lunes, 26 de enero de 2015

Año cero: Tonlé Sap


Ni bien salimos del muelle, la lancha choca contra un banco de arena en la orilla contraria y quedamos atrapados. Estamos en el Tonlé Sap, el sistema formado por un río y un lago que se transforma dos veces al año en algo completamente diferente. En la temporada lluviosa, el río es ancho y fuerte. Desemboca en el lago ubicado al noroeste del país y lo inunda hasta convertirlo en el más grande de todo el sudeste asiático. Pero cuando las lluvias se detienen, como ahora, el río corre en la dirección contraria, hacia Phnom Penh, donde se mezcla con el río Mekong. Hay gente a la que le gustan los ríos. A mi o me daban lo mismo o me parecían todos la misma cosa: agua que corre desde un punto a otro y ya. Ahora me gusta la excentricidad del Tonlé Sap. O sea me gusto yo como alguien capaz de conmoverse con lo raro de este movimiento. Y los obligo a ustedes a sentir lo mismo, les digo: esto es extraordinario, reparen en ello.

Soy la única pasajera en un bote que podría recibir por lo menos a diez personas más y es conducido por un niño que se baja e intenta empujar la nave, aunque lo único que consigue es hundirse en la arena y mojarse los pantalones. Le digo que quiero intentar ayudarlo. Sólo me sonríe y niega con la cabeza, sin mirarme a los ojos. Finalmente llama a alguien; recuerdo o quiero recordar que su celular estaba cubierto por stickers brillantes, como si no fuera suyo o este no fuera el trabajo para alguien con un aparato así. Stickers de Hello Kitty o de Pokémon, no sé. Llega una lancha similar, demasiado grande como para llevarme sólo a mi, piloteada por un adolescente y un niño de unos diez años como acompañante. Según entiendo, debo continuar mi viaje con ellos. No siempre entiendo.

Yo no tengo idea a dónde voy. Ni siquiera sé que estoy en el Tonlé Sap. En la mañana recorría Angkor Wat como todos los que llegan a Siem Reap y supongo que media engañada, el conductor del tuk tuk me trajo hasta acá. Mencionó una visita a la villa flotante y yo pensé que era parte del mismo complejo de templos así que le dije que sí, pero atravesamos toda la ciudad en la dirección opuesta, pasamos una carretera a medio asfaltar y cubierta con un delicado polvillo rojo que entra por todos lados, llegamos acá y me cobraron 30 dólares sin siquiera saber por qué.

Me he sentido muy estúpida en este país, así que he desarrollado un táctica para que no se note tanto. Guardar el silencio suficiente y desviar la mirada hacia abajo. Eso hago: me quedo callada y miro cómo la sombra de mis sandalías ha dejado una marca luminosa sobre el bronceado de mis pies. O cuento las colillas de cigarros. Al menos una vez al día, a veces varias, depende. Estoy tan lejos de todo lo que era mi todo que si no envuelvo lo que me ocurre con palabras, no llega a existir. Es fácil vivir así, decidiendo qué tiene cabida en mi relato y qué se queda fuera. Fácil hasta el día que todas esas palabras intenten escapar y yo me encuentre en medio de una calle completamente desatada, gritando contra los motoristas que sólo le hacen el quite a mi cuerpo en lugar de detenerse, como tendría que ser si les interesara mi vida, acusando todo lo que me ha ofendido con los ojos arrancando de mi cara roja e hinchada, hasta que alguna mujer me recoja y me frote Tiger Balm en la frente para calmarme. Entonces también tendría que enmudecer por eso. Mientras, me callo. Pago 30 dólares sin comprender la razón y no digo ninguna palabra.

Ahora voy sobre una lancha acompañada de dos niños a un lugar que desconozco y nadie, absolutamente nadie, sabe que estoy acá. Es uno de esos momentos en los que podrían hacerme desaparecer y nunca me encontrarían porque no sabrían dónde empezar a buscar.

- ¿Chile? ¡Alexis Sánchez!

Le digo que sí, que vengo de Chile como el futbolista y que me sorprende que todos acá lo reconozcan.

