lunes, 27 de octubre de 2014

La deriva, un inesperado campeonato y un anticucho de corazón

Me gustaría decir que estaba haciendo una deriva, pero la verdad es que estaba buscando el lugar de las clases de marinera peruana en Independencia, una comuna de la que sólo conozco el sector de las telas, es decir, a penas un poco más que nada.

Fue un domingo en la tarde, por eso todas las tiendas estaban cerradas y aunque era cerca del sector que conocía, la vida ahí era diferente a la de un día laboral. Más que nada había muchos hombres borrachos. O yo me fijé más en ellos que en alguien más porque son los que se acercan lascivamente y no tienen mucha coordinación, entonces pueden terminar más cerca de mi cuerpo de lo que realmente querría. Quizá porque era domingo en la tarde y hacía mucho calor, casi ningún hombre se acercó. Dormían o trataban de mantenerse de pie con mucho esfuerzo. Entonces me agarró una confianza de que nada desagradable me pasaría y me reté a disfrutar la tarde, tal como ellos lo estaban haciendo a su modo. Comulgué con ellos ante el deseo de vivir ese domingo.

En la sede vecinal donde serían las clases había un cartel que anunciaba a) la visita del gran Augusto Polo Campos con letra Times New Roman y b) que hoy las clases serían en la plaza con letra manuscrita junto a una flecha que apuntaba precisamente a un parque más bien grande, con mucho, muchísimo pasto. La plaza aparece casi de la nada, justo al final de Lastra, detrás de una curva que te engaña pues a lo lejos sólo ves el comienzo de una autopista y piensas que hasta allí debes caminar, pero si te atreves a avanzar unos pasos más, llegas a este lugar que se convirtió en mi paraíso dominical.

No había nadie bailando marinera. Pero sí muchas personas reunidas al fondo del lugar y me acerqué por si acaso, pero en verdad no me atreví a preguntarles nada porque estaban muy entusiasmados por algo que estaba a punto de comenzar. Algunos hombres elongaban, otros se cambiaban de ropa. Algunas mujeres llegaron con quitasoles y carros de supermercados llenos de bebidas y las cajas de plástico por las que he desarrollado un reflejo de salivación, pues suelen estar llenas de ceviche. Yo creo que había como 50 personas, pero podría estar mintiendo y quizá eran 70 ó 100. Todxs eran peruanxs.

Me senté a un costadito para tratar de entender qué era lo que estaba comenzado y lo entendí pronto: un torneo de volleyball en el que todos los jugadores eran sujetos biopolíticamente asignados como hombres, de nacionalidad peruana y homosexuales. En el público habían tanto hombres como mujeres, muchas familias con guaguas, viejos con sudadera y pelos en las orejas, señoras sentadas sobre mantas buenas para la risa, yo y algunos perros,  heterosexuales todos, me atrevería a adivinar. También estaban los vendedores, por supuesto, que traían bebidas, ceviche, marcianos de agua o leche, torta de chocolate, torta tres leches, chicha morada y Bálticas. Además habían instalado un castillo inflable y una cama saltarina para los niños, que aprenden desde muy pequeños cómo el tiempo se fragmenta arbitrariamente y se le otorga un valor monetario dependiendo de qué tanto van a divertirse.

Y bien, el campeonato transcurría con alegría y aún nadie se ponía a bailar marinera, así que decidí sentarme a comer, beber y vivir este domingo inesperado. No necesité hacer una deriva, sino simplemente correr los márgenes de mis lugares seguros para que algo sorpresivo aconteciera. ¿Quizás sí lo fue? Si hubiera sabido con antelación que esto pasaría, probablemente no me habría motivado. Pero ahí estaba, sintiendo un gozo repentino por la certeza de que vivía un momento único en este tiempo y en ese espació. Allí y entonces. Aquí y ahora. Completamente sola, de forma entera conmigo misma.

A ratos sentía el ímpetu de compartir esa alegría con alguien más, pues lo normal en los últimos años había sido así. Mi alegría no estaba completa hasta verbalizarla y trasladarla hacia otra persona. Y ante la imposibilidad de hacerlo, fue lindo descubrir que podía vivir algo mío, sólo mío, mi plaza secreta, mi tarde hermosa, mis piernas estiradas y mi piel caliente por el sol. Igual a ratos me daba vuelta con la esperanza de que apareciera alguien conocido. Quienquiera que fuera. De hecho en un momento hice algo muy tonto: fui a darme una vuelta por el barrio para encontrar una botillería, en caso de que alguien se asomara y no recibirle con las manos vacías. Y obvio que eso no iba a pasar, así que tomé sola, rodeada de personas que habitaban un lugar extraño y lejano, pero acompañadas por sí mismas, organizadas y en sincronía, aunque fuera por esa sola tarde, en ese espacio que hicieron momentáneamente suyo, en un territorio que no estaba pensado para ellos, celebrando desde la marginalidad de su clase, su nacionalidad y la violación de la heteronorma. Desfachatados, embriagados de sol, concientes de su cuerpo y su alegría. Gozando.

Cuando ya me iba a la casa, antes del cruzar el puente al otro lado del río, me compré un anticucho. El sabor sanguíneo del corazón fue el cierre ritual de la experiencia que nunca se repetirá.

(La cueca se basa en la danza de cortejo entre el gallo y la gallina. Una gallina sigue moviéndose aunque le corten la cabeza. La marinera, en cambio, es la danza de los caballos. Un caballo es músculo y sangre, olor a almizcle y pelo largo. La muerte de un caballo siempre me parecerá más trágica que el sacrificio de cien bueyes)

(En un momento se acercó un hombre con la foto de un anciano triste en un marco de filigranas doradas. Estamos juntando plata para mandar a don no sé qué a Perú. Debe estar enfermo, pensé. Lo estamos velando ahí en Lastra con Escanilla, era el papá de no se quién, pa que vayan a despedirse. A veces pienso en ese cuerpo volando por nuestras cabezas.)


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