jueves, 25 de agosto de 2016

En flor


Sus cuerpos son tan frágiles y ridículos que necesitan la compañía del otro para retrasar su final. La podredumbre los persigue y lo saben. Con ganas se encierran dentro de las costillas de ese animal cazado que crearon juntos y a eso lo llaman decisión: la voluntad la tienen tan delgada que da una pena verla. Son un cadáver que recién comienza su descomposición, están confundiendo los procesos necróticos con acción. Apestan, son verdaderamente patéticos.

En realidad no les importa la vida. Se consuelan con creer que cuando ocurra el naufragio podrá uno subirse sobre el cuerpo adolorido del otro. Me gusta saber que un día se mirarán a los ojos y reconocerán toda la putrefacción que cargaron consigo. Para entonces ya será muy tarde.

Nosotras habremos florecido.

En flor


Están esos cuyos cuerpos son tan frágiles y ridículos que necesitan la compañía del otro para retrasar su final. La podredumbre los persigue y lo saben. Con ganas se encierran dentro de las costillas de ese animal cazado que crearon juntos y a eso lo llaman decisión: la voluntad la tienen tan delgada que da una pena verla. Son un cadáver que recién comienza su descomposición ¡están confundiendo los procesos necróticos con acción! Apestan, son verdaderamente patéticos.

En realidad no les importa la vida. Se consuelan con creer que cuando ocurra el naufragio podrá uno subirse sobre el cuerpo adolorido del otro. Me gusta saber que un día se mirarán a los ojos y reconocerán toda la putrefacción que cargaron consigo. Para entonces ya será muy tarde.

Nosotras habremos florecido.

lunes, 23 de mayo de 2016

Cuidarse, cuidarnos

"I had this idea that to write a love poem and give it to the one you desired was the most radical resistance. But now I see I was wrong. The most anticapitalist protest is to care for an other. To take on historically feminized, and therefore invisible, practice of nursing, nurturing, caring. To take seriously each other’s vulnerability and fragility and precarity, and to support it, honor it, empower it. To protect each other. A radical kinship."

Tenía esta idea de que escribir un poema de amor y dárselo a quien deseabas era el acto de resistencia más radical. Pero ahora veo que me equivocaba. La protesta más anticapitalista es cuidar un otro. Tomar la históricamente feminizada, y por lo tanto invisible, práctica de atender, nutrir y cuidar. Tomar en serio la vulnerabilidad, fragilidad y precariedad de cada unx y apoyarla, honrarla y potenciarla. Protegernos unxs a otrxs. Una hermandad radical.

My Body Is a Prison of Pain so I Want to Leave It Like a Mystic But I Also Love It & Want it to Matter Politically, Johanna Hedva (link)

martes, 17 de mayo de 2016

La rabia

"No hay nada ontológico en el concepto de la diferencia. Sólo es la forma en que los amos interpretan una situación histórica de dominación. Y la diferencia tiene como función enmascarar los conflictos de intereses a todos los niveles, incluidos los ideológicos.
Esto supone decir que para nosotras no puede ya haber mujeres, ni hombres, sino en tanto clases y en tanto categorías de pensamiento y de lenguaje: deben desaparecer políticamente, económicamente, ideológicamente."
Monique Wittig, El pensamiento heterosexual

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Le sacó los ojos, le fracturó el cráneo y le voló los dientes. Eso le hizo a Nabila. A Nabila la oyeron gritar. Cuesta, una no quiere hacerlo, pero imaginen cómo debe gritar una mujer a la que le están sacando los ojos. Cómo gritarías tú, imagínatelo. A Nabila le sacaron los ojos y aunque hubo gente que escuchó sus gritos, nadie hizo nada. A Nabila también le partieron los huesos y la dejaron tirada en la vereda, quizá por si el frío la mataba. En la calle y nadie hizo nada. Nada.

Las cosas están brígidas, en serio. Eso nos decimos entre todas. Las cosas están brígidas y se ponen peores cuando ya chatas nos lanzamos a defendernos. No se ponen peores por sí solas, no po, las empeoran los hombres. Mientras más intentamos evitar que nos maten y que nos violen, más nos matan y nos violan.

Y no nos creen, loco. No nos están creyendo y nos violan y nos muelen y nos matan.

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“La mayoría de las feministas, probablemente todas, practican alguna separación de los hombres y de las instituciones por ellos dominadas. Una separatista practica la separación conscientemente, sistemáticamente, y probablemente de una manera mas general que las otras, y defiende la completa separación como parte de la estrategia consciente de liberación. Y, contrariamente a la imagen de la separatista como cobarde escapista, la vida de la misma es la vida y el programa que inspira la mayor hostilidad, depreciación, insulto y confrontación, y en general ella es aquella contra quien las sanciones económicas operan más contundentemente(...) La separatista vive con el peso adicional de ser tomada por muchos como una prejuiciosa moralmente depravada que odia a los hombres. Pero aquí encontramos una pista: si estás haciendo algo tan rigurosamente prohibido por los patriarcas, debes estar haciendo algo bien.”

