lunes, 22 de diciembre de 2014

Año cero

Mientras más me empeño en recordar, más recuerdo.

He ejercitado la memoria más que cualquier otra parte de mi cuerpo. A veces pienso que poseo un talento extraordinario, en otras ocasiones dudo de la claridad de mis recuerdos y supongo que quizás tengo una habilidad impresionante para inventar hechos que no ocurrieron. Aunque al final, siempre confío en la historia que nace en mi mente.

A lo mejor las cosas no sucedieron exactamente como las rememoro, pero si salieron así de mi cerebro es por algo. Son una verdad.

Antes de dormirme imagino conversaciones con diferentes personas en las que les relato mis experiencias. Si me ha ocurrido algo llamativo en el día, mi mente urde los hechos montando una narración. Me explico: las imágenes no pasan ante mis ojos como una película que alguien más hizo; yo escribo el guión, escojo los planos, describo a los personajes, modifico la posición en el tiempo de algunos eventos y planifico el final.

Proyecto la película en mis pensamientos una y otra vez, mientras se la cuento a alguien que por alguna razón entró a mi cabeza. Cuando ya estoy conforme, me duermo. Si no, puedo pasar horas dándome vueltas bajo las sábanas repitiendo las escenas que me gustan y tratando de darle forma a las que no me convencen. Podría simplemente ver la película, pero por alguna razón, recordar incluye el acto de la narración ¿se entiende?

Eso hago ahora. Armo y rearmo la historia de los acontecimientos sucedidos entre el 15 de marzo del 2015 hasta el preciso momento en que termino de escribir la palabra palabra, en un país que de tan extraño me parecía irreal, pero hoy es más hogar que mi hogar. Y les hablo a muchas personas, en diferentes lugares, en encuentros que aún no se consuman. Les converso a mis amigos, a mi madre, a los vecinos, a mi tío, a los periodistas y a ti, así de lejos como estás, también. A todos ustedes. Es probable, después de todo esto, que jamás vuelva a verlos. Cada uno de ustedes sabrá reconocerse cuando les esté conversando.

Hablarles desde acá, estando lejos, lejos, lejos, es una manera de no dejarlos ir, compañeros. Aunque sospecho que en realidad fui yo la que se fue hace mucho tiempo. Quizás esto es una despedida. Algo así como un testamento en el que lo único que puedo heredarles es la historia de lo que viví, porque ya no tengo más posesiones que esto. Para que sepan lo que ocurrió desde mis carne y no desde los ojos ciegos de la Historia o la boca mentirosa de la prensa.

Les contaré lo que pasó en Camboya ese 17 de abril del 2015, cuando cientos o miles o millones de personas -aún no lo sabemos ¿lo saben ustedes?- se desvanecieron en el aire.

No hay comentarios:

Publicar un comentario