lunes, 22 de diciembre de 2014

Año cero

Mientras más me empeño en recordar, más recuerdo.

He ejercitado la memoria más que cualquier otra parte de mi cuerpo. A veces pienso que poseo un talento extraordinario, en otras ocasiones dudo de la claridad de mis recuerdos y supongo que quizás tengo una habilidad impresionante para inventar hechos que no ocurrieron. Aunque al final, siempre confío en la historia que nace en mi mente.

A lo mejor las cosas no sucedieron exactamente como las rememoro, pero si salieron así de mi cerebro es por algo. Son una verdad.

Antes de dormirme imagino conversaciones con diferentes personas en las que les relato mis experiencias. Si me ha ocurrido algo llamativo en el día, mi mente urde los hechos montando una narración. Me explico: las imágenes no pasan ante mis ojos como una película que alguien más hizo; yo escribo el guión, escojo los planos, describo a los personajes, modifico la posición en el tiempo de algunos eventos y planifico el final.

Proyecto la película en mis pensamientos una y otra vez, mientras se la cuento a alguien que por alguna razón entró a mi cabeza. Cuando ya estoy conforme, me duermo. Si no, puedo pasar horas dándome vueltas bajo las sábanas repitiendo las escenas que me gustan y tratando de darle forma a las que no me convencen. Podría simplemente ver la película, pero por alguna razón, recordar incluye el acto de la narración ¿se entiende?

Eso hago ahora. Armo y rearmo la historia de los acontecimientos sucedidos entre el 15 de marzo del 2015 hasta el preciso momento en que termino de escribir la palabra palabra, en un país que de tan extraño me parecía irreal, pero hoy es más hogar que mi hogar. Y les hablo a muchas personas, en diferentes lugares, en encuentros que aún no se consuman. Les converso a mis amigos, a mi madre, a los vecinos, a mi tío, a los periodistas y a ti, así de lejos como estás, también. A todos ustedes. Es probable, después de todo esto, que jamás vuelva a verlos. Cada uno de ustedes sabrá reconocerse cuando les esté conversando.

Hablarles desde acá, estando lejos, lejos, lejos, es una manera de no dejarlos ir, compañeros. Aunque sospecho que en realidad fui yo la que se fue hace mucho tiempo. Quizás esto es una despedida. Algo así como un testamento en el que lo único que puedo heredarles es la historia de lo que viví, porque ya no tengo más posesiones que esto. Para que sepan lo que ocurrió desde mis carne y no desde los ojos ciegos de la Historia o la boca mentirosa de la prensa.

Les contaré lo que pasó en Camboya ese 17 de abril del 2015, cuando cientos o miles o millones de personas -aún no lo sabemos ¿lo saben ustedes?- se desvanecieron en el aire.

martes, 16 de diciembre de 2014

Dicen que la gente no cambia

Muchos, sino todxs, me han dicho: la gente nunca cambia. Yo les digo: una nunca se baña en el mismo río ni se quema con el mismo fuego. Pero sólo si es que actuamos a favor de ello.

Yo soy el ejemplo de que la gente cambia. Yo demuestro con mi carne que si alguien no muta es porque la comodidad ya lo ha vencido. Es tan fácil justificarse, evadir los sentimientos o esconder lo incómodo debajo de la alfombra. Lo nuevo sabe muy dulce al comienzo, pero si tratamos de anular lo que no pudimos enfrentar, tarde o temprano volverá para removernos. Cuando lo dulce es dulce en ausencia de lo amargo, nuestra potencia ha disminuido.

Los huesos que se me asoman por el pellejo, los músculos que me crecen sobre los huesos y las palabras que salen de mi garganta gritan: la sangre necesita desafíos. A veces es mejor que las cosas salgan mal, para que puedan florecer como merecen. No hay sabor más dulce que el que llega después de lamer la tierra de las tumbas.

Qué mentira más triste esa de quiero hacer esto, tiendo hacia este otro lado, me gustaría ser así, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero...

Hagamos las cosas de una puta vez. Nuestros cuerpos pueden más de lo que nos imaginamos. Si creemos que no, es porque ni siquiera lo hemos intentado. No es necesario ser tan cobardes. Correr con la boca abierta y la frente en alto contra aquello que creemos que nos ganará es la mejor manera de vencer. Vida, tírame todo lo que puedas porque lo masticaré con mis colmillos.

Después de todo esto seré mejor. No soy simple. Mi historia no está escrita. No necesito parecer lo que estoy siendo (el cuerpo también puede susurrar). Vez que puedo, cambio, pero no para satisfacer algo externo, sino para vencerlo.

Nos encanta la palabra devenir ¿verdad, amigxs? Entonces incorporémosla a nuestras células. No somos algo estático. Eso lo sabemos ¿no? La guerra, en primer lugar, es contra nosotros. No usemos nuestras debilidades para justificar nuestras debilidades. Nosotrxs somos la corriente del río. Nosotrxs somos el fuego. Devenir no es huir, no nos mintamos. La gente no existe, sólo estamos nosotrxs y nosotrxs sí cambiamos porque no somos como ellos.



sábado, 6 de diciembre de 2014

Ya no soy sauce llorón, sino una bestia mágica de nutritiva sangre (o en realidad esto es para ti)



Esto me daba mucha pena. Lo escribió Rosario Castellanos:

Inclinada, en tu orilla, siento cómo te alejas. 
Trémula como un sauce contemplo tu corriente 
formada de cristales transparentes y fríos.
Huyen contigo todas las nítidas imágenes, 
el hondo y alto cielo, 
los astros imantados, la vehemencia 
ingrávida del canto.

Con un afán inútil mis ramas se despliegan, 
se tienden como brazos en el aire 
y quieren prolongarse en bandadas de pájaros 
para seguirte adonde va tu cauce.

Eres lo que se mueve, el ansia que camina, 
la luz desenvolviéndose, la voz que se desata. 
Yo soy sólo la asfixia quieta de las raíces 
hundidas en la tierra tenebrosa y compacta.

