Parece que tengo muy buena memoria, no estoy segura. Digo, no tengo cómo saberlo. Sólo recuerdo detalles muy específicos de algunos encuentros como la ropa que llevaba puesta, el orden en el que se hablaron las cosas, quién dijo qué a propósito de algo, las veces en que hicimos una pausa y nos miramos a los ojos, la música que sonaba en el fondo, el papelito que rompí en muchos pedazos con los dedos. Y luego las personas no se acuerdan esos detalles, alguien me narra una anécdota que ya me había contado o me pregunta algo que ya había respondido. A veces me da pena eso, no sé. Me da vergüenza ser la que no olvida. O a lo mejor está bien.
Me gustan las cosas pequeñas, aunque pienso que ya viene a ser hora de abandonarlas.
Últimamente vivo haciéndome la misma pregunta: ¿esto me compone o me descompone? ¿me alegra o me entristece? Ustedes no entenderían por qué dejo de hacer unas cosas y me embarco en otras. No, no, no es que no entiendan, es que no saben qué proceso vivo para decidir. No se hace notar, no se acusa. ¿Es bueno eso? No importa.
El discernimiento es un secreto. En el cuerpo nada más se inscriben sus consecuencias.
Anoche me despedí de alguien con la sensación de que no la había aprovechado. Y sin embargo la distancia abre un montón de posibilidades en terrenos distantes, tanto en geografía como en práctica. Esta distancia, entonces, no es aniquilante. Una relación se descompone, ya, pero sirve para componer otra, así como los pulmones destruyen las moléculas del aire para convertirlas en algo que me da movimiento.
Si algunas separaciones tienen la alegría de los acercamientos debe ser porque los pasajes contienen toda la fuerza que los estados no. Hay otras distancias que son como la callampa, nomás.
Los días están siendo más largos, hay sol que entra por las ventanas.
Quizás mi gata va a tener gatitos.
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