Marilyn Frye, Algunas reflexiones sobre separatismo y el poder 

Las cosas están brígidas. Eso mismo decíamos con una amiga a raíz de varios de hechos atroces que ocurrieron cerca, entre las que compartimos el mismo aire. Cosas que les pasaron a nuestras amigas, pero también a otras mujeres en otras tierras y en otras vidas y en otras ideas, y que de todas formas son nuestras compañeras, parte de este nosotras manchado de sangre. Porque somos hermanas de sangre, aunque preferiríamos ser otra cosa. 

Como las inquietudes por estos tiempos que corren nos llevan a cada una a actuar como puede para que el desastre no nos destruya, de pronto nacen encuentros y coincidencias. Miras para el lado y te das cuenta de que otra está en lo mismo, es algo muy emocionante. ¿No te digo yo que las cosas están brígidas? Se respira en el aire, aunque nos quieran asfixiar. Entonces la aparición de otra cabra en lucha le dio la posibilidad a esta amiga de organizar algo tan simple como una jornada de autodefensa feminista.

Loco, no íbamos a aprender a matar a ningún violador en dos horas :( No era más que un encuentro alegre para poder enfrentar con potencia ese montón de violencia que busca disminuirnos. Era un estar juntas, conocer las experiencias de las otras y tratar de disponer el cuerpo de otra forma.

Y ustedes no saben lo difícil que es poder usar un espacio para esos encuentros. Porque ustedes tienen el mundo entero para su pies y sus piernas y sus brazos y sus caras y sus bocas y sus manos. Está más peluda la cosa para nosotras, pero como yo tenía cercanía a un lugar que parecía servirnos, lo busqué para esta actividad. Un espacio seguro, antiautoritario, politizado, solidario, comunitario, no sé, yo pensaba que iba a ser bacán.

Ese lugar estaba siendo habitado por otro grupo de personas, de las cuales dos varones estaban ahí ese día. Les informamos de qué se trataba la actividad y que era necesario que no pasaran cerca de la sala en la que estábamos, para que se organizaran antes del comienzo (tenían todo lo demás para ellos). O sea se los dije yo, así como soy, chica y chillona que se pone nerviosa al hablar. Más encima tenía que hacerlo en inglés porque uno de esos hombres era un extranjero que no sabía mucho español. Al principio se los dije con mucha confianza, porque pensaba que iban a entenderlo perfectamente ya que son anarquistas y tanta Emma Goldman y sticker moraonegro y la cuestión. Pero resulta que no po, ni que les hubieran sacado los choros del canasto. El europeo puso cara de sorprendido y se rió (así como sólo ustedes se ríen de nosotras, ya los tenemos cachados qué rato ya) y dijo que él en su país había participado en muuuuuuchas actividades de autodefensa y que jamááááás en la vida le habían negado la presencia, que no podía creer lo que estaba pasando, pobrecín. Yo así tan relajada como podía le contesté ya po, pero esta es una actividad feminista y decidimos que no hubieran hombres porque íbamos a hablar y a aprender sobre cómo defendernos de, eh, los mismos hombres ponte tú y que probablemente podían llegar mujeres que habían sido atacadas y que quizás no se sentían cómodas ante los varones o simplemente no querían y punto y que no costaba nada que nos dieran dos horas en las que pudiéramos hacer lo que necesitábamos. El otro, el chileno, dijo que no estaba de acuerdo con nuestra decisión porque la casa en la que estábamos era un LUGAR INCLUSIVO. O sea que estábamos excluyéndolos por ser hombres ¡discriminación! ¡el feminismo es el machismo pero al revés! En ese minuto yo realmente no podía creer que estuviera pasando eso. Porque confiaba en que estos cabros eran diferentes.

Y empecé a pasarme el rollo de siempre: a lo mejor le estoy dando color, me tomo la cuestión muy en serio, quizás debería dejar que esto pasara. Pero no po, si supone que estas personas están al tanto del estado de las cosas, si han llegado al anarquismo después de un proceso de toma de posición que los llevó a entender que hay una forma en la que la realidad está siendo ordenada para aniquilarnos, si tienen una percepción común de todo lo que está mal y de lo que hay que disputar, entonces entenderían que estratégicamente es necesario que nosotras, históricamente violentadas, incluso por hombres de izquierda, tengamos acceso a algo tan simple como un espacio donde desplegar estos cuerpos en exploración de nuestras fuerzas y autoaprendizaje en las condiciones que nosotras mismas elijamos. Eso es la solidaridad Porque mientras más seamos, mejor. El asunto está tan claro que ni siquiera hay que votarlo en una asamblea, es una cuestión común. Se siente en la piel, es la idea que todxs tenemos de victoria.

El problema es que nuestra victoria no les conviene.