Sólo que no. Yo no soy un sauce (ni un pájaro). Es decir, lo fui o pensé que lo era y eso es lo triste. (Ya) no soy un árbol de pelo verde y chascón al que el río le pudrió las raíces. Hoy soy una bestia mágica, que cambia constantemente de forma. A veces me salen garras donde antes tenía aletas o me aparecen más ojos, como a las moscas, para verlo todo diferente. Una fiera mágica no es lo mismo que un animal mitológico, que sólo vive en relación con los humanos y no para sí mismo u otras bestias. Para convertirse en una bestia hay que haber sufrido.

Qué triste sería ser un unicornio, por ejemplo. No son más que caballos frágiles y miedosos, pero el brillo nacarado de su cuerno atrae a los incautos que no son capaces de descubrir que el fulgor de su carne es igual que el de la luna: no les pertenece. Lxs que luchamos sabemos que todo espectáculo está destinado a la extinción. Y si no, es nuestro deber destruirlo. El unicornio, como tantos otros animales que perecieron en los mitos, no deviene. Vive solo.

Yo no sé qué seas tú ahora, aunque si estoy segura de dos cosas: (1) ya no eres río y (2) ya no quieres probar este nuevo aliento de bestia que me hace florecer. Filo.

Así como mi pelaje crece frondoso y fuerte, mis oídos están atentos a todo y mis piernas se hacen más densas y me llevan más lejos -y con la misma fuerza con la que yo devengo- deseo que hoy seas lobo o pantera o gato. Espero que no seas una oveja que piensa que es libre sólo porque corrió las vallas de su establo un poquito más allá y el pasto que come le sabe a nuevo.

Que todo esto no haya sido en vano. Aún te quiero y eso significa querer que estés bien y que puedas vivir como se supone que deseabas. Insisto: que todo esto no haya sido en vano. Vive y crece, llénate y sigue creciendo para que te entre mucho más.

A veces duele, pero las bestias no tenemos miedo


Cuando chica sufría unos dolores en las rodillas que hacían la noche larga y angustiante. Los médicos decían que era porque crecía y el cartílago se fisuraba con cada estirón o algo así. A mí no me importaba lo que dijeran de mi dolor, yo sólo sentía que mis huesos se convertían en un hielo que me quemaba las piernas desde adentro hacia afuera. Aún así, me reconfortaba saber que después de todo eso sería más grande.

(Es chistoso igual, porque no crecí tanto. Mi cuerpo se dio un color tremendo para un resultado bastante cercano a la escasez)

Crece. Va a doler, pero nosotrxs estamos pasando por eso y podemos decirte que cruzar al otro lado no significa ni ser cómplice ni infeliz ni un hijo de puta ni un iluso ni nuestros papás ni fachos ni tontos ni penosos ni burgueses ni moralistas ni asustados ni pasivos ni ridículos ni disminuidos ni esclavos ni lo que sea que te da miedo. Ni si quisiera la policía.

(Hoy pienso que eso creías de mi: que yo era la policía, pero el paco estaba en ti e intentabas cargármelo porque no lo soportabas dentro tuyo. Estabas muy equivocado)

Nos hace precarios, sí, pero fuertes, enormes y alegres a pesar de todo. O a causa de ello.

Nosotrx lo estamos viviendo y también nos duele. Se nos hace difícil y preferiríamos hacer otra cosa. Escogimos hacernos responsables de nosotros mismos, que sólo nos sostenga el fuego y no la esclavitud a la que están sometidos los que nos aman. Todos somos bestias capaces de generar nuevos órganos cuando los necesitamos. Esto no lo sabíamos antes, nos hemos descubierto. Nos estamos expandiendo, batallando contra nosotrxs mismos y contra el régimen. Los días nos cuestan, pero algunos (muchos) de ellos pueden llegar a ser maravillosos. Vivimos con los ojos abiertos y la piel sensible. Todo nos conmueve, nuestros cuerpos nunca se duermen. Estamos abiertos a cosas que antes no veíamos y por primera vez estamos viviendo cosas que no imaginábamos. Somos los más valientes. No podemos darnos el lujo de quedarnos en lo cómodo porque ya no hay comodidad que nos espere. Tampoco es que nos interesen los lujos. Si tuviéramos la oportunidad de vivir de otro modo la tomaríamos, creéme.

Esto es tan lindo, que cualquier acto de ternura dentro de nuestra precariedad, me hace llorar cada noche al repasar mi día. Y por esto me refiero a saber que estamos haciendo todo lo posible por luchar y no dejarnos aplastar.

Las posibilidades se abren ante nosotros como la baraja de un tarot que no termina de ser dibujado. Somos nosotrxs los que estamos experimentado y te decimos ven, entre todxs se nos hace más fácil. No te estamos retando, no queremos sermonearte, simplemente te invitamos a luchar hermosamente porque sabemos que tu carne lo puede. Ya la conocemos desde hace mucho tiempo. Nosotrxs te queremos.

Porque el problema de vivir como lo hacíamos hace cinco años es que luego será como hace ocho, después como doce y al final como veinte. El establo se nos haría pequeño sin darnos cuenta y pronto olvidaríamos cómo es el mundo. Si decidimos vivir como lo hacemos ahora no es porque seamos cobardes: estamos comenzado un viaje aterrador porque sabemos que a la larga venceremos. Salimos a buscar el vellocino dorado, pero nos importa un pico encontrarlo. Deseamos la travesía.

