viernes, 4 de septiembre de 2015

Año cero: Chong Khneas

ANTES

Las casas eran más grandes de lo que suponía. No sé por qué imaginé que flotarían directamente sobre el agua del lago, sobre unos barriles gigantes; al llegar descubrí que las sostenían palos de madera como a los palafitos de Chiloé. Le pregunto a Sinn si es que acaso las familias y los amigos se organizan para quedar viviendo juntos. Me interesa comprender cómo se planifica esta ciudad y mi mente se enciende con varias chispas al imaginar un asentamiento diseñado por sus mismos habitantes, en lugar de ser gestionado por autoridades, burócratas o especuladores. La anarquía tan hermosa, el jardín de la libertad, el refugio acuático al que te traería a ti y a lxs otrxs. Construiríamos una constelación de casas desde la que resistiríamos y los peces serían abundantes. Estiraríamos puentes para que nuestros gatos pasearan de un hogar a otro. Beberíamos, bailaríamos y culearíamos. Quiero decirte algo importante sobre esto. Si pudiera describírtelo, si existiera esa posibilidad en lugar de la ausencia, quisiera que pensaras en lo bonito que se me ocurrió. Que voy por el mundo pensando en cosas que podrían ir en libros escritos por hombres que tú imitarías, sólo que estos no te dirían que dejaras de mirarme (no harías caso a lo que escribiera una mujer, entre ustedes saben compartir sus privilegios. Ya has sido descubierto). Quiero que esta ciudad respire como un mamífero y se mueva como una colonia de termitas. Sinn me mira como si fuera tonta (lo fui, lo soy, lo seré) y me aclara que cada uno levanta lo suyo donde puede. Nada más, nada menos.

Aunque el lago es tan grande que se extiende hasta el otro lado del horizonte, el tono café de sus aguas casi inmóviles hacen que no parezca más que un charco de barro. Si esto alguna vez fue una poderosa fuente de agua cristalina, hoy es un residuo espeso que absorbe el calor y apenas sostiene la vida. Por el borde de una de las casas camina un gato blanco y negro. El felino más solo del mundo, atrapado en medio de lago más grande del sudeste asiático, sin árboles para encaramarse ni pájaros para cazar. El viaje transcurre lento y sofocante, como el agua estancada. Me pregunto qué tan lejos está el fondo, quizás pueda bajarme de la lancha y caminar sobre el barro.

Sinn me habla de la miseria de los habitantes de Chong Khneas. Dice que a los 40 años ya todos tienen cuerpos de ancianos. Llegado un momento sus músculos exhaustos no pueden aguantar más y entonces les toca a los hijos trabajar en lo que sea, como él lo hace ahora. Los padres morirán jóvenes y los hijos se casarán, armarán sus propias familias, levantarán otras casas y todo volverá a comenzar. Así, año tras año, por el resto de sus vidas. Un círculo que preferirían no vivir.

Sin darme cuenta cruzamos todo el pueblo y Sinn detiene la lancha.

-Pararemos 10 minutos para que pienses sobre esto que estás viendo.

Tengo mucha sed y no quiero estar acá. Eso pienso. Sí, también en la pobreza, en el hambre que nunca se pasará con pescados flacos y en las espaldas que sostienen demasiadas catástrofes. Trato de convencer a alguien -¿a mi? ¿a Sinn? ¿a ti?- de que no soy una turista de la miseria, mientras froto mi lengua contra el paladar para que salga algo de saliva. Aunque tenga la boca reseca, sé que yo soy de esas a las que la vida nunca le permitiría morir de sed. Las aguas que rodean a cada existencia dan cuenta del privilegio o de la estrechez; las mías son limpias, potables, de cañerías urbanas o embotelladas. Las de ellos arrastran medio país consigo y residen en ellas. No necesito que me expliquen cómo se vive acá porque me es evidente, lo único que quiero en este minuto es una botella de agua y no sentirme avergonzada. Anhelo que este lago sea transparente y frío para huir nadando y bebiendo. No voy a aprender ninguna lección humanitaria de esto, porque no soy ciega ante la tragedia. Me da rabia, no lástima. Me doy rabia, también. En todo este tiempo en Camboya, la vergüenza es el sentimiento más reiterado (después de la confusión). Porque en Santiago puedo hacer como que soy más pobre de lo que soy, creer que me enfrento a otra clase y hablar de la revolución. Pero acá soy una hipócrita. Reconocer la lucha de clases en Camboya es asumir mi burguesía y no aceptar ningún acto solidario a mi favor. Si me matan es porque lo merecí. No sería el azar, sino el fin de una historia que se remonta varias generaciones atrás. Me pararía frente al cuchillo sabiendo exactamente por qué llegué a su filo. ¡Tomo agua en botellas de plástico!Aún así quiero saberme diferente a los otros extranjeros y que los camboyanos lo reconozcan. Con mi mirada trato de convencer a Sinn de que no soy como intuye que soy, sin embargo sus ojos nunca se detienen en mi rostro por el tiempo suficiente. Simplemente no le intereso.