A todo esto de pronto se acercó la compañera que impartía el taller y muy chora los mandó a la chucha sin darles explicaciones, se dio media vuelta y se mandó a cambiar, estupenda. Y yo, como todavía no alcanzo esos niveles de choreza y porque torpemente -y en casos particulares- albergo una esperanza (¡nec spe, hueona, nec metu!) de que si los hombres son compañeros en otras luchas, en volá si les decimos dónde mirar van a cachar dónde la están cagando y dejarán de hacerlo, me quedé ahí tratando de solucionar el asunto. Recuerdo que me puse súper nerviosa y quería salir llorando, realmente me sentía como el pico y me quería venir pa mi casa y meterme a la cama con la gata, pero eso significaba perder (contra mi misma, ellos estaban perdiendo solitos). Me acuerdo que traté de explicarle al compatriota que si la casa era un lugar inclusivo, significaba que entre todes debíamos encontrar la solución para que aquel excluido del orden social normal pudiera hacer en ese espacio lo que no puede en otros. Por ejemplo, cuando cocinamos ahí hacemos comida vegana, aunque muchos igual comamos carne en otras ocasiones, pues así los veganos no se quedan sin comer. Y todo esto se lo explicaba en inglés para que el otro no quedara colgado. Así de ridícula era la situación. Al final ambos dijeron algo así como que no estaban de acuerdo con nuestra decisión, pero que la iban a respetar, jajaja. VALE LOCO, GRACIAS POR TANTO.

Quedamos todas con la bala pasada. Después lo conversamos y lo que la una le decía a las otras era loca, tengo tanta rabia. Se supone que son nuestros compañeros, pero no quieren que hagamos nuestras cosas si no son a su pinta. Entonces no son nuestros compañeros y no hay por qué andar perdiendo el tiempo dándoles explicaciones.

Pero aquí estoy de todas formas.

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No hay que ser particularmente brillante como para reconocer que cuando nosotrxs hablamos de inclusividad, no lo hacemos bajo la misma lógica del heterocapitalismo. Para ellos la inclusión no es más que una forma de chuparnos toda la sangre, comernos todo el cuerpo y convertirnos en eso que a ellos les conviene para que no los destruyamos. Prefieren tenernos cerca, así, más que controlarnos, nos producen según sus reglas. No están siendo buena onda, no nos están dando una bienvenida: nos quieren obturadxs, agotadxs, impotentes. No es una invitación, están abriéndonos la puerta a la miseria.

Nuestra inclusividad es otra cosa. No promete una presencia ni una representación a todo el mundo sólo porque sí y en cualquier momento. Si hablamos de inclusión nos referimos más bien a un ritmo para que aquellos cuerpos más violentados ahí afuera, en ese mundo que odiamos, puedan aumentar sus fuerzas. Y eso significa que a veces algunos van a tener que restarse o quedarse callados, especialmente cuando hablan desde una posición en la que están mejor que el resto. Porque si creen que lo más importante es poder gritar a los cuatro vientos todo lo que opinan, tener la última palabra y obtener acceso a cada encuentro, entonces están cooptados como el que más y no los necesitamos acá. Si se ponen así, no vamos a compartir nuestros espacios con ustedes. No nos interesa.

Si me pongo sincera, algo que no siempre se debe hacer, el asunto no se trataba necesariamente de seguridad ni de protección ni de que fuéramos débiles y asustadizas, una cosita frágil. Al menos si yo no quería que hubieran hombres merodeando en nuestro espacio no era porque me iba a poner nerviosa y me iba a dar miedo. Lo que yo no deseaba era que ellos supieran cómo puedo defenderme. En el momento en que se les asoma el machismo son potenciales enemigos. Si son enemigos, algún día podrían agredirme. Y si van a atacarme, no quiero que sepan cómo voy a responder. Pienso que es es exactamente lo que los asusta de nuestros agenciamientos, por eso se ponen así, intempestivamente a la defensiva y dando argumentos tan poco pensados. 

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"When he's nice to me he's just nice to himself
And he's watching his reflection
I'm a five foot mirror for adoring himself
Here's seven years bad luck
I wanna tell him"
Lush, Ladykiller

Mi cuerpo es una contradicción. Está ocupado por dos personas muy diferentes, una la que me hicieron y otra la que intento ser. En los momentos en que ambas se enfrentan la intensidad suele sobrepasarme y reacciono de formas que no me sirven para nada: se me llenan los ojos de lágrimas, me pongo a tiritar, la voz se me quiebra o bien derechamente grito, no puedo expresarme con claridad, de mi boca no salen las cosas como las piensa mi mente, me enredo y tartamudeo, el hilo de mis ideas se corta, me encojo sobre mi vientre y me dan ganas de acostarme en el suelo y quedarme dormida. Es curioso, porque sólo reacciono así cuando la amenazada soy yo. Si por ejemplo debo ayudar a otra persona, especialmente si es alguien que quiero, me agarra una fuerza inesperada y no me derrumbo. La fuerza la tengo adentro, el problema es que toda la vida me han exigido pasividad y miedo, en el fondo, ser una buena víctima.