Si algo he vivido en estos días es la renovación total de mi sangre. Ahora es espesa y nutritiva. Cada vez que da una vuelta dentro de mi cuerpo se convierte en algo nuevo. No soy el río que pudre raíces ni el sauce podrido. Esta sangre me quema, pero no como el hielo de mis huesos de niña. Es el calor necesario para pelear y vencer. Es con ese mismo calor que deseo que sí, que puedas convertirte en una bestia mágica como yo y lxs otrxs. Como nosotrxs. Y aunque tú y yo no podamos encontrarnos, al menos sabremos que nos oculta la misma noche y nos alimenta el mismo fuego.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Los gatos serán la única constante en mi vida


No recuerdo cómo era la vida antes de los pelos de gato en todos lados. Sí sé que durante un tiempo importante de mi infancia sin gatos, mi deseo siempre fue tener uno. La primera aproximación con un felino fue con la Darita, la siamesa de mis abuelos. Así que desde guagua conocí sus formas, palpé su pelaje y me aprendí sus maullidos, sin temor ni asco.

Una vez pasé unas vacaciones en la casa de mis abuelos. La Darita había tenido cachorros y en la noche los llevaba a la cama y dormíamos todos juntos como niños, con ella completamente atenta a nuestras necesidades.

La cosa es que nunca fui de esas personas que se encantan con los gatos una vez que aprenden a no desconfiar de ellos. Siempre tuve una conexión. Y hoy sé que de todas las cosas que me rodean, serán ellos la única constante en mi vida.

Puedo variar mis hábitos alimenticios, puedo hacer nuevas amistades y perder otras, puedo cambiarme de casa o viajar a otra ciudad, puedo enfermarme, estar triste o contenta, tener el pelo rosado, perder una pierna o ganar un poder sobrenatural. Mi vida cambiará siempre, una y otra vez. Pero siempre tendré a los gatos. No concibo mi vida sin los gatos. La única razón para no estar en contacto con ellos sería por habitar en una estación espacial o en el fondo del mar. O que un día, sin saber por qué, desaparecieran todos los felinos de este planeta. Una tragedia escalofriante.

Me emociona hacer la genealogía de los gatos que me afectan, porque es pensar en mi vida y en todo lo que me ha pasado. Me gusta creer que tengo una forma especial de relacionarme con ellos, porque dejo de pensar en que ellos son animales y yo humana, ellos naturaleza y yo cultura. De alguna forma, pienso que somos compañeros y manada. Yo conozco su lenguaje secreto y ellos me dejan ser parte de sus vidas.

martes, 25 de noviembre de 2014

La primera violencia es que nos hacen mujer

Ya sabemos que una de las intenciones de eso de ser hombres y mujeres es hacer creer que ciertas diferencias políticas, económicas, culturales y biológicas son naturales. Los hombres son así y las mujeres somos asá. Con eso se justifican relaciones de opresión y explotación dentro de las pocas formas de vida que son aceptadas por la norma. Por mucho que nos indigne, tenemos bien asumido que los varones son los victimarios y las mujeres somos las víctimas. Algo dice eso de esta vida.

La violencia, entonces, no es sólo cuando nos pegan, nos violan o nos matan. Está incrustada en nuestros cuerpos desde antes de nacer, cuando nuestros padres se enteran de que esperan una niñita, con su carita de rosa. Somos creadas mujeres. Al momento de entrar en este mundo nos instalan una serie de reglas y prohibiciones que determina cuáles actos podemos realizar y cuáles están prohibidos. Las niñas no hacen eso, no hablan así, no se mueven de esa forma, no se visten de ese modo. Sonría, ordénese el pelito, lávese las rodillas, cómo va a andar toa cochina.

Nos convierten en mujeres y esa es la violencia original. Nos dan la bienvenida a la vida poniéndonos en el lugar de la víctima, para ser sus víctimas y justificar lo terrible. Llegamos al mundo para ser oprimidas, para que nos tengan pena o para que nos anden cuidando. Ser asignadas mujeres es también violencia de género. Tener que ser mujer es lo violento.

Y esa violencia no viene solamente de hombres cuyas conductas se patologizan como para decir oye, no todos somos así, por si acaso. Lo triste es cuando la violencia nace de quienes nos aman y nos obligan a acomodarnos a esta vida capitalista y patriarcal. Es una violencia que pasa desapercibida en nombre del amor y oculta entre los privilegios masculinos que incluso aquellos que se denominan feministas y antipatriarcales poseen, porque a ellos los construyeron varones.

Mi cuerpo infantil fue despojado de toda su potencia para hacerse fuerte al criarme como niña e impedirme, por ejemplo, correr, subir árboles o practicar ciertos deportes. Yo pude haber sido resistente y musculosa, pero nunca sabré de qué forma mi carne se ablandó cuando consumí hormonas feminizantes artificiales para que el varón amado pudiera terminar adentro mío, algo primordial para toda pareja cuando se ama, como símbolo de oro de la heterosexualidad. Pude haber sido valiente y violenta, pero mi papá me enseñó a no salir de la casa cuando estuviera oscuro. Pude haber desarrollado una voz profunda y rica, pero mis palabras cuelgan de un hilo en la garganta con miedo a todas las veces que me hicieron callar. Pude haber protestado, pero mi mamá me dijo que era mejor dejar que las cosas pasaran. Pude haber aprendido a tocar guitarra o armar una mesa, pero sé cómo lavar la loza, trapear el piso, tejer y cocinar. Mucho de lo que hoy soy, lo soy por haber sido convertida mujer y no sé de cuánto me he perdido.

Tengo tanta rabia.

Por eso hoy no lucho contra la violencia de género marchando en silencio y de negro como si ya me hubieran matado, sino desde mi sangre misma. Cada día es una decisión. Cada decisión es un experimento. Y así, no acepto que mi cuerpo sea territorio de la violencia. De a poco voy despojándome de lo que me amarra porque no sé lo que puede mi cuerpo, pero sí lo que ya no quiero que lo afecte. Me entrego a lo desconocido y a la potencia. Rechazo mis privilegios y combato los ataques ferozmente. Corro, bailo y canto. Ataco y muerdo. No soy la mujer de nadie. Sobre este cuerpo no.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Las cosas que están detrás de un vidrio

Todo lo que está detrás de un vidrio o está muerto o más o menos vivo. Una lo mira y lo mira, tratando de imaginar la vida o adivinar el momento de la muerte. Por qué se mata algo que se pretende conservar. Con qué disposición observamos aquello que sólo podemos poner ante los ojos cuando está quieto, cuando lo que en realidad buscamos es su movimiento. Por qué nos gusta un poquito, si en verdad deberíamos despreciar esa no-experiencia.