El niño me cuenta que se llama Sinn, pero en realidad miento. No puedo aprenderme los nombres camboyanos porque son demasiado simples. Lo sencillo no se graba en la memoria o la traiciona tomando formas que parecen más importantes. Aquí, Sinn Sisamouth. Sus nombres son como onomatopeyas de sonidos que no existen. Sinn enuncia su nombre, sí, pero bien podría ser Pan o Chok o Neng, ya ni siquiera hago el intento de memorizarlos. Y no me siento mal, no es que sea mala persona o que sus nombres me parezcan insignificantes. Tendrían que pasar muchas cosas para que sus palabras se convirtieran en las mías, aún no ha sucedido. Lo que sí me dice es que vivía en la villa con su familia, pero ahora duerme en tierra firme porque debe trabajar en lo que encuentre para llevarle plata a sus papás y a sus hermanos menores. Eso es lo que yo escuché, al menos. No puedo asegurar que el niño no esté mintiendo.

Recién con él entiendo de qué se trata esto. La villa, que se llama Chong Khneas, fue construida por inmigrantes vietnamitas que llegaron a Camboya sin nada, salvo un montón de niños, hambre y miedo a las balas. Levantaron sus casas en el agua porque así no debían pagar por un pedazo de tierra. No tuvieron dónde sembrar, pero encontraron pescados para vender y comer. Me cuenta que Tonlé Sap significa “enorme fuente de agua dulce”; yo le digo que el lago no me parece tan grande, más bien seco y lodoso, entonces me pregunta que si sé lo que le pasa al río a lo largo del año. No, no tengo idea de lo que sucede acá, es mejor que me cuentes. 

Piensen en el segundo exacto en que las aguas cambian de una dirección a otra. Piensen en eso. En esas moléculas.

En el trayecto nos encontramos con algunas construcciones de madera a medio destruir. En ese sector se emplaza la villa durante la época de lluvias, pero cuando el agua baja deben moverlo todo río arriba y volver a construir la ciudad en algún punto del lago. Así, año tras año, para el resto de sus vidas. Nunca he podido asimilar a qué se refieren cuando hablan de la circularidad del tiempo.

Hay una casa de madera grande, pintada de color celeste, hundida en un costado. En el techo flamea una bandera de la ONU desteñida (¿sí? Creo que la vi, pero no sabría dónde ubicarla. Si estaba, de todas formas debió haber perdido su color) y en la pared que entra al agua cuelga un aro de básquetbol. Según Sinn es la escuela de la ONU. Dice es, no fue, aunque sea imposible hacer clases ahí adentro.

Me parece que Sinn debe tener unos 15 años, aunque como con todos los camboyanos, es difícil adivinar su edad. O se ven sorprendentemente jóvenes o demasiado viejos. Como otros que he conocido, habla de lo que le rodea con un desapego fantasmal. Las palabras salen de él, pero no de él. Él es otro, no el que me habla. Cuando habla inglés, sólo se aleja. Ese idioma confiesa una separación rotunda: te hablo así sólo para que entiendas que no me entenderás. Porque nosotros no somos nada más que unos ojos redondos, unos zapatos caros, una cabellera diferente, unas preguntas estúpidas y unos actos que nunca, jamás, llegan a nada. Aunque esté inundada y no albergue ni a profesores ni a estudiantes, esa es la escuela de la ONU porque todo lo que el norte construye acá funciona no funcionando. Deben haber gastado mucho dinero para traer expertos en educación y desarrollo, juntaron a un grupo de entusiastas profesores de afuera, hasta pusieron el aro de básquetbol y la escuela, ridícula, funcionó con suerte una temporada porque nadie se detuvo a pensar que tan pronto el río creciera, el agua se la llevaría. Y los extranjeros no iban a moverse con los refugiados lago adentro porque cuando las cosas se les ponen difíciles, tienen la libertad de desentenderse del asunto que iniciaron: la moral, tan cristiana y blanca, estará siempre a su favor. (Si eres occidental no tienes que hacer mucho para que otros como tú te crean una buena persona: basta que no culees con niños, que no compres coca en la calle (no es coca) y que de vez en cuando digas en voz alta que este país te da pena y que los camboyanos te parecen tan alegres, a pesar de todo. A pesar de la muerte, la mala gente de bien no menciona la muerte.)

El fantasma en la garganta de Sinn anuncia la claridad de que hagamos lo que hagamos los occidentales acá, se desvanecerá tan pronto decidamos cruzar la frontera y por eso no tiene por qué mostrarse ni entusiasmado ni agradecido.

-¿Tu hermano no va a clases? -le pregunto por el niño pequeño que nos acompaña.