Me enoja muchísimo que este cuerpo haya sido producido de forma tal que la docilidad me protege más que la rabia. No, no lo puedo decir así, la docilidad no me ha protegido, nada más ha impedido que ciertos episodios violentos escalaran a algo más amenazante y destructivo. Eso se espera de nosotras: que nos dejemos violentar un poquito nomás, así no pasa a mayores. Solamente la puntita. El asunto es que si reacciono con rabia, es probable que el ataque sea mayor, con más odio, con más saña, tal como lo hicieron con Nabila.

Igual que un animalito, he tenido que hacerme la muerta para que no me hicieran quién sabe qué cosas. Nunca sabré lo que no me hicieron, pero para haber evitado eso, tuve que aguantar otras cosas que tampoco quería que pasaran. Y no quiero seguir viviendo así, medio muerta. Quiero toda la vida que me han quitado.

La rabia sirve, de todos modos. El mismo hecho de sentir rabia significa que algo en mi cuerpo cambió y que hay cosas que ya no quiero aguantar. La rabia facilita el alzamiento porque te quita el miedo, incluso puede ir acompañada de la cautela para que el movimiento sea más efectivo. Se puede tener rabia y no perder el control. La rabia ejercita al cuerpo. Esta no es la rabia colérica del fascismo, es la rabia alegre de quien va a liberarse.

Hace unos días hablé con alguien a quién me gusta llamar amigo, pero han pasado algunas cosas que impidieron el desarrollo de esa amistad así que no sé cómo nombrar esa relación, aunque sí, digamos amigo porque hay que decretar. En todo caso, filo: estábamos hablando sobre por qué no hablábamos, porque quizás ya sea hora de ponerse a hablar o no, pero algo hay que hacer en esta época que está tan rara. Ese es de esos amigos por los que yo, quizás porfiadamente, sigo insistiendo en explicarle estas cosas a los hombres. Porque es de esos hombres a los que no les gusta la idea de ser machistas de mierda, que preferirían ser otra cosa, pero han aprovechado bastante las bondades del machismo de mierda porque finalmente haber sido producido como varón es eso. Así de simple. El machismo no se encuentra en las partes más conscientes de su discurso, sino justamente ahí donde no se han podido ver a sí mismos, ahí donde las cosas parecen naturales, ahí en lo que no están dispuestos a sacrificar, ahí en lo que nos reclaman a nosotras. Y eso pasa con todos ustedes, cabros. Como dice Monique, rara vez se habla de dominación sobre aquello que ya se posee.

La cosa es que estábamos medio curaos y el acuerdo que regía esa conversación era la sinceridad, lo que a mí me pareció muy necesario y especialmente bonito, porque podíamos serlo con cuidado e incluso cariño. Hablando sobre lo que escribo -lo que es también una forma de hablar de mi sin hacerlo directamente- este amigo dijo que habían cosas que le gustaban y cosas que no. Lo que no le gustaba, explicó, era que sentía que la rabia me cegaba. Ya: yo creo que si este mismo amigo escucha a otra persona decir algo así de cualquier otro que siente rabia, lo encontraría bien patudo ¿o no? Es más, pienso que aceptaría la rabia de cualquier otra persona que podríamos llamar oprimida, que incluso encontraría en la rabia ajena o en la propia un potencia necesaria para luchar, cualquier rabia contra este mundo, menos la rabia de las mujeres. Cuando nosotras tenemos rabia nos enceguecemos y no podemos ver las cosas como se supone que son. Yo lo único que te puedo decir amigo, es que desde el punto en el que estoy parada yo, junto a mis compañeras, estoy viendo un montón de relaciones, producciones, violencias, opresiones y fugas que tú no. Volá tuya si me crees, pero sería genial que no me atribuyeras un error cuando simplemente estamos en planos de interpretación diferentes. Y pienso en lo maravilloso en que podrías hacer este mundo si tú también pudieras ver lo mismo que nosotras, por eso insisto en la hueá, no sólo contigo sino con otros a los que también quiero llegar a llamar amigos y saben quiénes son (aer, levanten la manito). Quizás no pienses que lo querías decir así directamente, porque uno lleva adentro muchas palabras que no le son propias y trata de convencerse de lo contrario, pero si cuestionas mi rabia en el fondo me estás pidiendo pasividad y docilidad, me estás exigiendo que aguante, me estás demandando que siga comportándome como una mujer debe. Y eso algún día me va a matar. Así de brígidas están las cosas. Y con sinceridad y con cariño y también con rabia, porque todo eso puede convivir en un mismo cuerpo, te digo que me importa un pico que a un hombre no le guste mi furia.






















jueves, 5 de mayo de 2016

La vergüenza

Al final del camino, rodeada de unos árboles que quizás eran eucaliptus, qué sabia yo de árboles a esa edad, estaba la celda del animal. Mi papá se adelantó, se quedó quieto un rato ante la malla de alambres y se devolvió con una cara rara. Nos dijo que pobrecito, estaba muy asustado, quizás le habían hecho algo malo, así que era mejor no perturbarlo, que para qué lo tenían ahí, que no era necesario. Mis primos y mis tíos le hicieron caso, no sé por qué, y tomaron el camino de vuelta, pero yo seguí caminando. Nadie me vio. No sé, a veces nadie me ve.