Una mariposa dentro de una caja, un feto flotando en un frasco, un pastel detrás de una vitrina, una carta manchada del sudor de un prisionero político exhibida dentro de un museo que ya es una caja de vidrio gigante.

Y aunque estén muertas, o precisamente por ello, las cosas detrás de un vidrio me provocan una emoción bien fuerte, me hacen sentir como en el límite justo entre lo que está y lo que falta. Lo que está detrás de un vidrio está incompleto. Su presencia denuncia una ausencia. Y eso desata algo en mi, aunque no sé describirlo muy bien. Quizá lo que mi cuerpo quiere es llenar el espacio de lo que no está.

En el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos tienen una exposición dedicada al exilio. Ahí exhiben algo tan triste como la habitación de un exiliado. Detrás de un vidrio enorme hay una cama pequeña con una manta de crochet. Un estante hecho de ladrillos y tablas que sostiene algunos libros y cassettes. Hay afiches en las paredes, un escritorio y una camisa (o chaqueta, ya no me acuerdo) colgando de una silla. Pero no está lo más importante: el exilio. Mucho menos el exiliado. Es una puesta en escena de algo que no puede ponerse en escena. Es una fractura e incluso también un mal chiste. Es una espera de una persona que nunca va a abrir la puerta para entrar a su pieza. Y por eso, porque no aguantamos que algo tan vacío represente algo tan importante, nuestra imaginación lo llena todo. O la mía, no sé.

Al frente, en la Quinta Normal, está el Museo de Historia Natural. Era mi museo favorita cuando chica. No sé cuántas veces fui, probablemente no fueron tantas, pero se siente como si hubiera pasados días enteros adentro. Cuando volví este fin de semana me asustaba la desilusión. No me desilusioné, quizá porque desde niña sentía la contradicción entre la repulsión y la atracción por cosas detrás de un vidrio. Es decir, me atrajo y desató sensaciones en ese momento, aunque no estoy segura si es una emoción que me gusta o me incomoda.

Este es el museo de las cosas muertas que intentan parecer vivas. Es un paso por la historia y la geografía de Chile contada por reproducciones, maquetas y animales disecados. Muerte, solo muerte. Animales feos, que se ven enfermos incluso después de muertos puestos en posiciones de vida. Un puma cazando, un búho a punto de recoger una tarántula, un gorila en posición de defensa y así. Es triste y tierno, igual. Chistoso también. Raro.

Y probablemente en el museo saben que son el museo de las cosas detrás de un vidrio y fuerzan la idea hasta el absurdo: dentro de una pecera de vidrio hay una habitación de muebles blancos, metales y luz fluorescente. Parece la sala de experimentos de una nave alienígena. En el centro hay una mesa de melamina y ahí, en vivo y en directo, un taxidermista de carne y hueso realiza el trabajo de embalsamar un zorro. Sí, adentro de una caja de vidrio exhiben a un trabajador. Y hay un cartelito que dice NO METER RUIDO, igual que si el tipo fuera un mono le pondrían NO DAR DE COMER.


sábado, 15 de noviembre de 2014

Todas las balas de Camboya

En Camboya hay muchas balas, pero se mata poco con ellas. Más que nada son usadas por la Policía cuando se les ordena aniquilar a los manifestantes. Se mata de otras formas: con cuchillos y machetes, con ácido, con retroexcavadoras, a golpes, violando, desplazando, abandonando o de hambre. Los camboyanos conocen muchas maneras de asesinar, pues los vienen matando desde hace mucho tiempo.

Cuando la violencia sistemática de los Jémeres Rojos se hizo evidente ante el mundo entero, parecía que era primera vez que allí se mataba de ese modo. La verdad es que Camboya se construyó sobre miles de cadáveres cientos de años antes que la máquina de matar de Pol Pot. Angkor Wat, la ciudad de piedra que convierte a los turistas en hormigas mojadas, no podría haber sido construida sin haberse apropiado de la fuerza vital de los esclavos que la levantaron. Una vida por cada piedra.

Hoy las armas se atesoran porque con ellas se come, por eso las balas se cuidan tanto. Un viejo fusil le da sustento a una familia entera. Improvisan campos de tiros en sus terrenos y acarrean a los gringos dispuestos a vivir la experiencia mediatizada de una guerra que nunca lucharán. Cada bala lleva un precio en dólares y al jalar el gatillo las fantasías del macho poderoso del primer mundo escupen sobre los huesos de los que están bajo tierra.

Pagas 500 dólares e incluso puedes matar a la vaca de la familia. No al mamífero gordo de piel blanca y manchas negras, sino a uno escuálido y gris, con más pellejo que carne y pelo que manchas. Una vaca que no da leche. Por eso allá es tan escasa y cara. Afuera de cada supermercado o almacén hay una mujer con una guagua en brazos. Please, miss, buy me milk. Y los turistas, como tienen tantas ganas de saberse buenos y conformarse consigo mismos, van y le compran un tarro de leche en polvo. Entonces la mujer entra a la tienda y se lo revende al dueño. Así, los tarros de leche se compran una y otra vez en Phnom Penh, en Kampot, en Battambang, en Siem Reap en Kampong Cham y en todas las otras ciudades cuyos nombres nunca sabré.

Todos, todos, todos los camboyanos están conectados por sutiles redes de explotación. El niño que pide plata porque tiene hambre es el esclavo de un mafioso, que a su vez debe trabajar para alguien más poderoso y así hasta Hun Sen. En todos los pueblos los niños venden los mismos libros y las mismas pulseras y mueren de la misma forma.

