La ciudad era como si Gaza la hubieran construido sobre Bangkok, lo que es parecido a decir que pusieron los árboles tailandeses en Palestina, sólo que no me parecía que ese fuera el orden. Las casas eran de piedra o de algo parecido a la arcilla, siempre sin pintar. Se veían amarillas por la luz de sol y se teñían por un polvillo fino que yo sabía que estaba ahí, aunque jamás lo respiré.
Digamos que esta ciudad estaba ocupada por un Estado. Claramente no era ni Palestina ni Tailandia, pero algo fascista nos aprisionaba. Yo estaba en una celebración familiar en la casa de mis padres, todos muy contentos y comiendo rico. En un momento me enojaba, pues invitaba a unas personas a mi casa y mi mamá me decía que no podía hacerlo hasta que estuviera limpia. Yo le decía que ya estaba limpia.
Yo la aseo todos los días. Insistía en que las cosas no estaban limpias hasta que ella lo decidía. Todo esto con una sonrisa maternal y amable, con esa cara que ponen algunas mujeres que creen tener la razón sólo porque son madres. Quizá ser madre ya es suficiente evidencia de tener algo de razón, la cosa es que igual me enfurecía mucho y salía de la casa maldiciendo.
Ahí alguien me veía o me denunciaba: estaba rompiendo alguna ley. No sé si era maldecir en la calle, no hacerle caso a la mamá o simplemente ser mujer. Mi hermano salía a defenderme, pero la policía nos detenía de todos modos. En realidad no nos detenía. Estábamos tan acostumbrados a que esto fuera normal que simplemente los seguíamos hasta un tribunal.
El lugar era como una oficina de algún organismo público, muy desordenado, con muchos papeles y con el sonido constante de timbreteos, o qué se yo qué palabra usar para la acción de timbrar documentos. Antes de ir donde la jueza que dictaría mi sentencia, porque en verdad no iban a juzgarme, un tipo igual al administrador del condominio me sugería condescendientemente que me tapara.
Póngase la túnica y amárrese el pelito, para que la jueza no se enoje. Después sonreía entrecerrando los ojos, probablemente sentía lástima por mi porque le recordaba a su hija o quizá quería lamerme las piernas.
No sé de dónde sacaba una hatta que tengo que es de color rosado de guagua con el fondo cremita. Y me la ponía en la cabeza no como para la Intifada, sino como una niña buena que se peina para que no la reten. Pero estaba enojada y tenía mucho miedo. También me ponía un vestido negro y caluroso que tenía las mangas muy largas.
Finalmente me enfrentaba a la jueza que dictaminaba que debía pasar unos días en la cárcel como quién dice cualquier otra cosa menos algo así de terrible. 150 días inicialmente, sólo si es que me portaba bien. En caso contrario, la condena aumentaba automáticamente a los 10 mil días. Yo ni siquiera sé si alguien puede vivir 10 mil días. Si lo aceptaba, mi vida se acababa ahí mismo.
Ahí la rabia se hacía tremenda. No podía ser, no aguantaba más, estos hijos de putas se tenían que ir a la chucha. Mientras me quitaba la pañoleta y rompía mi túnica sabía que sólo podían pasar dos cosas:
1. Que me llenaran de balazos.
2. Que la gente a mi alrededor se rebelara e intentáramos destruirlo todo.
Cuando entremedio de mis gritos mi carne ya empezaba a prepararse para recibir el metal de las balas, escuchaba una explosión. De entremedio de los árboles que rodeaban esta parte de la ciudad salían pelotas de fútbol que rebotaban por toda la calle hasta alcanzar algún soldado. Entonces explotaban. Son los kurdos, pensé. Y me invadía una felicidad tremenda y mi cuerpo se hacía ágil y fuerte. Sentía cómo mis músculos se extendían y mis pulmones se hacían claros. Mi corazón latía con fuerza. Estaba feliz y dispuesta.
De la selva salieron varias mujeres que vestían un enterito negro y cargaban muchas armas. Las bombas seguían saltando por todos lados, así que yo asumí que mientras los hombres se quedaron detrás de los árboles para lanzarlas, las mujeres salieron a combatir. Una de ellas se me acercaba y me decía que la acompañara porque me iba a enseñar a matar. Yo feliz, obvio. La cosa es que ahí me daba cuenta de que los fascistas no eran mis únicos enemigos, pues desde el mismo grupo de oprimidos algunos hombres reaccionaban contra nosotras. Era casi todos muy viejos.
De hecho, el primer grupo de hombres al que nos enfrentamos no eran milicos. Unos viejos estaban jugando cartas al otro lado de la esquina y tan pronto nos vieron sacaron unas ballestas enormes que no funcionaban con flechas, sino con cuchillos. Mi nueva amiga kurda se acerca a uno de ellos y le dispara en el estómago. Luego logra quitarle el cuchillo a un segundo y se lo clava en la nuca tan lentamente, que el tipo sigue hablando por un buen rato, cada vez más lento hasta que por fin se le va la mirada y su cuerpo se relaja. El último me quedaba a mi.
No pude matarlo porque algo pasó que muchas kurdas llegaron corriendo con otras mujeres como yo y nos dicen que debemos subir. Ahí me doy cuenta de que la ciudad no es plana ni tampoco está construida sobre colinas, sino que se trata de una enorme construcción en forma de stupa, dividida de abajo hacia arriba por clases sociales.
Yo vivía en la inferior, donde más nos reprimían, pero teníamos la suerte de estar rodeados de árboles. Eso pensaba yo: nos matan, tenemos hambre, me tengo que tapar ¡ah, pero tenemos árboles!