Era más alto que yo. Definitivamente más fuerte. No podía olerlo, aunque estaba segura que debía haber olido a una mezcla de pipí de gato, leche hervida y almendras tostadas. Qué ganas de olerle el cuello. Quería acariciarlo y hablarle, que me entibiara la nariz con el calor de su hocico, meter los dedos por su pelaje, descubrir si su piel se transformaba en su cornamenta o si esta salía de adentro, como un diente de las encías o lo que sea que pasara en ese límite entre carne y hueso.

Era más fuerte que yo, era más lindo que yo. Era menos libre que yo.

El corazón me palpitaba en todo el cuerpo y oía como la sangre corría dentro de mi carne. Estaba asustada, estaba enternecida, estaba alterada, estaba emocionada porque nunca había tenido algo tan hermoso al frente, nunca había estado completamente sola ante algo tan desconocido. Di un pequeño paso para calzar uno de mis ojos en uno de los agujeros de la reja y sus ojos negros y brillantes se encontraron con los míos en una mirada que era de terror en los suyos y de descubrimiento en los míos. Descubrí mi ventaja, devine pendeja de mierda. El control lo tenía yo, yo era la que podía elegir entre ser buena, buena o mala, mala. Y nadie me había visto. Vi como el cuerpo se le hacía más pequeño detrás de la piel, de verdad se hundía dentro de sí; me pareció que reconocía mi triunfo y que cada gota de su sangre podía llegar a ser mía si me atrevía a reclamarla. Nunca había dominado a nadie ni nada, siempre había sido la niña a la que le dicen qué hacer y por dónde moverse y cuándo tener miedo y cuánndo paralizar los músculos y hacerse más chica o más quieta o más callada. Podía ser mala por primera vez en la vida y nadie me estaba viendo. El ciervo retrocedió todo chiquito y atemorizado.

Tome airé, enfoqué mis ojos en los suyos sintiéndome gigante, agrandé mi pecho para que entrara la maldad (después de todo, no sabía cómo ser mala), alcé los brazos con fuerza desde atrás hacia adelante tratando de empujar una fuerza invisible contra él, como una magia negra, levanté un pierna y tiré una pisotada fuerte al suelo y solté un ARRGGHHH o algo así. No muy fuerte para que mi familia no escuchara. Quería que huyera y que se fuera a esconder a su casita de palitos madera. Quería sentirme poderosa. Humana. Grande.


Pero el ciervo me devolvió una mirada peor, una mirada que venía de otros ciervos, de todos los ciervos que el cautiverio le impidió conocer, una mirada de cientos de años, una mirada de espíritus atrapados en animales, una mirada de odio atroz, una mirada de músculos fuertes y cuerpo capaz, una mirada de rabia y de la fuerza que yo nunca tendré. Odio y fuerza. Juro que echó humo por la nariz, eso fue lo que vi, incluso que le crecieron colmillos y tiraba espuma por la boca. Hasta cambió de color. Y con una velocidad no humana se lanzó contra la reja como si quisiera reventarme los pulmones con sus cuernos y levantarme por los aires para que viera mi sangre derramarse sobre su pelaje. Pero se detuvo. Se detuvo muy cerca mío mientras yo veía como le latía el corazón en todo el cuerpo y la sangre lo golpeaba desde adentro porque el control lo tenía él, él que era milenario, él que era de carne inmortal y huesos mágicos, él que no era humano, él que con el pecho en alto y duro me decía que no era algo tan vulgar como una niña de cinco años, que me devolviera llorando por el camino de los eucaliptos, que corriera más asustada que diez bambis juntos, con el cuerpo pequeño de pendeja de mierda que cree que ser grande es ser mala y que no le contara nunca a nadie sobre cómo un animal prisionero me había humillado perdonándome la vida.