A veces incluso muere un extranjero. Cuando llegué a Kampot, la muerta más reciente era Ophelie Begnis, una francesa de veintipocos que salió a andar en bicicleta y apareció flotanto en el río. Nadie sabía que había pasado y es probable que nunca se sepa. A dónde iba me hablaban de ella y yo pensaba, ilusa, que algo podría aclarar. Que resolvería un crimen en Camboya, jaja. Hueona.

Al comienzo le echaban la culpa a los del otro lado del río: son campesinos y pobres, por lo tanto salvajes, los únicos que se atraverían a matar a una extranjera con dólares. Al frente, en cambio, le temían a los de este lado. Se han vendido a los turistas y los valores occidentales los han contaminado, el dinero los ciega y los vuelve inmorales, son asesinos. Otros, como en cualquier lugar del mundo, hablen el idioma que hablen y coman lo que coman, culparon a Ophelie. Farang ignorante, se metío al río para nadar empelota y ofendió a alguno de los pescadores y hubo que reventarle la cara con el remo. Después se supo que su cuerpo estaba semidesnudo porque la habían violado. Imposible saber si la penetración fue antes o después de su asesinato, debido al penoso estado del cuerpo.


Una mañana, saliendo del hotel, el tipo de la recepción me dice que tenga cuidado porque me parezco a la niña muerta. Ambas de pelo ondulado y oscuro, lentes y nariz grande. Quizás al asesino le gusta matar mujeres que lucen así. Por alguna razón, no logro tener miedo. A lo mejor porque entonces me sentía invisible, más que invencible.

martes, 11 de noviembre de 2014

Mary-Carmen está muerta

Mary-Carmen está muerta y eso da pena. Pero es más triste que cada cierto tiempo se me olvide y deba hacerlo explícito para creerlo. Repetir: Mary-Carmen está muerta.

Mary-Carmen está muerta y nunca supe muy bien cómo estuvo viva. Su vida es un misterio, por eso podría serlo todo o también nada. Podría hacer muchas conjeturas respecto a qué hacía en su tiempo libre, por ejemplo. Sobre por qué le gustaban las cosas que le gustaban, cómo era su pieza, en qué partes del cuerpo tenía cosquillas o con cuántas cucharadas de azúcar le gustaba el té. ¿Le gustaba el té?

Hay un enorme vacío que podría llenar con cualquier cosa. A veces éramos crueles (porque estaba viva y podíamos permitírnoslo) y nos imaginábamos cosas terribles que nunca mencionaré porque me avergüenza. Uno de los misterios más grandes que jamás se resolverá es por qué nunca se quitaba la chaqueta. Quizás tenía una enfermedad a la piel y no podía exponerla a la luz. O de pronto la chaqueta la dotaba de una característica que o a ella le gustaba o creía que era necesario exhibir. A lo mejor la chaqueta representaba cierta formalidad, como la de las señoras oficinistas con brushing en los noventas. Mary-Carmen, hace calor, sácate la chaqueta. No, no importa. No importa. ¿Qué era lo que importaba, entonces?

Mary-Carmen está muerta, pero sigo imaginándola en su lugar de siempre. Sentada en esas bancas del Icei (qué paja el Icei), al lado de las escaleras. Lleva la imitación de una chaqueta de lana y una bufanda fucsia. Pantalones de vestir grisáceos y botines negros. Tiene el pelo tomado en una media cola, muy inflado. Creo que está inclinada hacia adelante abrazando una carpeta de Winnie the Pooh o algo así de infantil. No sé si es que siempre llegaba a ese lugar antes que nosotros o si siempre estaba ahí, como si su vida no hubiese sido más que eso: estar, esperar y desaparecer.

A veces no sé si Mary-Carmen está muerta o está sentada en esa banca, sosteniendo sus papeles.

La tragedia es suya y yo no puedo más que hablar de mi misma pensando en ella.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Los fetos de piedra


Todos los signos florecieron. Su menstruación se detuvo, los pechos le crecieron y como era de esperarse, su vientre también. Hace casi 500 años, Colombe Chatri quedó embarazada. Tras los dolores del parto, sin embargo, su cuerpo no expulsó más que sangre y líquido amniótico. Ninguna criatura. Estuvo en cama por tres años, pues seguía sintiendo una masa dura en su abdomen y durante toda su vida sufrió dolores y nauseas. La gente del pueblo la reconocía como la mujer que aún llevaba un feto en su interior.

Y así fue. Tras su muerte le hicieron una autopsia, pero adentro no había carne, sino piedra. De su cadáver extrajeron un feto calcificado, un litopedion.

La ciencia dice que cuando se produce un embarazo fuera del útero, el feto se petrifica. El viento tibio que corre en las noches me dice que es un amuleto.

La única razón por la que me gustaría quedar embarazada sería para parir mi propio monolito. Dar a luz a la ausencia de todo lo que puede llegar a ser. O no.

Mi cuerpo haría la alquimia que ningún maestro se atreve a realizar: convertir la carne en piedra.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Cuarenta y tres

Qué tierras se habitan si están llenas de muertos.
Qué fruta se cosecha.
De dónde sacamos las piedras.

Toda la tierra es cadáver.
No toda la tierra es fértil.

Nosotros somos lo fértil y los muertos no son los que deberían ser.
Los que tienen el descaro de llamarse guerreros son larvas que no crecen.
Y el Estado siempre será eso, el Estado.
Todos asesinos.

Cómo bailamos sobre el barro.
Cómo celebramos la próxima primavera 
cuando las flores crezcan de sus cenizas y los peces se atoren con sus huesos.

