. Lo que antes funcionaba de un modo, se convierte en otro asunto. De por sí, eso no basta para destruir esas partes. Quizás en algún momento de mi vida pude, por ejemplo, haberme matado para dejar de sentirme tan miserable en un minuto en particular. Eso era todo lo que bastaba, un minuto de mierda y no aguantar más. La tristeza es eso: que se descomponga aquello que me compone y yo deje de existir. Si sigo viva es porque no sólo empecé a entender cómo funcionan esas relaciones en mi cuerpo, sino que además busco aquellas otras relaciones entre mi cuerpo y el exterior que me den la fuerza suficiente para vivir esas dos semanas tan peligrosas. Para Spinoza eso sería la alegría. Y para mi también.
6
No es que lo entienda todo, claro. Aunque ya me conozco lo suficiente como para no asustarme cuando me siento mal, como para no hacerle caso a mis pensamientos que me quieren sacar de este mundo, como para no forzar a mis músculos a hacer lo que no pueden desde el día que ovulo hasta que se me quita el dolor de la regla, como para que la pena no me hunda. Por ejemplo, la vez pasada que viví todo esto, estaba yo en un piso alto de un edificio y algo me dijo que era muy fácil tirarse por la ventana. Por supuesto yo no quería tirarme por la ventana, aunque al mismo tiempo algo me decía que sí, que lo hiciera. ¿Sabes cómo se siente? Como si en un universo paralelo existiera otra Camila que efectivamente tiene todas las ganas del mundo de saltar por el aire y reventarse en el suelo. Ella y yo no somos exactamente la misma persona, pero basta que nos comunique una sola partícula de nuestros cuerpos para que yo pueda sentir lo que ella quiere. Otro día tenía la tetera con agua hervida en la mano mientras escuchaba a una persona que no me agrada y lo único que quería era tirársela en la cara. Aunque sospecho que esa sí era yo, no la otra. El asunto es que llegado el momento, puedo discernir y elegir aquello que me hace bien de lo que me hace mal. No es tan difícil, le digo a la gente.
7
Entonces ya sé que hay cosas que puedo hacer en las últimas dos semanas del periodo, y otras que no. Me preparo para esos días. Hasta elijo las comidas adecuadas y me hago listas de canciones. Todo esto de una forma muy silenciosa, yo creo que casi nadie sabe lo que vivo en esos días. Ustedes quizá no se han dado cuenta, pero hay compromisos a los que no me someto durante ese tiempo. No agendo cosas que no quiero hacer, paso más tiempo en la casa o salgo sola. Me siento mejor si me acuesto temprano y me levanto tarde, tengo que dormir una siesta todos los días, no puedo emborracharme tanto, mucho menos mezclar pito con trago porque me voy del carrete llorando. No voy a hacer nada que no quiera hacer, no voy a enfrentarme a angustias innecesarias, no voy a estar con gente que no quiero ver, no voy a poner caras que no me nacen, no voy a seguir conversaciones que no me interesan, no voy a quedarme con las ganas de comerme un chocolate entero. Así que no me hueveen, no me digan que me quede más rato, no me digan que me tome un vaso más, no me obliguen si a lo que sea que me ofrecen respondo con un no, no se enojen si cambio constantemente mi parecer. En una semana más quizás diga que sí. O no.
8
Yo ando así muy darks y todo durante esos días. También ando entera de caliente. Pero no es que me den ganas de culiar con un loco, particularmente. De hecho, qué paja tener que preocuparme por otra persona si conmigo ya cuesta harto en ese momento. Porque no quiero tener que seducir a nadie ni que me joteen, no quiero ni jueguitos ni besitos, no quiero tener que esperar a que termines, no quiero conversar contigo después ni que quedarme a tu lado en la cama. Lo único que quiero es terminar tres veces seguidas, dormirme una siesta, preparme un café con cacao al despertar y comerme un pan con palta o tal vez con queso derretido. Igual si va a salta la liebre que salte nomás. Pero que salte como quiero ahí.