-No es mi hermano.

miércoles, 21 de enero de 2015

Matar a la hormiga reina


Las hormigas ocupan el lugar de las cosas que no están aquí
lo que puede ser una puerta, un mesón o una baldosa lo convierten en un trayecto
entonces para mi ya no son ventanas, mesas o cerámicas
más bien algo que temporalmente no es mío
o la revelación de una vida secreta
minuciosa y cruel
un masa negra y brillante que se mueve sin dejarse entender
porque si miro mucho rato me pica todo
y me duelen mordidas que no tengo
siento patas donde hay gotas de agua o cabellos sueltos

Todo mi cuerpo parece amenazado por una organización milenaria
podrían devorarme en cualquier momento
mientras estoy soñando con ellas
o huyendo de ellas
y no comprender nunca qué me ocurrió
ni cuál de todas las guerreras lanzó los vapores químicos que me delataron
ni a qué minúscula guarida van a ir a parar los pedacitos de mi carne
que alimentarán un hongo enorme
que nutrirá a una hormiga gigante
que esperará que todas se subordinen a su tamaño
sólo por ser la mayor
y la que comió mejor
porque la ofrenda de las otras fue su hambre y su fuerza
como todos los ricos sobre todos los pobres

Llevo muchas noches estudiándolas
y ellas de mi también podrían decir algo
qué como, dónde dejo los platos, a qué hora preparo el almuerzo
qué hay en la basura
de ellas digo: son muchas, más de las que puedo imaginar
también: no sé dónde caben tantas
pero sospechoso que este edificio es más amplio por dentro que por fuera
y supongo que este departamento es más de ellas que mío
porque sólo siendo hormiga se llega más adentro
incluso pueden entrar a mi boca o a un ojo
a veces al cepillo de dientes
o a mis calzones

Igual yo las cuido
les dejo trocitos de pollo pues es mentira que les guste el azúcar
no comen galletas ni pan, pero disfrutan el paté y el jamón
si es que no hay nada más, con el huevo revuelto está bien
a veces pongo un sartén al fuego y cuatro o cinco corren hacia el mango deseando no morir quemadas
de cualquier otra manera, menos así
lo mismo querría yo
entonces las aplasto entre mis dedos
para que sea rápido
o las pongo debajo de un chorro de agua
cuando no tengo tiempo para que me importe tanto

La cosa es que esta mañana cometí un acto de guerra
que me convertirá en una enemiga o en una camarada

En mis observaciones he descubierto unas hormigas grandes y gordas
no creo que sean reinas
no todavía
quizás pronto
digo, qué podemos decir los humanos sobre su jerarquía
si nada más la comparamos con la Historia
como si no existiera nada más que nosotros
el Estado o Dios
o la jerarquía fuera, efectivamente, algo natural y presumible en lugar de una imposición
problema, por qué usamos la palabra jerarquía para nombrar la organización en el hormiguero
cuando tiene su propio nombre desconocido
en un idioma que jamás escucharemos

Sólo aparecen para los festines importantes
hablo de carne o huesos, grasas y proteínas, no de carbohidratos
y sólo llegan dos o tres

Lo que hice fue agarrar un cuchillo y partir a una por la mitad
aunque no fue exactamente por el medio: la cabeza quedó en el filo y el tórax y el abdomen sobre el mesón
ambos extremos se movían, aunque uno estaba más vivo que otro
y rápido, muy rápido, algunas hormigas dejaron el cuero del pollo y se lanzaron sobre el pedazo de cadáver en proceso
se montaron sobre su cuerpo haciendo una pequeña pirámide, muy alteradas
no sé qué caja de pandora abrí
ni qué hedor habrá salido de ella
que provocó un efecto tan apresurado y maniático
todas se contorneaban y agitaban sus antenas
mientras el residuo en el cuchillo de la pseudo reina intentaba avanzar sin piernas hacia un destino que ya no la recibiría
no así
la posé en el mueble y tan pronto la despegué del metal con un fósforo quemado
las esclavas a su alrededor la atacaron
o quisieron salvarla
cómo saberlo
sólo creí que había separado en dos al poder representado en su fisiología privilegiada, confundiendo a las obreras
que la filosofía política hormiguera tendría que replantear sus ideas
y que si mi cuerpo se fragmentara, mi mamá abrazaría el que todavía sostiene mi cabeza
porque a los humanos nos hace el cerebro y el rostro
pero las hormigas no tienen órganos

