ANTES
Las
casas eran más grandes de lo que suponía. No sé por qué imaginé
que flotarían directamente sobre el agua del lago, sobre unos
barriles gigantes; al llegar descubrí que las sostenían palos de
madera como a los palafitos de Chiloé. Le pregunto a Sinn si es que
acaso las familias y los amigos se organizan para quedar viviendo
juntos. Me interesa comprender cómo se planifica esta ciudad y mi
mente se enciende con varias chispas al imaginar un asentamiento
diseñado por sus mismos habitantes, en lugar de ser gestionado por autoridades, burócratas o
especuladores. La anarquía tan hermosa, el jardín de la libertad,
el refugio acuático al que te traería a ti y a lxs otrxs.
Construiríamos una constelación de casas desde la que resistiríamos
y los peces serían abundantes. Estiraríamos puentes para que
nuestros gatos pasearan de un hogar a otro. Beberíamos, bailaríamos
y culearíamos. Quiero decirte algo importante sobre esto. Si pudiera
describírtelo, si existiera esa posibilidad en lugar de la ausencia,
quisiera que pensaras en lo bonito que se me ocurrió. Que voy por el
mundo pensando en cosas que podrían ir en libros escritos por
hombres que tú imitarías, sólo que estos no te dirían que dejaras
de mirarme (no harías caso a lo que escribiera una mujer, entre
ustedes saben compartir sus privilegios. Ya has sido descubierto).
Quiero que esta ciudad respire como un mamífero y se mueva como una
colonia de termitas. Sinn me mira como si fuera tonta (lo fui, lo
soy, lo seré) y me aclara que cada uno levanta lo suyo donde puede.
Nada más, nada menos.
Aunque
el lago es tan grande que se extiende hasta el otro lado del
horizonte, el tono café de sus aguas casi inmóviles hacen que no
parezca más que un charco de barro. Si esto alguna vez fue una
poderosa fuente de agua cristalina, hoy es un residuo espeso que
absorbe el calor y apenas sostiene la vida. Por el borde de una de
las casas camina un gato blanco y negro. El felino más solo del
mundo, atrapado en medio de lago más grande del sudeste asiático,
sin árboles para encaramarse ni pájaros para cazar. El viaje
transcurre lento y sofocante, como el agua estancada. Me pregunto qué
tan lejos está el fondo, quizás pueda bajarme de la lancha y
caminar sobre el barro.
Sinn
me habla de la miseria de los habitantes de Chong Khneas. Dice que a
los 40 años ya todos tienen cuerpos de ancianos. Llegado un momento
sus músculos exhaustos no pueden aguantar más y entonces les toca a
los hijos trabajar en lo que sea, como él lo hace ahora. Los padres
morirán jóvenes y los hijos se casarán, armarán sus propias
familias, levantarán otras casas y todo volverá a comenzar. Así,
año tras año, por el resto de sus vidas. Un círculo que
preferirían no vivir.
Sin
darme cuenta cruzamos todo el pueblo y Sinn detiene la lancha.
-Pararemos
10 minutos para que pienses sobre esto que estás viendo.
Tengo
mucha sed y no quiero estar acá. Eso pienso. Sí, también en la
pobreza, en el hambre que nunca se pasará con pescados flacos y en
las espaldas que sostienen demasiadas catástrofes. Trato de
convencer a alguien -¿a mi? ¿a Sinn? ¿a ti?- de que no soy una
turista de la miseria, mientras froto mi lengua contra el paladar
para que salga algo de saliva. Aunque tenga la boca reseca, sé que
yo soy de esas a las que la vida nunca le permitiría morir de sed.
Las aguas que rodean a cada existencia dan cuenta del privilegio o de
la estrechez; las mías son limpias, potables, de cañerías urbanas
o embotelladas. Las de ellos arrastran medio país consigo y residen
en ellas. No necesito que me expliquen cómo se vive acá porque me
es evidente, lo único que quiero en este minuto es una botella de
agua y no sentirme avergonzada. Anhelo que este lago sea transparente
y frío para huir nadando y bebiendo. No voy a aprender ninguna
lección humanitaria de esto, porque no soy ciega ante la tragedia.
Me da rabia, no lástima. Me doy rabia, también. En todo este tiempo
en Camboya, la vergüenza es el sentimiento más reiterado (después
de la confusión). Porque en Santiago puedo hacer como que soy más
pobre de lo que soy, creer que me enfrento a otra clase y hablar de
la revolución. Pero acá soy una hipócrita. Reconocer la lucha de
clases en Camboya es asumir mi burguesía y no aceptar ningún acto
solidario a mi favor. Si me matan es porque lo merecí. No sería el
azar, sino el fin de una historia que se remonta varias generaciones
atrás. Me pararía frente al cuchillo sabiendo exactamente por qué
llegué a su filo. ¡Tomo agua en botellas de plástico!Aún así
quiero saberme diferente a los otros extranjeros y que los camboyanos
lo reconozcan. Con mi mirada trato de convencer a Sinn de que no soy
como intuye que soy, sin embargo sus ojos nunca se detienen en mi
rostro por el tiempo suficiente. Simplemente no le intereso.
-Ahora
que ya has pensado en la gente de esta villa, tienes la oportunidad
de ayudarlos si lo deseas.
Y
con esas palabras recién me permito creer en lo que he estado
sospechando todo el viaje, que esto es una estafa. Sinn no es el que
me roba por supuesto, él sólo es una pieza pequeña de un plan
mayor. Explotar la pobreza es el mejor negocio en este país. Sinn,
podríamos decir, es la víctima. Yo, no. Este pueblo entero: sí.