9
Está la pena y la rabia, está la calentura, están las ganas de tirarme por la ventana y también está el dolor. Me empieza a doler como una semana antes que me llegue. Me duele el bajo vientre, me duele la espalda, me duele la vagina, me duele el ano, me duelen las piernas, me duele el oído izquierdo. No sé qué tiene que ver el oído con la regla, pero ahí está. A ratos me duele tanto el cuerpo que siento la cabeza nublada y me cuesta pensar bien o seguir conversaciones. Como me duele la espalda y las piernas, mis movimientos se limitan bastante. Siento que mi cuerpo pierde gran parte de su flexibilidad, ando tiesa y a tirones. Además del dolor constante -que si lo comparamos con un sonido lo describiría como profundo y grave, una nota baja- a ratos me dan unas puntadas agudas y malditas que me congelan. Siempre me llega el sábado, pero sangro un poquito nomás hasta el martes. Ese día me sale mucha sangre y me duele tanto que si por mi fuera, estaría todo el día acostada escuchando en loop el allegreto de la séptima de Beethoven, padeciendo. Mi guata se inflama y la vagina también, por eso eso súper doloroso cuando tengo que sacarme y ponerme la copita menstrual. Ni el paracetamol, ni el ibuprofeno ni el ácido mefenámico alivian del todo el dolor. Me gusta tomar agua de canela, eso sí.
10
La copita menstrual es bacán. Además me encanta ver la sangre. Mientras más, mejor. Es tan cómoda que una vez olvidé por varios días que la tenía puesta. Se había muerto mi tía, en Año Nuevo. Hicimos todas las cosas que se hacen cuando se muere alguien, la velamos, esperamos que llegaran todos, la enterramos. Recién cuando me iba a juntar con el pololo de entonces y pensé en que íbamos a culiar, mi mente se trasladó a mi vagina y recordé que estaba siento ocupada por la copa y sangre añeja. Me encantan mis olores asquerosos. Mientras más, mejor.
11
Eso es lo doloroso y penoso. También pasa algo bacán en esos días de mierda. Generalmente el día antes de que me llegue algo le ocurre a mi mente, como si muchos focos de ideas se prendieran al mismo tiempo, todos muy rápidos, casi inmediatos. Me hablo a mi, le hablo a otras personas, resuelvo problemas, resumo libros, escribo cosas, invento planes, imagino viajes, recuerdo anécdotas, explico ideas, me encuentro bacán, todo eso en mi cabeza. Me paso toda esa noche en la cama con la mente a mil. A veces vuelvo a mi cuerpo y tengo los ojos secos, como si no hubiera pestañeado en mucho tiempo, y los músculos cansados de tanto tratar de mantenerlos abiertos. Casi no duermo, recién como a las 6 de la mañana me obligo a concentrarme para detener el flujo de pensamientos y me viene un cansancio que me duerme al poco rato. Es como si todo lo que mi cuerpo no pudo hacer en la última semana se volcara sobre mi mente, sobrecompensando la inactividad física. No es como cuando estás volada y se te ocurre una idea que en el momento te parece bacán, pero después cachai que es una mierda. Mis mejores ideas, mis mejores proyectos, mis mejores decisiones nacen esa noche. De eso me di cuenta con el tiempo.
12
Desde que más o menos entiendo lo que me ocurre, mi mes se divide en dos partes: aquellas donde físicamente puedo hacer de todo y aquellas donde es mi mente la que más actúa. Desde que se me acaba la regla hasta antes de ovular, salgo a hacer caminatas larguísimas, me doy color en el gimnasio, carreteo hasta la hora del orto, me junto con mis amigues, termino los pendientes y empiezo otros, cocino cosas bacanes y elaboradas, hago el aseo de la casa y todas las cosas que sé que no podré hacer cuando empiece a ovular. Salgo al mundo, me impregno y también lo marco. Después, me guardo. Mi cuerpo ya no está tan activo, pero mi mente sí. Leo, estudio y escribo, hablo con mis amigues, cuido mis movimientos, pauso mi cuerpo, tomo tecito de canela, le doy besos a mis libros llorando de emoción, me echo con las gatas. Ya no me quiero morir.