En
Camboya hay muchas balas, pero se mata poco con ellas. Más que nada
son usadas por la Policía cuando se les ordena aniquilar a los
manifestantes. Se mata de otras formas: con cuchillos y machetes, con
ácido, con retroexcavadoras, a golpes, violando, desplazando,
abandonando o de hambre. Los camboyanos conocen muchas maneras de
asesinar, pues los vienen matando desde hace mucho tiempo.
Cuando
la violencia sistemática de los Jémeres Rojos se hizo evidente ante
el mundo entero, parecía que era primera vez que allí se mataba de
ese modo. La verdad es que Camboya se construyó sobre miles de
cadáveres cientos de años antes que la máquina de matar de Pol
Pot. Angkor Wat, la ciudad de piedra que convierte
a los turistas en hormigas mojadas,
no podría haber sido construida sin haberse apropiado de la fuerza
vital de los esclavos que la levantaron. Una vida por cada piedra.
Hoy
las armas se atesoran porque con ellas se come, por
eso las balas se cuidan tanto.
Un viejo fusil le da sustento a una familia entera. Improvisan campos
de tiros en sus terrenos y acarrean a los gringos dispuestos a vivir
la experiencia mediatizada de una guerra que nunca lucharán. Cada
bala lleva un precio en dólares y al jalar el gatillo las fantasías
del macho poderoso del primer mundo escupen
sobre
los huesos de los que están bajo tierra.
Pagas
500 dólares e incluso puedes matar a la vaca de la familia. No al
mamífero gordo de piel blanca y manchas negras, sino a uno escuálido
y gris, con más pellejo que carne y pelo que manchas. Una vaca que
no da leche. Por eso allá es tan escasa y cara. Afuera de cada
supermercado o almacén hay una mujer con una guagua en brazos.
Please, miss, buy me milk. Y los turistas, como tienen tantas ganas
de saberse buenos y conformarse consigo mismos, van y le compran un
tarro de leche en polvo. Entonces la mujer entra a la tienda y se lo
revende al dueño. Así, los tarros de leche se compran una y otra
vez en Phnom Penh, en Kampot, en Battambang, en Siem Reap en Kampong
Cham
y en todas las otras ciudades cuyos nombres nunca sabré.
Todos,
todos,
todos
los camboyanos están conectados por sutiles redes de explotación.
El niño que pide plata porque tiene hambre es el esclavo de un
mafioso, que a su vez debe trabajar para alguien más poderoso y así
hasta Hun Sen. En todos los pueblos los niños venden los mismos
libros y las mismas pulseras y mueren de la misma forma.
A
veces incluso muere un extranjero. Cuando llegué a Kampot, la muerta
más reciente era Ophelie Begnis, una francesa de veintipocos que
salió a andar en bicicleta y apareció flotanto en el río. Nadie
sabía que había pasado y es probable que nunca se sepa. A dónde
iba me hablaban de ella y yo pensaba, ilusa, que algo podría
aclarar. Que
resolvería un crimen en Camboya, jaja.
Hueona.
Al
comienzo le echaban la culpa a los del otro lado del río: son
campesinos y pobres, por lo tanto salvajes, los únicos que se
atraverían a matar a una extranjera con dólares. Al frente, en
cambio, le temían a los de este
lado. Se han vendido a los turistas y los valores occidentales los
han contaminado, el dinero los ciega y los vuelve inmorales, son
asesinos. Otros, como en cualquier lugar del mundo, hablen el idioma
que hablen y coman lo que coman, culparon a Ophelie. Farang
ignorante, se metío al río para nadar empelota y ofendió a alguno
de los pescadores y hubo que reventarle la cara con el remo. Después
se supo que su cuerpo estaba semidesnudo porque la habían violado.
Imposible saber si la penetración fue antes o después de su
asesinato, debido al penoso estado del cuerpo.
Una
mañana, saliendo del hotel, el tipo de la recepción me dice que
tenga cuidado porque me parezco a la niña muerta. Ambas de pelo
ondulado y oscuro, lentes y nariz grande. Quizás al asesino le gusta
matar mujeres que lucen así. Por alguna razón, no logro tener
miedo. A lo mejor porque entonces me sentía invisible, más que
invencible.
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