-Ahora que ya has pensado en la gente de esta villa, tienes la oportunidad de ayudarlos si lo deseas.

Y con esas palabras recién me permito creer en lo que he estado sospechando todo el viaje, que esto es una estafa. Sinn no es el que me roba por supuesto, él sólo es una pieza pequeña de un plan mayor. Explotar la pobreza es el mejor negocio en este país. Sinn, podríamos decir, es la víctima. Yo, no. Este pueblo entero: sí.

-Iremos a la escuela, pero antes pasaremos por la tienda y si quieres puedes comprar algo para regalarles. Los niños necesitan comida o útiles para el colegio.

Esto es una trampa. Y yo estoy en una lancha manejada por un niño en medio de un lago que hasta hace media hora no tenía idea que existía, con la boca seca, pasándole la lengua a la culpa para exprimirla. Me callo y miro hacia abajo. Algunas picaduras de mosquitos ya reventaron. Si meto los pies en el agua, este lago me infectaría.

En el mercado me empujan a comprar un saco de arroz por mucho dinero. Demasiado como para poder confesártelo, aunque en ese momento me da lo mismo gastar la plata con tal de salir de esto tan rápido como pueda. La tienda se mece sobre el agua como si fuera un barco. Es raro que un almacén de barrio de los que hay en todos los pueblos se tambalee onduladamente. Si viajáramos juntos, al entrar yo diría ¡gua! y tu contestarías con un poco entusiasta qué. Que se mueve esto, como un bote, respondería. Me mirarías sin decirme nada, sin comprender lo que te digo, como si fuera una tontería, sin descubrir todo lo que en su fondo intenta nacer, sin leer mi signo, y yo contaría las mordidas en mis pies.

Los niños no pueden tomar agua del lago, dice la vendedora, llévale unas botellas. Les digo que no, no, no tengo más plata,que viajo con poco dinero y que estoy pagando por el arroz lo mismo que por cinco noches en el hostal, que yo no soy como los otros visitantes, aunque para ellos eso no signifique nada importante o sea esa, precisamente, la razón por la que estoy obligada a hacer lo que me piden.

No sé si Sinn está enojado o se hace el ofendido porque no compro más cosas. Sé que en ese momento percibí su hostilidad con un acto específico que hoy no distingo entre tanto recuerdo: quizás echó a andar la lancha sin esperar a que terminara de subirme. De pronto no me tendió la mano. O tan sólo es que en el fondo tengo un alma acomodada que exige ciertas cortesías que no fueron concedidas a tiempo. Soy lo que temo ser, es probable. Qué hace la clase, sino gritar.

-Ahora puedes entrar a la sala de clases, pasarles el saco de arroz y sacarte fotos con los niños.
-No, no importa, no quiero entrar. Pásales el arroz y volvamos.
-Es que tienes que dárselos tú. Deben agradecerte, así que bájate.

Es difícil pasar de un bote a una construcción que se mueve como uno. Cuesta decidir cuál es el momento adecuado para dar el primer paso, ni muy pronto como para no caer al agua, ni muy tarde para no quedar como torpe, débil, occidental, burguesa. En lo que tardo en decidir, miro por la puerta abierta hacia la sala de clases y me parece una escena extraña, sospechosamente quieta y ordenada, como un sueño aburrido y lento a la hora de la siesta, un sueño en el que las moscas vuelan atontadas por el calor de la tarde, un sueño incómodo que se niega a convertirse en pesadilla. Los niños están inmóviles y silenciosos sentados en sus puestos. El profesor está ubicado en su escritorio, sin decir ni hacer nada, mirando por la ventana en dirección opuesta a mi. Cuando finalmente entro, el hombre se pone de pie y dice algo en jémer apuntando a la pizarra. Al saludarlos se hace el sorprendido, como si lo descubriera concentrado en explicar algún tema importante y complicado.

