domingo, 16 de noviembre de 2014

Las cosas que están detrás de un vidrio

Todo lo que está detrás de un vidrio o está muerto o más o menos vivo. Una lo mira y lo mira, tratando de imaginar la vida o adivinar el momento de la muerte. Por qué se mata algo que se pretende conservar. Con qué disposición observamos aquello que sólo podemos poner ante los ojos cuando está quieto, cuando lo que en realidad buscamos es su movimiento. Por qué nos gusta un poquito, si en verdad deberíamos despreciar esa no-experiencia.

Una mariposa dentro de una caja, un feto flotando en un frasco, un pastel detrás de una vitrina, una carta manchada del sudor de un prisionero político exhibida dentro de un museo que ya es una caja de vidrio gigante.

Y aunque estén muertas, o precisamente por ello, las cosas detrás de un vidrio me provocan una emoción bien fuerte, me hacen sentir como en el límite justo entre lo que está y lo que falta. Lo que está detrás de un vidrio está incompleto. Su presencia denuncia una ausencia. Y eso desata algo en mi, aunque no sé describirlo muy bien. Quizá lo que mi cuerpo quiere es llenar el espacio de lo que no está.

En el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos tienen una exposición dedicada al exilio. Ahí exhiben algo tan triste como la habitación de un exiliado. Detrás de un vidrio enorme hay una cama pequeña con una manta de crochet. Un estante hecho de ladrillos y tablas que sostiene algunos libros y cassettes. Hay afiches en las paredes, un escritorio y una camisa (o chaqueta, ya no me acuerdo) colgando de una silla. Pero no está lo más importante: el exilio. Mucho menos el exiliado. Es una puesta en escena de algo que no puede ponerse en escena. Es una fractura e incluso también un mal chiste. Es una espera de una persona que nunca va a abrir la puerta para entrar a su pieza. Y por eso, porque no aguantamos que algo tan vacío represente algo tan importante, nuestra imaginación lo llena todo. O la mía, no sé.

Al frente, en la Quinta Normal, está el Museo de Historia Natural. Era mi museo favorita cuando chica. No sé cuántas veces fui, probablemente no fueron tantas, pero se siente como si hubiera pasados días enteros adentro. Cuando volví este fin de semana me asustaba la desilusión. No me desilusioné, quizá porque desde niña sentía la contradicción entre la repulsión y la atracción por cosas detrás de un vidrio. Es decir, me atrajo y desató sensaciones en ese momento, aunque no estoy segura si es una emoción que me gusta o me incomoda.

Este es el museo de las cosas muertas que intentan parecer vivas. Es un paso por la historia y la geografía de Chile contada por reproducciones, maquetas y animales disecados. Muerte, solo muerte. Animales feos, que se ven enfermos incluso después de muertos puestos en posiciones de vida. Un puma cazando, un búho a punto de recoger una tarántula, un gorila en posición de defensa y así. Es triste y tierno, igual. Chistoso también. Raro.

Y probablemente en el museo saben que son el museo de las cosas detrás de un vidrio y fuerzan la idea hasta el absurdo: dentro de una pecera de vidrio hay una habitación de muebles blancos, metales y luz fluorescente. Parece la sala de experimentos de una nave alienígena. En el centro hay una mesa de melamina y ahí, en vivo y en directo, un taxidermista de carne y hueso realiza el trabajo de embalsamar un zorro. Sí, adentro de una caja de vidrio exhiben a un trabajador. Y hay un cartelito que dice NO METER RUIDO, igual que si el tipo fuera un mono le pondrían NO DAR DE COMER.


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