Quizás fue un rito funerario
una intervención quirúrgica
un acto mágico
o el comienzo de la revolución
no lo sé

Una de ellas, muy pilla, agarró la cola con su mandíbula e intentó llevársela corriendo hacia atrás
la maté por robarle al pueblo
aunque luego se acercó otra e intentó hacer lo mismo
entonces pienso que quizás lo que querían era ganarse a la casi reina
para comérsela oculta en un rincón de este edificio
como el embriagador manjar
que es el cuerpo de la soberana
la carne prohibida
el tabú caníbal
y la monarquía decapitada








martes, 20 de enero de 2015

Aguas mágicas


El día estaba despejado y soleado, pero la humedad era un poco fría, como la de la mañana. Lejos había una construcción de cemento gris y cubierta por musgo verde, óxido y algún hongo blanco. El edificio era un rectángulo sencillo y poco pretencioso, aunque al acercarse una notaba todos los adornos que revelaban cierta majestuosidad pasada.

Yo estaba en traje de baño y encima tenía una camisa de algodón que me quedaba grande. Los sueños son un sentido más, como el gusto o el tacto: son una interacción con algo al otro lado de un límite que provoca un efecto en mi o en nosotros. Para los sentidos normales, lo que está afuera de los márgenes es el mundo exterior, diferente de mi o nuestros cuerpos. Lo que los sueños perciben, en cambio, está al interior. Pero tan adentro que es lo mismo que esté afuera o en todos lados. No es ni mío ni ajeno, está antes y después. Yo estaba en traje de baño y camisa, sin zapatos, entonces cuando entro al edificio, una reja metálica me lastima los pies.

Se acerca un hombre que tiene la piel como cuero, brillante y café, y me pregunta si leí las declaraciones de la Selva Lacandona y yo le contesto que para qué me pregunta eso si estamos en Camboya y no en Chiapas. Insiste con un poco de firmeza y ahora no sólo me exige una respuesta positiva, sino también una evidencia: yo agarro un caracol que va trepando por mi pierna izquierda y lo pongo sobre su mano derecha. Nos quedamos en silencio mirándolo hasta que sale de su caparazón, saca sus cachitos y el hombre me sonríe lleno de dientes. Puedo pasar.

Adentro hay una piscina, aunque considerando sus características, pienso que la palabra alberca o pileta le viene mejor. Una piscina es limpia, clorada y pintada de la variación más fea que existe del celeste, además su uso está condicionado a muchas reglas. A esta nunca le han pasado pintura (o quizás sí, pero en una época que ya no existe y para personas que no debieron existir), además no es rectangular, sino que da varias vueltas y tiene ángulos en todas las direcciones. Las paredes interiores del edificio se ven igual de viejas que las de afuera, siempre cubiertas de musgo. No hay luz artificial, sólo la que entra por las ventanas. Aquí hubo algo que ya no está o hay algo nuevo que es esto que veo ahora.

Hay unas doce personas metidas en el agua. Algunos son camboyanos y los otros son latinoamericanos. Se comunican entre sí cada uno en su idioma y no sé cómo se entienden. Una cabra se da cuenta de que llegué y me dice compañera, métete al agua para que podamos conversar. Y cuando me sumerjo, todo se vuelve delicioso. Hermoso, demasiado. Muy, muy, muy alegre. Casi no me cabe la felicidad de comprender que estoy en Camboya bañándome en unas aguas mágicas que han sido recuperadas de unas personas de mierda.

Una vez en el agua puedo comprender a todos los otros, aunque hablemos idiomas diferentes. La niña que me invitó a nadar me dice que cada persona siente las aguas de una manera propia, pero que mientras más personas estén adentro, más rico es. El placer es tanto colectivo como individual. El agua sabe exactamente cómo hacernos sentir bien, lo que suena bastante cursi y hasta inocente (soso, diagamos), pero no es que te anestesie ni te deje cómodo o satisfecho. No es espectáculo.

Es desalienante, en realidad.
O como un ácido, sabiendo que no habrá terror.

La cosa es que yo lo estaba pasando tan bien que me desperté, como si el cuerpo no soportara ninguna sensación extrema en los sueños para protegerse de que queramos quedarnos ahí o que después la vigilia nos parezca triste o no deseable. El sueño era tan especial, que creí que si me quedaba dormida volvería a él. Y eso pasó. O a lo mejor soñé que me desperté, no sé.

