miércoles, 26 de noviembre de 2014

Los gatos serán la única constante en mi vida


No recuerdo cómo era la vida antes de los pelos de gato en todos lados. Sí sé que durante un tiempo importante de mi infancia sin gatos, mi deseo siempre fue tener uno. La primera aproximación con un felino fue con la Darita, la siamesa de mis abuelos. Así que desde guagua conocí sus formas, palpé su pelaje y me aprendí sus maullidos, sin temor ni asco.

Una vez pasé unas vacaciones en la casa de mis abuelos. La Darita había tenido cachorros y en la noche los llevaba a la cama y dormíamos todos juntos como niños, con ella completamente atenta a nuestras necesidades.

La cosa es que nunca fui de esas personas que se encantan con los gatos una vez que aprenden a no desconfiar de ellos. Siempre tuve una conexión. Y hoy sé que de todas las cosas que me rodean, serán ellos la única constante en mi vida.

Puedo variar mis hábitos alimenticios, puedo hacer nuevas amistades y perder otras, puedo cambiarme de casa o viajar a otra ciudad, puedo enfermarme, estar triste o contenta, tener el pelo rosado, perder una pierna o ganar un poder sobrenatural. Mi vida cambiará siempre, una y otra vez. Pero siempre tendré a los gatos. No concibo mi vida sin los gatos. La única razón para no estar en contacto con ellos sería por habitar en una estación espacial o en el fondo del mar. O que un día, sin saber por qué, desaparecieran todos los felinos de este planeta. Una tragedia escalofriante.

Me emociona hacer la genealogía de los gatos que me afectan, porque es pensar en mi vida y en todo lo que me ha pasado. Me gusta creer que tengo una forma especial de relacionarme con ellos, porque dejo de pensar en que ellos son animales y yo humana, ellos naturaleza y yo cultura. De alguna forma, pienso que somos compañeros y manada. Yo conozco su lenguaje secreto y ellos me dejan ser parte de sus vidas.

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