Qué se hace ahora. Cómo se vive.
Me atrevería a decir que lo primero es eso, la vida, pero no basta con vivir nada más.
Se lucha, claro.
Y la guerra parte en la propia carne.
Las venas se llenan de ternura y valentía para purgar las gotas de fascismo con las que nos han intoxicado.
Se abandona el egoísmo y la culpa.
Porque la culpa no es más que el miedo a que te descubran haciendo daño.
La guerra se gana en manadas, pero parte en la médula.

Donde quiera que pisamos hay muertos.
Pisemos entonces con fuerza para que nos invada su espíritu.
Demos vuelta todo, abracemos las piedras.

Hoy más que nunca quisiera que quisieras abrazarme y lucharas conmigo.


lunes, 27 de octubre de 2014

La deriva, un inesperado campeonato y un anticucho de corazón

Me gustaría decir que estaba haciendo una deriva, pero la verdad es que estaba buscando el lugar de las clases de marinera peruana en Independencia, una comuna de la que sólo conozco el sector de las telas, es decir, a penas un poco más que nada.

Fue un domingo en la tarde, por eso todas las tiendas estaban cerradas y aunque era cerca del sector que conocía, la vida ahí era diferente a la de un día laboral. Más que nada había muchos hombres borrachos. O yo me fijé más en ellos que en alguien más porque son los que se acercan lascivamente y no tienen mucha coordinación, entonces pueden terminar más cerca de mi cuerpo de lo que realmente querría. Quizá porque era domingo en la tarde y hacía mucho calor, casi ningún hombre se acercó. Dormían o trataban de mantenerse de pie con mucho esfuerzo. Entonces me agarró una confianza de que nada desagradable me pasaría y me reté a disfrutar la tarde, tal como ellos lo estaban haciendo a su modo. Comulgué con ellos ante el deseo de vivir ese domingo.

En la sede vecinal donde serían las clases había un cartel que anunciaba a) la visita del gran Augusto Polo Campos con letra Times New Roman y b) que hoy las clases serían en la plaza con letra manuscrita junto a una flecha que apuntaba precisamente a un parque más bien grande, con mucho, muchísimo pasto. La plaza aparece casi de la nada, justo al final de Lastra, detrás de una curva que te engaña pues a lo lejos sólo ves el comienzo de una autopista y piensas que hasta allí debes caminar, pero si te atreves a avanzar unos pasos más, llegas a este lugar que se convirtió en mi paraíso dominical.

No había nadie bailando marinera. Pero sí muchas personas reunidas al fondo del lugar y me acerqué por si acaso, pero en verdad no me atreví a preguntarles nada porque estaban muy entusiasmados por algo que estaba a punto de comenzar. Algunos hombres elongaban, otros se cambiaban de ropa. Algunas mujeres llegaron con quitasoles y carros de supermercados llenos de bebidas y las cajas de plástico por las que he desarrollado un reflejo de salivación, pues suelen estar llenas de ceviche. Yo creo que había como 50 personas, pero podría estar mintiendo y quizá eran 70 ó 100. Todxs eran peruanxs.

Me senté a un costadito para tratar de entender qué era lo que estaba comenzado y lo entendí pronto: un torneo de volleyball en el que todos los jugadores eran sujetos biopolíticamente asignados como hombres, de nacionalidad peruana y homosexuales. En el público habían tanto hombres como mujeres, muchas familias con guaguas, viejos con sudadera y pelos en las orejas, señoras sentadas sobre mantas buenas para la risa, yo y algunos perros,  heterosexuales todos, me atrevería a adivinar. También estaban los vendedores, por supuesto, que traían bebidas, ceviche, marcianos de agua o leche, torta de chocolate, torta tres leches, chicha morada y Bálticas. Además habían instalado un castillo inflable y una cama saltarina para los niños, que aprenden desde muy pequeños cómo el tiempo se fragmenta arbitrariamente y se le otorga un valor monetario dependiendo de qué tanto van a divertirse.

Y bien, el campeonato transcurría con alegría y aún nadie se ponía a bailar marinera, así que decidí sentarme a comer, beber y vivir este domingo inesperado. No necesité hacer una deriva, sino simplemente correr los márgenes de mis lugares seguros para que algo sorpresivo aconteciera. ¿Quizás sí lo fue? Si hubiera sabido con antelación que esto pasaría, probablemente no me habría motivado. Pero ahí estaba, sintiendo un gozo repentino por la certeza de que vivía un momento único en este tiempo y en ese espació. Allí y entonces. Aquí y ahora. Completamente sola, de forma entera conmigo misma.

A ratos sentía el ímpetu de compartir esa alegría con alguien más, pues lo normal en los últimos años había sido así. Mi alegría no estaba completa hasta verbalizarla y trasladarla hacia otra persona. Y ante la imposibilidad de hacerlo, fue lindo descubrir que podía vivir algo mío, sólo mío, mi plaza secreta, mi tarde hermosa, mis piernas estiradas y mi piel caliente por el sol. Igual a ratos me daba vuelta con la esperanza de que apareciera alguien conocido. Quienquiera que fuera. De hecho en un momento hice algo muy tonto: fui a darme una vuelta por el barrio para encontrar una botillería, en caso de que alguien se asomara y no recibirle con las manos vacías. Y obvio que eso no iba a pasar, así que tomé sola, rodeada de personas que habitaban un lugar extraño y lejano, pero acompañadas por sí mismas, organizadas y en sincronía, aunque fuera por esa sola tarde, en ese espacio que hicieron momentáneamente suyo, en un territorio que no estaba pensado para ellos, celebrando desde la marginalidad de su clase, su nacionalidad y la violación de la heteronorma. Desfachatados, embriagados de sol, concientes de su cuerpo y su alegría. Gozando.

Cuando ya me iba a la casa, antes del cruzar el puente al otro lado del río, me compré un anticucho. El sabor sanguíneo del corazón fue el cierre ritual de la experiencia que nunca se repetirá.