Cuando vuelvo al sueño ya no hay nadie bañándose, así que decido salir a buscar a alguien más y me encuentro con la Mile y el Denis. Les explico que puedo llevarlos a una piscina con aguas mágicas en la que cada persona siente algo diferente, aunque estemos todos adentro y las leyes de la física digan que debemos percibir algo similar. La Mile tiene pena, el Denis está contento; ella no quiere bañarse de inmediato, él se tira un piquero. Así que me quedó junto a la Mile en una banca de madera, un poco incómoda porque los palos me aprietan los huesos del culo contra la piel, mientras el Denis nada como un delfin. Entonces de un desagüe aparecen cinco cocodrilos y me asusto mucho, porque por mucho que el agua tenga poderes, no puede volver a juntar las partes mordidas de mi cuerpo y hacer que todo funcione como antes. El Denis sale del agua con el mismo entusiamo del comienzo y nos dice que no nos preocupemos porque si pensamos que no son cocodrilos van a convertirse en otra cosa. Se acerca a uno de los animales y hace que pase por entremedio de sus brazos puestos en forma de aro, como un león de circo, y rápidamente se convierte en un gecko del largo de mi mano. Hace lo mismo con todos y los geckos se arrastran hasta mis piernas, tratando de alcanzarlas con sus patitas como los gatos dan arañazos a sus juguetes o a los ratones si es que no son burgueses. Yo me muero de la risa y las cosquillas.

La Mile se para en silencio y entra a la piscina muy lentamente. Se pone de espaldas sobre el agua, cierra los ojos y mientras estira sus brazos por sobre la cabeza, al fin sonríe en calma.

Cuando decidimos dejarla sola, dan las 8:30 y la alarma me despierta.


lunes, 5 de enero de 2015

Primero de enero

El año nuevo llega sin lluvia. El sol salió como hace días no lo hacía y aunque no calienta mucho, lo que me alegra es que brilla. Jessi me dice que me admira y la luz aparece detrás de su cabeza llena de rulitos desteñidos. "Viajas sola sin miedo, haces lo que quieres y cuando quieres. Me gustaría tener esa libertad." Usa ese verbo, admirar.

Estamos sentadas en una playa cuyo nombre no recuerdo muy bien, pero me recordaba a la palabra lechuga. Un zorrón ancuditano se saca la ropa para entrar al mar. "Mira, apuesto que Luca hará lo mismo, así es el" y su novio corre hacia la orilla y se mete al mar. "A veces siento que cuido a un niño", dice Jessi delante del sol, con cierto cansancio, mientras los otros ridículos que nos rodean gritan EL BESO, EL BESO, EL BESO.

A mí me da un poco de vergüenza que diga que me admira si es que me comparo con ella: yo llegué a Chiloé en avión, solo me quedo una semana y duermo en hostales limpiecitos. Ellos llegaron desde Europa sin un pasaje de regreso, tardaron 40 días en llegar a la isla desde Santiago, duermen y comen lo que pueden y casi no llevan dinero. Quieren llegar así hasta México.

Luca llega tiritando y lleno de arena. Jessi lo abriga y lo ayuda a vestirse, como si de verdad fuera un niño. Miro hacia el mar (porque me hace sentir rara presenciar algo que es tan íntimo e incómodo para ella) y creo ver algo extraño en el agua. Luego se repite una vez y otra vez más. ¡Son toninas! me grito para adentro, pues estoy demasiado cansada como para que ese entusiasmo salga de mi boca. En realidad, quiero ser la única que las vea, como si sus saltos en la orilla fueran sólo para mi, como si su presencia en esa playa en el primer día del año fueran el presagio de algo importante y mío, sólo mío. Como si los animales se hubieran puesto de acuerdo para recibirme. O para despedirme, no lo sé.

Al final me salen las palabras, pero no están tan interesados en verlas, sino en lo suyo, que no es más que un extraño acto de cariño y desagrado. Un hago esto porque te quiero, pero me tienes harta. Me alegro de estar sola esa mañana.

Cuando el sol está más alto, decidimos partir caminando de vuelta a Ancud, tardemos lo que tardemos. Es la mañana más linda que he vivido en mucho tiempo. Escucho a Jessi y me veo en otro momento de mi vida. Me dan ganas de decirle que no tiene que hacer las cosas de la forma en que las está haciendo, pero supongo que eso es algo que uno entiende después.

