sábado, 15 de noviembre de 2014

Todas las balas de Camboya

En Camboya hay muchas balas, pero se mata poco con ellas. Más que nada son usadas por la Policía cuando se les ordena aniquilar a los manifestantes. Se mata de otras formas: con cuchillos y machetes, con ácido, con retroexcavadoras, a golpes, violando, desplazando, abandonando o de hambre. Los camboyanos conocen muchas maneras de asesinar, pues los vienen matando desde hace mucho tiempo.

Cuando la violencia sistemática de los Jémeres Rojos se hizo evidente ante el mundo entero, parecía que era primera vez que allí se mataba de ese modo. La verdad es que Camboya se construyó sobre miles de cadáveres cientos de años antes que la máquina de matar de Pol Pot. Angkor Wat, la ciudad de piedra que convierte a los turistas en hormigas mojadas, no podría haber sido construida sin haberse apropiado de la fuerza vital de los esclavos que la levantaron. Una vida por cada piedra.

Hoy las armas se atesoran porque con ellas se come, por eso las balas se cuidan tanto. Un viejo fusil le da sustento a una familia entera. Improvisan campos de tiros en sus terrenos y acarrean a los gringos dispuestos a vivir la experiencia mediatizada de una guerra que nunca lucharán. Cada bala lleva un precio en dólares y al jalar el gatillo las fantasías del macho poderoso del primer mundo escupen sobre los huesos de los que están bajo tierra.

Pagas 500 dólares e incluso puedes matar a la vaca de la familia. No al mamífero gordo de piel blanca y manchas negras, sino a uno escuálido y gris, con más pellejo que carne y pelo que manchas. Una vaca que no da leche. Por eso allá es tan escasa y cara. Afuera de cada supermercado o almacén hay una mujer con una guagua en brazos. Please, miss, buy me milk. Y los turistas, como tienen tantas ganas de saberse buenos y conformarse consigo mismos, van y le compran un tarro de leche en polvo. Entonces la mujer entra a la tienda y se lo revende al dueño. Así, los tarros de leche se compran una y otra vez en Phnom Penh, en Kampot, en Battambang, en Siem Reap en Kampong Cham y en todas las otras ciudades cuyos nombres nunca sabré.

Todos, todos, todos los camboyanos están conectados por sutiles redes de explotación. El niño que pide plata porque tiene hambre es el esclavo de un mafioso, que a su vez debe trabajar para alguien más poderoso y así hasta Hun Sen. En todos los pueblos los niños venden los mismos libros y las mismas pulseras y mueren de la misma forma.

A veces incluso muere un extranjero. Cuando llegué a Kampot, la muerta más reciente era Ophelie Begnis, una francesa de veintipocos que salió a andar en bicicleta y apareció flotanto en el río. Nadie sabía que había pasado y es probable que nunca se sepa. A dónde iba me hablaban de ella y yo pensaba, ilusa, que algo podría aclarar. Que resolvería un crimen en Camboya, jaja. Hueona.

Al comienzo le echaban la culpa a los del otro lado del río: son campesinos y pobres, por lo tanto salvajes, los únicos que se atraverían a matar a una extranjera con dólares. Al frente, en cambio, le temían a los de este lado. Se han vendido a los turistas y los valores occidentales los han contaminado, el dinero los ciega y los vuelve inmorales, son asesinos. Otros, como en cualquier lugar del mundo, hablen el idioma que hablen y coman lo que coman, culparon a Ophelie. Farang ignorante, se metío al río para nadar empelota y ofendió a alguno de los pescadores y hubo que reventarle la cara con el remo. Después se supo que su cuerpo estaba semidesnudo porque la habían violado. Imposible saber si la penetración fue antes o después de su asesinato, debido al penoso estado del cuerpo.


Una mañana, saliendo del hotel, el tipo de la recepción me dice que tenga cuidado porque me parezco a la niña muerta. Ambas de pelo ondulado y oscuro, lentes y nariz grande. Quizás al asesino le gusta matar mujeres que lucen así. Por alguna razón, no logro tener miedo. A lo mejor porque entonces me sentía invisible, más que invencible.

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