jueves, 14 de abril de 2016

Muéranse

Anoche me pegué una de esas caminatas nocturnas que son de las cosas que más me gusta de estar viva. Venía del gimnasio, así que andaba con el cuerpo prendido, potente, dándome todo el color. La mayor parte de las veces no me da miedo caminar de noche y sola si es que es en un lugar que ya conozco. Incluso lo de no tener miedo es un ejercicio: una prepara el cuerpo para no andar con susto pero sí para defenderse de los peligros. Hay toda una técnica. Esta vez andaba cerca de mi casa, así que todo estaba perfecto: el aire fresquito, casi no pasaban autos, la música buena. Andaba contenta sin una razón específica, terrible tranqui. Todo muy bien, alegre, hasta que siento una palmada en el culo y por mi lado pasa un tipo en bicicleta. Mi reacción fue bien idiota al comienzo porque pensé que el loco podía ser un amigo mío. Onda, ¿por qué un desconocido me tocaría el poto en medio de la noche? obvio que algo así sólo lo haría alguien cercano, con la confianza suficiente. Pero después caché que no tengo amigos que harían eso, y si lo hicieran debería mandarlos a la chucha. Mis amigos (ojalá cabros) no andan tirando agarrones a mujeres que caminan solas. Entonces al siguiente segundo empecé a gritarle al tipo. Que era un conchesumadre, que se muriera, que se fuera a la mierda. Muérete culiao, muérete. Muérete. Lo único que quería era que pasara un auto y lo atropellara. Después empecé a correr detrás de él a propósito, aunque no tuviera un objetivo específico; yo sabía que no podía volver el tiempo atrás y evitar el asunto, pero podía moverme, no quedarme paralizada. Me podís tocar el culo, saco de hueas, pero no me vas a bloquear. Igual no tenía idea de qué haría si lo alcanzaba: pegarle en las hueas, escupirle en la cara, patearle la bici. Tampoco sé si podría efectivamente haber hecho algo de eso. La cosa es que este hueón de mierda, a pesar de ir en bici, no iba muy rápido; podría haber salido soplado. Y no sé, se me ocurrió que igual lo estaba disfrutando un poco. Hasta que en una esquina miró para un lado, apretó raja y cruzó la calle en la dirección opuesta. Cuando llegué a esa misma esquina caché que había un furgón de pacos.
A mí me han acosado y me acosan de varias formas. Susurros en el oído, gritos desde la vereda opuesta, sobajeos, masturbaciones y una vez hasta me amenazaron de la forma más sutil y escalofriante con un cuchillo mientras me agarraban la cabeza para besarme. Pero nunca me habían agarrado el culo. Jamás. Porque no tengo poto, obvio. Incluso en un momento pensé: que ahueonao este saco de hueas que me toca el culo siendo que es tan pequeño, qué desperdicio de tiempo. A ese nivel una lleva interiorizadas las reglas de este régimen sexual: como no tengo buen poto, no debería ser deseable. Incluso me dio un poco de vergüenza por que al tocarlo, el loco habría cachado que no tengo poto, que mi culo es un fraude. Perdone lo poco, compadre.
La cosa es que cuando llegué a mi casa y me vi frente al espejo del baño caché que la chaqueta con la que andaba me apretaba caleta la cintura y por una ilusión óptica la raja se me veía un poquito más grande. ¿Y ese pequeño cambio había hecho toda la diferencia? ¿Eso lo explicaba todo? En volá si el culo no se me hubiera visto así, el loco nomás me gritaba algo al pasar, pero no estiraba la mano. Y para más remate pensé que si estuviera a punto de salir a carretear y me veo al espejo así, igual me habría encontrado rica y habría salido con toda la perso. Después pensé que tenía súper claro que la explicación de todo esto no era como se veía mi cuerpo, sino que el loco es un macho de mierda, pero aún así sentía algo de responsabilidad y puta, qué asco sentirse así cuando idealmente sé que no debería pensar esas cosas. Onda tanta Monique Wittig pa qué po.
Esta misma semana una amiga me contaba que desde que su cuerpo había cambiado a uno más deseable por los machos de siempre, la acosaban mucho más en la calle y que estaba chata, al punto en que había modificado sus rutinas nocturnas porque le daba nervios andar sola. De hecho no hay semana en que alguna amiga no me cuente algo cuático o nos enteremos de que a alguna otra cercana le pasó algo. Lo que todas solemos decir es “está brígida la cosa y estamos chatas”. Cómo hacemos, entonces.
La hueá es que el mismo cuerpo al que tratamos de “sacarle provecho” para que los hombres que nos gustan se fijen en nosotras y quieran culearnos es el que también atrae a los otros hijos de la yuta que me gustaría matar. ¿Y qué hueá está pasando cuando los hueones que te gustan desean exactamente lo mismo que los hueones que te manosean en la calle?
Y me da rabia porque no me puedo sacar de encima, por ejemplo, el miedo espantoso a engordar, la vergüenza por tener guata, la incomodidad de no tener culo ni tetas. En el fondo siento que debo tener un cuerpo que complazca a los hombres. Y no po, lo que de verdad me gustaría desear es un cuerpo potente y musculoso, con las piernas firmes para correr detrás de mierdas en bicicleta, para defenderme de un ataque con cuchillo, para pegarle a un hueón que me quiera pegar, para destruirle la pichula al culiao que la frota contra mi y para cuidar a todas mis amigas.