Jessi dice: quisiera tener un día para mi. Quisiera levantarme e ir a dónde quiera. Quisiera quedarme acostada si así lo deseo. Quisiera poder elegir qué como. Quisiera hacer todo esto sin tener que ponerme de acuerdo con Luca en cada ocasión.

Jessi dice: es que yo a todo digo que me da igual, porque es así, me da igual. Entonces siempre hago lo que los otros quieren. No voy a pelear por hacer lo que yo quiero porque puedo hacer la otra cosa.

Jessi dice: igual, no podría viajar sola. No podría estar haciendo todo esto porque me daría miedo.

Yo digo: ¿pero todos estos 40 días los has pasado con él? ¿no se separan a veces para que cada uno haga lo suyo? ¿están juntos todo el tiempo?

Sí, están juntos todo el tiempo, porque Luca piensa que si ella quiere hacer cosas por su cuenta significa que no quiere estar con él. Y ella, como no le cuesta nada amoldarse, le dice que sí a todo.

Se nos acaba la playa así que debemos seguir el camino por la carretera. Luca camina zigzagueando por el medio de la calle y Jessi, asustadísima, toma la tarea de protegerlo cuando viene un auto. "Luca, a la izquierda. Arriba, arriba, sube, Luca, ¡el auto!".

Le habla como a un perro, pienso. Le hablo como a un perro, me dice.

En un momento él se sienta en el borde del camino y le pide que le abroche los zapatos "así como me los abrochas tú". Ahí ya decido que no puedo continuar el camino con ellos y que ahora me toca ir sola. Así que sigo caminando, esquivando autos y piedrecitas. La mañana de verdad está hermosa y llena de tanta luz que parece algún acontecimiento cósmico que ocurre una vez cada mil años. El aire huele rico y fresco. Todo a mi alrededor es verde y azul. Hasta que intentando dar la última pisada, mi pie se encuentra en el aire con algo que lo cambia todo, como un caminante en el desierto a punto de pisar una cascabel, o un explorador en la Antártica que caerá por una grieta en el hielo o un soldado en la selva que pisará una mina. Junto al camino, un poco oculto entre el pasto, hay una gatito muerto. Es bellísimo y sereno, pero está muerto. Parece que sólo estuviera durmiendo una siesta, pero está muerto. Creo que en cualquier momento se pondrá a ronronear, pero está muerto.

Me pongo a llorar, porque estoy llena de cosas que ya no me caben. Me siento a su lado y le hablo de todo lo que no podrá ver. Le digo que ha empezado un nuevo año, lo que significa que algunas cosas serán parecidas y otras totalmente diferentes. La combinación entre ambas, gatito, es lo que a los humanos nos entusiasma. Le digo que ahí, sentada a su lado, me he dado cuenta de que tengo un agujero enorme en el pecho. Nunca antes me habían roto el corazón. Ni siquiera había sido capaz de ocupar una expresión como esa. Le explico que no sé qué hacer con ese espacio vacío que quizás nunca pueda llenar ¿estaré destinada a caminar por el mundo con un corazón deforme? Le digo que no quiero que esa mañana acabe y me quiero quedar a su lado hasta que sólo estén sus huesos y recién ahí seguiré caminando hasta no detenerme jamás. Le confieso que tengo pánico de subirme al avión y que se estrelle y morir gritando su nombre. Morir gritando la ausencia. Le digo que me alegra estar sola, pero que me entristece cargar un corazón calado. Que no sé qué hacer con ese espacio. Que yo antes creía que las alegrías ocupaban el lugar de las tristezas, pero ahora sé que no. Lo triste se queda ahí siempre y debemos abrirnos como un elástico para que entre lo otro, sino la tristeza nos endurece. Y lo que cansa es eso, tener que hacerse el espacio.

Después de sacármelo todo, le pongo una moneda sobre las costillas para que pueda costear el viaje al otro mundo y sigo avanzando. Caminaría hasta dar la vuelta al mundo. El camino sigue hermoso e incierto. Llego a la costanera y me detengo frente al mar por unos minutos, por que sé que entrar al hostal es terminar todo esto y aún no estoy preparada. El sol me da por atrás y refleja mi cuerpo en el mar. Entonces entiendo qué es lo que Jessi ve en mi que le provoca admirarme. Junto a mi sombra no hay otro cuerpo. Estoy sola. Sólo yo, mis piernas sorprendentes y mi corazón agujereado. No necesito a nadie para recorrer el mundo.