-Iremos
a la escuela, pero antes pasaremos por la tienda y si quieres puedes
comprar algo para regalarles. Los niños necesitan comida o útiles
para el colegio.
Esto
es una trampa. Y yo estoy en una lancha manejada por un niño en
medio de un lago que hasta hace media hora no tenía idea que
existía, con la boca seca, pasándole la lengua a la culpa para
exprimirla. Me callo y miro hacia abajo. Algunas picaduras de
mosquitos ya reventaron. Si meto los pies en el agua, este lago me
infectaría.
En
el mercado me empujan a comprar un saco de arroz por mucho dinero.
Demasiado como para poder confesártelo, aunque en ese momento me da
lo mismo gastar la plata con tal de salir de esto tan rápido como
pueda. La tienda se mece sobre el agua como si fuera un barco. Es
raro que un almacén de barrio de los que hay en todos los pueblos se
tambalee onduladamente. Si viajáramos juntos, al entrar yo diría
¡gua! y tu contestarías con un poco entusiasta qué. Que se mueve
esto, como un bote, respondería. Me mirarías sin decirme nada, sin
comprender lo que te digo, como si fuera una tontería, sin descubrir
todo lo que en su fondo intenta nacer, sin leer mi signo, y yo
contaría las mordidas en mis pies.
Los
niños no pueden tomar agua del lago, dice la vendedora, llévale
unas botellas. Les digo que no, no, no tengo más plata,que viajo con
poco dinero y que estoy pagando por el arroz lo mismo que por cinco
noches en el hostal, que yo no soy como los otros visitantes, aunque
para ellos eso no signifique nada importante o sea esa, precisamente,
la razón por la que estoy obligada a hacer lo que me piden.
No
sé si Sinn está enojado o se hace el ofendido porque no compro más
cosas. Sé que en ese momento percibí su hostilidad con un acto
específico que hoy no distingo entre tanto recuerdo: quizás echó a
andar la lancha sin esperar a que terminara de subirme. De pronto no
me tendió la mano. O tan sólo es que en el fondo tengo un alma
acomodada que exige ciertas cortesías que no fueron concedidas a
tiempo. Soy lo que temo ser, es probable. Qué hace la clase, sino
gritar.
-Ahora
puedes entrar a la sala de clases, pasarles el saco de arroz y
sacarte fotos con los niños.
-No,
no importa, no quiero entrar. Pásales el arroz y volvamos.
-Es
que tienes que dárselos tú. Deben agradecerte, así que bájate.
Es
difícil pasar de un bote a una construcción que se mueve como uno.
Cuesta decidir cuál es el momento adecuado para dar el primer paso,
ni muy pronto como para no caer al agua, ni muy tarde para no quedar
como torpe, débil, occidental, burguesa. En lo que tardo en decidir,
miro por la puerta abierta hacia la sala de clases y me parece una
escena extraña, sospechosamente quieta y ordenada, como un sueño
aburrido y lento a la hora de la siesta, un sueño en el que las
moscas vuelan atontadas por el calor de la tarde, un sueño incómodo
que se niega a convertirse en pesadilla. Los niños están inmóviles
y silenciosos sentados en sus puestos. El profesor está ubicado en
su escritorio, sin decir ni hacer nada, mirando por la ventana en
dirección opuesta a mi. Cuando finalmente entro, el hombre se pone
de pie y dice algo en jémer apuntando a la pizarra. Al saludarlos se
hace el sorprendido, como si lo descubriera concentrado en explicar
algún tema importante y complicado.
Entonces
los estudiantes se ponen de pie y entonan las mismas palabras sin
dejar de mirarme. Lo dicen en su lengua, pero puedo imaginar con
claridad el BUE-NOS-DÍ-AS-SE-ÑO-RI-TA. No llevan uniformes
escolares y todos los niños tienen edades diferentes. No hay
cuadernos sobre sus mesas ni prestan atención a la lección del
maestro, lucen hastiados y acalorados.
Sinn
insiste en que los fotografíe para que muestre en Chile cómo viven
acá e intuyo que con eso quiere decirme otra cosa. Quiere que saque
la verdad de este lugar lleno de susurros, como si más tarde, al
revisar las fotografías, encontrara una sombra que si se mira de
cerca es un monstruo oculto en el fondo o un ovni en el cielo. Me
lleva hacia el fondo de la sala para que conozca la capilla. Parada
en el umbral le doy una mirada rápida y le digo que ya podemos
irnos. Por favor. Salgamos de acá.
-¿Eres
católica?
-No.
-¿Eres
musulmana?
-No.
¿Eres
budista?
-No.
Es que no creo en...
-¿Pero
puedes entrar a una iglesia?
-Sí.
-¡Entonces
entra!
Esto
no es lo que intenta ser. De eso tengo seguridad. ¿La evidencia? Una
fotografía de Juan Pablo II. Esto no es una capilla, esto no es una
escuela, esto es una trampa para todos los que estamos bajo su techo.
Esto es un desparpajo de niños que bailan y hacen piruetas como si
fuera su condena por haber nacido para morir pobres. Esperan que las
fotografías los liberen sin saber que yo no soy nadie. Aprieto el
disparador, pero no quiero mirar porque me dan miedo los monstruos.
En todos lados hay señales: botellas de agua, dulces, sacos de arroz
y latas de leche condensada. Todos los días y a cada hora se
representa la misma farsa.
Excepto
por el profesor, sólo he visto niños. Eso me pone nerviosa.
Desconfío.
Yo
creía que estaba escribiendo mi historia de (des)amor. Eso también
era un truco.
Esto
es otra cosa, aunque entonces no tenía idea.