Cuando me llega la regla

1
Dejé de tomar anticonceptivos hormonales cuando un día me desperté y quise estar muerta. No quería suicidarme, pero hubiera preferido no estar viva. No era la primera vez que había decidido abandonarlos. Fue la primera vez que asumí que si no lo hacía, entonces cualquier día me ahorcaba en el clóset. Y la verdad es que en el fondo no deseaba matarme, de otro modo ya lo habría hecho. Yo quería vivir. No, no sólo vivir, vivir bien. Si estaba tomando pastillas era para culiar sin quedar embarazada, o sea, gozarla. No la estaba gozando. Seguía culiando, pero me quería morir.
2
Dejé las pastillas. Pasaron hartos meses hasta que tuve algo así como un periodo menstrual regular. No puedo decir normal porque no creo que exista sólo una forma en que a todas nos deba llegar la regla. El asunto es que cuando me llega, me llega brígido. Me siento como el pico. Ahora tú dirás: ay, pero amiga si te encanta el pico, así que bacán po, wuajaja. Yo hablo de todo lo triste que puede llegar a ser un pene. Una tula heterosexual y privilegiada, una pichula miedosa, celosa e insegura, esa que sólo es afectada por unas posibilidades de encuentros muy limitadas. Como el pico po.
3
No, entonces no puedo decir que me siento como el pico, al menos no en este momento de mi vida, porque hoy mis periodos menstruales no me obturan del todo, aunque a veces me sienta mal y tenga ganas de no seguir viviendo o bien de matar a todos los culiaos. Desde que casi termino de sangrar hasta que ovulo, todo está genial. Llego al momento fértil y mi vida se pone un poco complicada. Antes, porque me daba por hormonarme, no había tenido tiempo de entender lo que me pasaba y prepararme. Ahora aprendí a leer mi cuerpo y sé qué energías debo entregarle a cada momento. Tengo dos semanas en las que salgo al mundo y puedo hacer más cosas; tengo dos semanas en las que me guardo en mí misma y puedo hacer otras cosas diferentes.
4
Siento una pena tremenda, que me llega de golpe, sin ningún hecho en particular que la justifique. ¿Me estaré volviendo loca? Antes creía eso, que estaba media piteada. Además otras personas se habían encargado de hacérmelo saber. Supongo que es lo que algunos piensan de otros si es que se ponen a llorar de pronto o si algunas situaciones pequeñas los saturan, supongo que es más común que crean eso si esos otros en realidad son otras. Ahora miro al calendario y confirmo lo que ya sé: estoy ovulando.
5
Ya, entonces empiezo a ovular y me voy a la mierda. Aunque ya no llamo tristeza a lo que siento porque apareció Spinoza y me salvó la vida. Eso que recién dije o suena muy cursi o suena muy chanta y qué me importa a mi si te parece eso. Lee a Spinoza po. Es como si de pronto hubiera un cortocircuito en las relaciones entre todas las partes que constituyen mi cuerpo. Lo que antes funcionaba de un modo, se convierte en otro asunto. De por sí, eso no basta para destruir esas partes. Quizás en algún momento de mi vida pude, por ejemplo, haberme matado para dejar de sentirme tan miserable en un minuto en particular. Eso era todo lo que bastaba, un minuto de mierda y no aguantar más. La tristeza es eso: que se descomponga aquello que me compone y yo deje de existir. Si sigo viva es porque no sólo empecé a entender cómo funcionan esas relaciones en mi cuerpo, sino que además busco aquellas otras relaciones entre mi cuerpo y el exterior que me den la fuerza suficiente para vivir esas dos semanas tan peligrosas. Para Spinoza eso sería la alegría. Y para mi también.
6
No es que lo entienda todo, claro. Aunque ya me conozco lo suficiente como para no asustarme cuando me siento mal, como para no hacerle caso a mis pensamientos que me quieren sacar de este mundo, como para no forzar a mis músculos a hacer lo que no pueden desde el día que ovulo hasta que se me quita el dolor de la regla, como para que la pena no me hunda. Por ejemplo, la vez pasada que viví todo esto, estaba yo en un piso alto de un edificio y algo me dijo que era muy fácil tirarse por la ventana. Por supuesto yo no quería tirarme por la ventana, aunque al mismo tiempo algo me decía que sí, que lo hiciera. ¿Sabes cómo se siente? Como si en un universo paralelo existiera otra Camila que efectivamente tiene todas las ganas del mundo de saltar por el aire y reventarse en el suelo. Ella y yo no somos exactamente la misma persona, pero basta que nos comunique una sola partícula de nuestros cuerpos para que yo pueda sentir lo que ella quiere. Otro día tenía la tetera con agua hervida en la mano mientras escuchaba a una persona que no me agrada y lo único que quería era tirársela en la cara. Aunque sospecho que esa sí era yo, no la otra. El asunto es que llegado el momento, puedo discernir y elegir aquello que me hace bien de lo que me hace mal. No es tan difícil, le digo a la gente.
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Entonces ya sé que hay cosas que puedo hacer en las últimas dos semanas del periodo, y otras que no. Me preparo para esos días. Hasta elijo las comidas adecuadas y me hago listas de canciones. Todo esto de una forma muy silenciosa, yo creo que casi nadie sabe lo que vivo en esos días. Ustedes quizá no se han dado cuenta, pero hay compromisos a los que no me someto durante ese tiempo. No agendo cosas que no quiero hacer, paso más tiempo en la casa o salgo sola. Me siento mejor si me acuesto temprano y me levanto tarde, tengo que dormir una siesta todos los días, no puedo emborracharme tanto, mucho menos mezclar pito con trago porque me voy del carrete llorando. No voy a hacer nada que no quiera hacer, no voy a enfrentarme a angustias innecesarias, no voy a estar con gente que no quiero ver, no voy a poner caras que no me nacen, no voy a seguir conversaciones que no me interesan, no voy a quedarme con las ganas de comerme un chocolate entero. Así que no me hueveen, no me digan que me quede más rato, no me digan que me tome un vaso más, no me obliguen si a lo que sea que me ofrecen respondo con un no, no se enojen si cambio constantemente mi parecer. En una semana más quizás diga que sí. O no.
