Mary-Carmen está muerta y eso da pena. Pero es más triste que cada cierto tiempo se me olvide y deba hacerlo explícito para creerlo. Repetir: Mary-Carmen está muerta.
Mary-Carmen está muerta y nunca supe muy bien cómo estuvo viva. Su vida es un misterio, por eso podría serlo todo o también nada. Podría hacer muchas conjeturas respecto a qué hacía en su tiempo libre, por ejemplo. Sobre por qué le gustaban las cosas que le gustaban, cómo era su pieza, en qué partes del cuerpo tenía cosquillas o con cuántas cucharadas de azúcar le gustaba el té. ¿Le gustaba el té?
Hay un enorme vacío que podría llenar con cualquier cosa. A veces éramos crueles (porque estaba viva y podíamos permitírnoslo) y nos imaginábamos cosas terribles que nunca mencionaré porque me avergüenza. Uno de los misterios más grandes que jamás se resolverá es por qué nunca se quitaba la chaqueta. Quizás tenía una enfermedad a la piel y no podía exponerla a la luz. O de pronto la chaqueta la dotaba de una característica que o a ella le gustaba o creía que era necesario exhibir. A lo mejor la chaqueta representaba cierta formalidad, como la de las señoras oficinistas con brushing en los noventas. Mary-Carmen, hace calor, sácate la chaqueta. No, no importa. No importa. ¿Qué era lo que importaba, entonces?
Mary-Carmen está muerta, pero sigo imaginándola en su lugar de siempre. Sentada en esas bancas del Icei (qué paja el Icei), al lado de las escaleras. Lleva la imitación de una chaqueta de lana y una bufanda fucsia. Pantalones de vestir grisáceos y botines negros. Tiene el pelo tomado en una media cola, muy inflado. Creo que está inclinada hacia adelante abrazando una carpeta de Winnie the Pooh o algo así de infantil. No sé si es que siempre llegaba a ese lugar antes que nosotros o si siempre estaba ahí, como si su vida no hubiese sido más que eso: estar, esperar y desaparecer.
A veces no sé si Mary-Carmen está muerta o está sentada en esa banca, sosteniendo sus papeles.
La tragedia es suya y yo no puedo más que hablar de mi misma pensando en ella.
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