(La cueca se basa en la danza de cortejo entre el gallo y la gallina. Una gallina sigue moviéndose aunque le corten la cabeza. La marinera, en cambio, es la danza de los caballos. Un caballo es músculo y sangre, olor a almizcle y pelo largo. La muerte de un caballo siempre me parecerá más trágica que el sacrificio de cien bueyes)

(En un momento se acercó un hombre con la foto de un anciano triste en un marco de filigranas doradas. Estamos juntando plata para mandar a don no sé qué a Perú. Debe estar enfermo, pensé. Lo estamos velando ahí en Lastra con Escanilla, era el papá de no se quién, pa que vayan a despedirse. A veces pienso en ese cuerpo volando por nuestras cabezas.)


domingo, 26 de octubre de 2014

Mi amiga kurda y los hombres de los cuchillos

La ciudad era como si Gaza la hubieran construido sobre Bangkok, lo que es parecido a decir que pusieron los árboles tailandeses en Palestina, sólo que no me parecía que ese fuera el orden. Las casas eran de piedra o de algo parecido a la arcilla, siempre sin pintar. Se veían amarillas por la luz de sol y se teñían por un polvillo fino que yo sabía que estaba ahí, aunque jamás lo respiré.

Digamos que esta ciudad estaba ocupada por un Estado. Claramente no era ni Palestina ni Tailandia, pero algo fascista nos aprisionaba. Yo estaba en una celebración familiar en la casa de mis padres, todos muy contentos y comiendo rico. En un momento me enojaba, pues invitaba a unas personas a mi casa y mi mamá me decía que no podía hacerlo hasta que estuviera limpia. Yo le decía que ya estaba limpia. Yo la aseo todos los días. Insistía en que las cosas no estaban limpias hasta que ella lo decidía. Todo esto con una sonrisa maternal y amable, con esa cara que ponen algunas mujeres que creen tener la razón sólo porque son madres. Quizá ser madre ya es suficiente evidencia de tener algo de razón, la cosa es que igual me enfurecía mucho y salía de la casa maldiciendo.

Ahí alguien me veía o me denunciaba: estaba rompiendo alguna ley. No sé si era maldecir en la calle, no hacerle caso a la mamá o simplemente ser mujer. Mi hermano salía a defenderme, pero la policía nos detenía de todos modos. En realidad no nos detenía. Estábamos tan acostumbrados a que esto fuera normal que simplemente los seguíamos hasta un tribunal.

El lugar era como una oficina de algún organismo público, muy desordenado, con muchos papeles y con el sonido constante de timbreteos, o qué se yo qué palabra usar para la acción de timbrar documentos. Antes de ir donde la jueza que dictaría mi sentencia, porque en verdad no iban a juzgarme, un tipo igual al administrador del condominio me sugería condescendientemente que me tapara.

Póngase la túnica y amárrese el pelito, para que la jueza no se enoje. Después sonreía entrecerrando los ojos, probablemente sentía lástima por mi porque le recordaba a su hija o quizá quería lamerme las piernas.

No sé de dónde sacaba una hatta que tengo que es de color rosado de guagua con el fondo cremita. Y me la ponía en la cabeza no como para la Intifada, sino como una niña buena que se peina para que no la reten. Pero estaba enojada y tenía mucho miedo. También me ponía un vestido negro y caluroso que tenía las mangas muy largas.

Finalmente me enfrentaba a la jueza que dictaminaba que debía pasar unos días en la cárcel como quién dice cualquier otra cosa menos algo así de terrible. 150 días inicialmente, sólo si es que me portaba bien. En caso contrario, la condena aumentaba automáticamente a los 10 mil días. Yo ni siquiera sé si alguien puede vivir 10 mil días. Si lo aceptaba, mi vida se acababa ahí mismo.

Ahí la rabia se hacía tremenda. No podía ser, no aguantaba más, estos hijos de putas se tenían que ir a la chucha. Mientras me quitaba la pañoleta y rompía mi túnica sabía que sólo podían pasar dos cosas:

1. Que me llenaran de balazos.
2. Que la gente a mi alrededor se rebelara e intentáramos destruirlo todo.

Cuando entremedio de mis gritos mi carne ya empezaba a prepararse para recibir el metal de las balas, escuchaba una explosión. De entremedio de los árboles que rodeaban esta parte de la ciudad salían pelotas de fútbol que rebotaban por toda la calle hasta alcanzar algún soldado. Entonces explotaban. Son los kurdos, pensé. Y me invadía una felicidad tremenda y mi cuerpo se hacía ágil y fuerte. Sentía cómo mis músculos se extendían y mis pulmones se hacían claros. Mi corazón latía con fuerza. Estaba feliz y dispuesta.

De la selva salieron varias mujeres que vestían un enterito negro y cargaban muchas armas. Las bombas seguían saltando por todos lados, así que yo asumí que mientras los hombres se quedaron detrás de los árboles para lanzarlas, las mujeres salieron a combatir. Una de ellas se me acercaba y me decía que la acompañara porque me iba a enseñar a matar. Yo feliz, obvio. La cosa es que ahí me daba cuenta de que los fascistas no eran mis únicos enemigos, pues desde el mismo grupo de oprimidos algunos hombres reaccionaban contra nosotras. Era casi todos muy viejos.

De hecho, el primer grupo de hombres al que nos enfrentamos no eran milicos. Unos viejos estaban jugando cartas al otro lado de la esquina y tan pronto nos vieron sacaron unas ballestas enormes que no funcionaban con flechas, sino con cuchillos. Mi nueva amiga kurda se acerca a uno de ellos y le dispara en el estómago. Luego logra quitarle el cuchillo a un segundo y se lo clava en la nuca tan lentamente, que el tipo sigue hablando por un buen rato, cada vez más lento hasta que por fin se le va la mirada y su cuerpo se relaja. El último me quedaba a mi.

No pude matarlo porque algo pasó que muchas kurdas llegaron corriendo con otras mujeres como yo y nos dicen que debemos subir. Ahí me doy cuenta de que la ciudad no es plana ni tampoco está construida sobre colinas, sino que se trata de una enorme construcción en forma de stupa, dividida de abajo hacia arriba por clases sociales.