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Yo ando así muy darks y todo durante esos días. También ando entera de caliente. Pero no es que me den ganas de culiar con un loco, particularmente. De hecho, qué paja tener que preocuparme por otra persona si conmigo ya cuesta harto en ese momento. Porque no quiero tener que seducir a nadie ni que me joteen, no quiero ni jueguitos ni besitos, no quiero tener que esperar a que termines, no quiero conversar contigo después ni que quedarme a tu lado en la cama. Lo único que quiero es terminar tres veces seguidas, dormirme una siesta, preparme un café con cacao al despertar y comerme un pan con palta o tal vez con queso derretido. Igual si va a salta la liebre que salte nomás. Pero que salte como quiero ahí.
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Está la pena y la rabia, está la calentura, están las ganas de tirarme por la ventana y también está el dolor. Me empieza a doler como una semana antes que me llegue. Me duele el bajo vientre, me duele la espalda, me duele la vagina, me duele el ano, me duelen las piernas, me duele el oído izquierdo. No sé qué tiene que ver el oído con la regla, pero ahí está. A ratos me duele tanto el cuerpo que siento la cabeza nublada y me cuesta pensar bien o seguir conversaciones. Como me duele la espalda y las piernas, mis movimientos se limitan bastante. Siento que mi cuerpo pierde gran parte de su flexibilidad, ando tiesa y a tirones. Además del dolor constante -que si lo comparamos con un sonido lo describiría como profundo y grave, una nota baja- a ratos me dan unas puntadas agudas y malditas que me congelan. Siempre me llega el sábado, pero sangro un poquito nomás hasta el martes. Ese día me sale mucha sangre y me duele tanto que si por mi fuera, estaría todo el día acostada escuchando en loop el allegreto de la séptima de Beethoven, padeciendo. Mi guata se inflama y la vagina también, por eso eso súper doloroso cuando tengo que sacarme y ponerme la copita menstrual. Ni el paracetamol, ni el ibuprofeno ni el ácido mefenámico alivian del todo el dolor. Me gusta tomar agua de canela, eso sí.
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La copita menstrual es bacán. Además me encanta ver la sangre. Mientras más, mejor. Es tan cómoda que una vez olvidé por varios días que la tenía puesta. Se había muerto mi tía, en Año Nuevo. Hicimos todas las cosas que se hacen cuando se muere alguien, la velamos, esperamos que llegaran todos, la enterramos. Recién cuando me iba a juntar con el pololo de entonces y pensé en que íbamos a culiar, mi mente se trasladó a mi vagina y recordé que estaba siento ocupada por la copa y sangre añeja. Me encantan mis olores asquerosos. Mientras más, mejor.
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Eso es lo doloroso y penoso. También pasa algo bacán en esos días de mierda. Generalmente el día antes de que me llegue algo le ocurre a mi mente, como si muchos focos de ideas se prendieran al mismo tiempo, todos muy rápidos, casi inmediatos. Me hablo a mi, le hablo a otras personas, resuelvo problemas, resumo libros, escribo cosas, invento planes, imagino viajes, recuerdo anécdotas, explico ideas, me encuentro bacán, todo eso en mi cabeza. Me paso toda esa noche en la cama con la mente a mil. A veces vuelvo a mi cuerpo y tengo los ojos secos, como si no hubiera pestañeado en mucho tiempo, y los músculos cansados de tanto tratar de mantenerlos abiertos. Casi no duermo, recién como a las 6 de la mañana me obligo a concentrarme para detener el flujo de pensamientos y me viene un cansancio que me duerme al poco rato. Es como si todo lo que mi cuerpo no pudo hacer en la última semana se volcara sobre mi mente, sobrecompensando la inactividad física. No es como cuando estás volada y se te ocurre una idea que en el momento te parece bacán, pero después cachai que es una mierda. Mis mejores ideas, mis mejores proyectos, mis mejores decisiones nacen esa noche. De eso me di cuenta con el tiempo.
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Desde que más o menos entiendo lo que me ocurre, mi mes se divide en dos partes: aquellas donde físicamente puedo hacer de todo y aquellas donde es mi mente la que más actúa. Desde que se me acaba la regla hasta antes de ovular, salgo a hacer caminatas larguísimas, me doy color en el gimnasio, carreteo hasta la hora del orto, me junto con mis amigues, termino los pendientes y empiezo otros, cocino cosas bacanes y elaboradas, hago el aseo de la casa y todas las cosas que sé que no podré hacer cuando empiece a ovular. Salgo al mundo, me impregno y también lo marco. Después, me guardo. Mi cuerpo ya no está tan activo, pero mi mente sí. Leo, estudio y escribo, hablo con mis amigues, cuido mis movimientos, pauso mi cuerpo, tomo tecito de canela, le doy besos a mis libros llorando de emoción, me echo con las gatas. Ya no me quiero morir.