Entonces los estudiantes se ponen de pie y entonan las mismas palabras sin dejar de mirarme. Lo dicen en su lengua, pero puedo imaginar con claridad el BUE-NOS-DÍ-AS-SE-ÑO-RI-TA. No llevan uniformes escolares y todos los niños tienen edades diferentes. No hay cuadernos sobre sus mesas ni prestan atención a la lección del maestro, lucen hastiados y acalorados.

Sinn insiste en que los fotografíe para que muestre en Chile cómo viven acá e intuyo que con eso quiere decirme otra cosa. Quiere que saque la verdad de este lugar lleno de susurros, como si más tarde, al revisar las fotografías, encontrara una sombra que si se mira de cerca es un monstruo oculto en el fondo o un ovni en el cielo. Me lleva hacia el fondo de la sala para que conozca la capilla. Parada en el umbral le doy una mirada rápida y le digo que ya podemos irnos. Por favor. Salgamos de acá.

-¿Eres católica?
-No.
-¿Eres musulmana?
-No.
¿Eres budista?
-No. Es que no creo en...
-¿Pero puedes entrar a una iglesia?
-Sí.
-¡Entonces entra!

Esto no es lo que intenta ser. De eso tengo seguridad. ¿La evidencia? Una fotografía de Juan Pablo II. Esto no es una capilla, esto no es una escuela, esto es una trampa para todos los que estamos bajo su techo. Esto es un desparpajo de niños que bailan y hacen piruetas como si fuera su condena por haber nacido para morir pobres. Esperan que las fotografías los liberen sin saber que yo no soy nadie. Aprieto el disparador, pero no quiero mirar porque me dan miedo los monstruos. En todos lados hay señales: botellas de agua, dulces, sacos de arroz y latas de leche condensada. Todos los días y a cada hora se representa la misma farsa.

Excepto por el profesor, sólo he visto niños. Eso me pone nerviosa.

Desconfío.

Yo creía que estaba escribiendo mi historia de (des)amor. Eso también era un truco.

Esto es otra cosa, aunque entonces no tenía idea.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Primavera

Parece que tengo muy buena memoria, no estoy segura. Digo, no tengo cómo saberlo. Sólo recuerdo detalles muy específicos de algunos encuentros como la ropa que llevaba puesta, el orden en el que se hablaron las cosas, quién dijo qué a propósito de algo, las veces en que hicimos una pausa y nos miramos a los ojos, la música que sonaba en el fondo, el papelito que rompí en muchos pedazos con los dedos. Y luego las personas no se acuerdan esos detalles, alguien me narra una anécdota que ya me había contado o me pregunta algo que ya había respondido. A veces me da pena eso, no sé. Me da vergüenza ser la que no olvida. O a lo mejor está bien.

Me gustan las cosas pequeñas, aunque pienso que ya viene a ser hora de abandonarlas.

Últimamente vivo haciéndome la misma pregunta: ¿esto me compone o me descompone? ¿me alegra o me entristece? Ustedes no entenderían por qué dejo de hacer unas cosas y me embarco en otras. No, no, no es que no entiendan, es que no saben qué proceso vivo para decidir. No se hace notar, no se acusa. ¿Es bueno eso? No importa.

El discernimiento es un secreto. En el cuerpo nada más se inscriben sus consecuencias.

Anoche me despedí de alguien con la sensación de que no la había aprovechado. Y sin embargo la distancia abre un montón de posibilidades en terrenos distantes, tanto en geografía como en práctica. Esta distancia, entonces, no es aniquilante. Una relación se descompone, ya, pero sirve para componer otra, así como los pulmones destruyen las moléculas del aire para convertirlas en algo que me da movimiento.

Si algunas separaciones tienen la alegría de los acercamientos debe ser porque los pasajes contienen toda la fuerza que los estados no. Hay otras distancias que son como la callampa, nomás.

Los días están siendo más largos, hay sol que entra por las ventanas.

Quizás mi gata va a tener gatitos.