(Igual la selva era bonita porque existía la leyenda de que los que ahí vivían eran libres y en este día hermoso se demostraba que era cierto)
Todas las casas, tiendas, oficinas, todo, todo, estaba conectado y era parte de la misma estructura como un termitero gigante. De hecho, si lo pienso bien, las paredes tenían una textura similar a ellos. En la punta, obviamente, vivían los poderosos. El plan era llegar hasta allí, aunque nos costara pasar por las partes intermedias. Aunque algunos de nosotros muriéramos. Sólo si todos estábamos dispuestos al sacrificio, venceríamos.
Al llegar al siguiente nivel, el de los comerciantes, nos vimos atacadas por los viejos reaccionarios. En este punto, no sé por qué, no habían ni militares ni policías. Quizá porque no eran necesarios pues los viejos
eran la policía. No podía mirar a estos viejos sin reírme, pues sus armas eran verdaderamente ridículas. Las ballestas eran enormes, como de dos metros de largo. Cada uno tenía una diferente. Algunas estaban decoradas con joyas y otras eran de oro. Recuerdo a un viejo que tenía una que era como el compás de los masones pero enorme, del ancho de la habitación en la que escribo esto. Pesaba mucho y no podía sostenerla, así que necesitaba la ayuda de otro culiao para sostenerla. Ahí yo aprovechaba para matarlo, agarrando sin problemas el cuchillo de la punta de su instrumento y clavándoselo en un ojo.
En este nivel las calles era más estrechas y consistían en un laberinto de escaleras con muy poco espacio plano, así que era díficil luchar desde abajo hacia arriba. Al girar por una esquina me encuentro con un grupo de hombres juntando de esas espadas metálicas que se usan en los asados para atravesar animales enteros. Yo me asustaba porque pensaba que me iban a atacar, hasta que uno me dice compañera, no te asustes, ven a escoger una espada para matar a estos culiaos. ¿A los kurdos? pregunto nerviosa. No po, a los viejos de mierda y los conchesumadres. Fue muy bonito saber que ellos también estaban luchando.
Tomo dos espadas que no tienen mango, así que me lastimo las manos. Vuelvo a sacar la hatta (no sé de dónde porque en esos momentos estaba en sostén y calzones) y enrollo un extremo en cada una. Me sentí brillante al hacer eso. Ya estaba lista para salir a matar. No estaba cansada. Iba a vencer.
Pero justo ahí ocurre algo terrible y algo hermoso. Lo lindo: vemos que la muralla de más abajo, la que nos contiene en nuestra ciudad celda, se ha derrumbado. Eso significa que podemos ir incluso mucho más allá de la selva. Pero también lo terrible: nos están matando. A donde miro hay gente muerta, mi gente.
Se me ocurre que es mejor bajar, salir de la ciudad y prepararnos para atacarlos con más fuerza. Muchos piensan lo mismo y se van. Entonces busco a mi amiga kurda y le digo que nos vayamos para que me enseñe otras maneras de matar. Me dice que ya sé todo, que mejor baje yo a enseñarle a otras porque ella se quedará un rato más.
Al llegar abajo miro hacia arriba y veo que todos los viejos se han organizado en un último ataque de ballesta para impedir nuestra huida. No hay mucho que podamos hacer. Saltan cuchillos, alambres, fierros, espadas y flechas contra nosotros. Por suerte, a mi no me llega ninguna. Una mujer frente a mi tiene un tenedor clavado en la mano derecha y un alambre de rueda de bicicleta en el vientre, debajo de las costillas. Sabemos que la herida no la matara, sin embargo vivirá siempre con ella, llena de pena y sin poder reir nunca más. Sabemos que es lo mismo que morir.
Logro cruzar el muro y del otro lado hay una calle de asfalto. No había asfalto dentro de mi ciudad, entonces quizá estamos dentro de otra ciudad o de un país más grande, pienso. Al lado del camino hay plantaciones de arroz y muchos agricultores que no se fijan en nosotros y me da mucha rabia aunque después pienso que quizá también son explotados y no tienen fuerza para mirar hacia arriba. Caminamos sin saber hacia donde ni si este afuera es también terrible. Y al final, lo más triste. Un bus de vidrios oscuros pasa a nuestro lado y de alguna forma tenemos la certeza de que hay prisioneros ahí. Así que algunos de nosotros saltamos y rompemos las ventanas para entrar.
Adentro hay una sopa caliente de seres humanos moribundos. Como el interior de los titanes de Shingeki. Nos damos cuenta de que no conocíamos el horror hasta ese momento. Revolvemos el caldo con el miedo de encontrar a alguien que amamos, de reconocer algún brazo o de juntar una cabeza con el torso correspondiente. Escucho un gemido triste. Es mi amiga kurda. La tomo en brazos y se siente extrañamente liviana, como si fuera un muñeco. Es porque le han cortado las piernas. Y por una neurona larga que conectaba mi tercer ojo con el suyo, entro a su mente y veo un horror aún más terrible. Veo lo que le hicieron a ella, que es lo mismo que me harán a mi. Me cortarán los pies y me violarán. Me cortarán hasta las rodillas y me violarán. Me cortarán las piernas y me violarán. Después me echaran al caldo de humanos hasta que no quede nada de mi. Con la misma rapidez con la que entro a su mente, vuelvo a mi cuerpo.
Vuelvo dos veces. En el sueño y en la carne. Y cuando despierto, todavía con los cabellos en el sueño, no tengo mi pena ni miedo. Porque ahora sé cómo derramar sangre para volver a vengarme y luchar.