Yo vivía en la inferior, donde más nos reprimían, pero teníamos la suerte de estar rodeados de árboles. Eso pensaba yo: nos matan, tenemos hambre, me tengo que tapar ¡ah, pero tenemos árboles!

(Igual la selva era bonita porque existía la leyenda de que los que ahí vivían eran libres y en este día hermoso se demostraba que era cierto)

Todas las casas, tiendas, oficinas, todo, todo, estaba conectado y era parte de la misma estructura como un termitero gigante. De hecho, si lo pienso bien, las paredes tenían una textura similar a ellos. En la punta, obviamente, vivían los poderosos. El plan era llegar hasta allí, aunque nos costara pasar por las partes intermedias. Aunque algunos de nosotros muriéramos. Sólo si todos estábamos dispuestos al sacrificio, venceríamos.

Al llegar al siguiente nivel, el de los comerciantes, nos vimos atacadas por los viejos reaccionarios. En este punto, no sé por qué, no habían ni militares ni policías. Quizá porque no eran necesarios pues los viejos eran la policía. No podía mirar a estos viejos sin reírme, pues sus armas eran verdaderamente ridículas. Las ballestas eran enormes, como de dos metros de largo. Cada uno tenía una diferente. Algunas estaban decoradas con joyas y otras eran de oro. Recuerdo a un viejo que tenía una que era como el compás de los masones pero enorme, del ancho de la habitación en la que escribo esto. Pesaba mucho y no podía sostenerla, así que necesitaba la ayuda de otro culiao para sostenerla. Ahí yo aprovechaba para matarlo, agarrando sin problemas el cuchillo de la punta de su instrumento y clavándoselo en un ojo.

En este nivel las calles era más estrechas y consistían en un laberinto de escaleras con muy poco espacio plano, así que era díficil luchar desde abajo hacia arriba. Al girar por una esquina me encuentro con un grupo de hombres juntando de esas espadas metálicas que se usan en los asados para atravesar animales enteros. Yo me asustaba porque pensaba que me iban a atacar, hasta que uno me dice compañera, no te asustes, ven a escoger una espada para matar a estos culiaos. ¿A los kurdos? pregunto nerviosa. No po, a los viejos de mierda y los conchesumadres. Fue muy bonito saber que ellos también estaban luchando.

Tomo dos espadas que no tienen mango, así que me lastimo las manos. Vuelvo a sacar la hatta (no sé de dónde porque en esos momentos estaba en sostén y calzones) y enrollo un extremo en cada una. Me sentí brillante al hacer eso. Ya estaba lista para salir a matar. No estaba cansada. Iba a vencer.

Pero justo ahí ocurre algo terrible y algo hermoso. Lo lindo: vemos que la muralla de más abajo, la que nos contiene en nuestra ciudad celda, se ha derrumbado. Eso significa que podemos ir incluso mucho más allá de la selva. Pero también lo terrible: nos están matando. A donde miro hay gente muerta, mi gente.

Se me ocurre que es mejor bajar, salir de la ciudad y prepararnos para atacarlos con más fuerza. Muchos piensan lo mismo y se van. Entonces busco a mi amiga kurda y le digo que nos vayamos para que me enseñe otras maneras de matar. Me dice que ya sé todo, que mejor baje yo a enseñarle a otras porque ella se quedará un rato más.

Al llegar abajo miro hacia arriba y veo que todos los viejos se han organizado en un último ataque de ballesta para impedir nuestra huida. No hay mucho que podamos hacer. Saltan cuchillos, alambres, fierros, espadas y flechas contra nosotros. Por suerte, a mi no me llega ninguna. Una mujer frente a mi tiene un tenedor clavado en la mano derecha y un alambre de rueda de bicicleta en el vientre, debajo de las costillas. Sabemos que la herida no la matara, sin embargo vivirá siempre con ella, llena de pena y sin poder reir nunca más. Sabemos que es lo mismo que morir.

Logro cruzar el muro y del otro lado hay una calle de asfalto. No había asfalto dentro de mi ciudad, entonces quizá estamos dentro de otra ciudad o de un país más grande, pienso. Al lado del camino hay plantaciones de arroz y muchos agricultores que no se fijan en nosotros y me da mucha rabia aunque después pienso que quizá también son explotados y no tienen fuerza para mirar hacia arriba. Caminamos sin saber hacia donde ni si este afuera es también terrible. Y al final, lo más triste. Un bus de vidrios oscuros pasa a nuestro lado y de alguna forma tenemos la certeza de que hay prisioneros ahí. Así que algunos de nosotros saltamos y rompemos las ventanas para entrar.

Adentro hay una sopa caliente de seres humanos moribundos. Como el interior de los titanes de Shingeki. Nos damos cuenta de que no conocíamos el horror hasta ese momento. Revolvemos el caldo con el miedo de encontrar a alguien que amamos, de reconocer algún brazo o de juntar una cabeza con el torso correspondiente. Escucho un gemido triste. Es mi amiga kurda. La tomo en brazos y se siente extrañamente liviana, como si fuera un muñeco. Es porque le han cortado las piernas. Y por una neurona larga que conectaba mi tercer ojo con el suyo, entro a su mente y veo un horror aún más terrible. Veo lo que le hicieron a ella, que es lo mismo que me harán a mi. Me cortarán los pies y me violarán. Me cortarán hasta las rodillas y me violarán. Me cortarán las piernas y me violarán. Después me echaran al caldo de humanos hasta que no quede nada de mi. Con la misma rapidez con la que entro a su mente, vuelvo a mi cuerpo.

Vuelvo dos veces. En el sueño y en la carne. Y cuando despierto, todavía con los cabellos en el sueño, no tengo mi pena ni miedo. Porque ahora sé cómo derramar sangre para volver a vengarme y luchar.