El año nuevo llega sin lluvia. El sol salió como hace días no lo hacía y aunque no calienta mucho, lo que me alegra es que brilla. Jessi me dice que me admira y la luz aparece detrás de su cabeza llena de rulitos desteñidos. "Viajas sola sin miedo, haces lo que quieres y cuando quieres. Me gustaría tener esa libertad." Usa ese verbo, admirar.
Estamos sentadas en una playa cuyo nombre no recuerdo muy bien, pero me recordaba a la palabra lechuga. Un zorrón ancuditano se saca la ropa para entrar al mar. "Mira, apuesto que Luca hará lo mismo, así es el" y su novio corre hacia la orilla y se mete al mar. "A veces siento que cuido a un niño", dice Jessi delante del sol, con cierto cansancio, mientras los otros ridículos que nos rodean gritan EL BESO, EL BESO, EL BESO.
A mí me da un poco de vergüenza que diga que me admira si es que me comparo con ella: yo llegué a Chiloé en avión, solo me quedo una semana y duermo en hostales limpiecitos. Ellos llegaron desde Europa sin un pasaje de regreso, tardaron 40 días en llegar a la isla desde Santiago, duermen y comen lo que pueden y casi no llevan dinero. Quieren llegar así hasta México.
Luca llega tiritando y lleno de arena. Jessi lo abriga y lo ayuda a vestirse, como si de verdad fuera un niño. Miro hacia el mar (porque me hace sentir rara presenciar algo que es tan íntimo e incómodo para ella) y creo ver algo extraño en el agua. Luego se repite una vez y otra vez más. ¡Son toninas! me grito para adentro, pues estoy demasiado cansada como para que ese entusiasmo salga de mi boca. En realidad, quiero ser la única que las vea, como si sus saltos en la orilla fueran sólo para mi, como si su presencia en esa playa en el primer día del año fueran el presagio de algo importante y mío, sólo mío. Como si los animales se hubieran puesto de acuerdo para recibirme. O para despedirme, no lo sé.
Al final me salen las palabras, pero no están tan interesados en verlas, sino en lo suyo, que no es más que un extraño acto de cariño y desagrado. Un hago esto porque te quiero, pero me tienes harta. Me alegro de estar sola esa mañana.
Cuando el sol está más alto, decidimos partir caminando de vuelta a Ancud, tardemos lo que tardemos. Es la mañana más linda que he vivido en mucho tiempo. Escucho a Jessi y me veo en otro momento de mi vida. Me dan ganas de decirle que no tiene que hacer las cosas de la forma en que las está haciendo, pero supongo que eso es algo que uno entiende después.
Jessi dice: quisiera tener un día para mi. Quisiera levantarme e ir a dónde quiera. Quisiera quedarme acostada si así lo deseo. Quisiera poder elegir qué como. Quisiera hacer todo esto sin tener que ponerme de acuerdo con Luca en cada ocasión.
Jessi dice: es que yo a todo digo que me da igual, porque es así, me da igual. Entonces siempre hago lo que los otros quieren. No voy a pelear por hacer lo que yo quiero porque puedo hacer la otra cosa.
Jessi dice: igual, no podría viajar sola. No podría estar haciendo todo esto porque me daría miedo.
Yo digo: ¿pero todos estos 40 días los has pasado con él? ¿no se separan a veces para que cada uno haga lo suyo? ¿están juntos todo el tiempo?
Sí, están juntos todo el tiempo, porque Luca piensa que si ella quiere hacer cosas por su cuenta significa que no quiere estar con él. Y ella, como no le cuesta nada amoldarse, le dice que sí a todo.
Se nos acaba la playa así que debemos seguir el camino por la carretera. Luca camina zigzagueando por el medio de la calle y Jessi, asustadísima, toma la tarea de protegerlo cuando viene un auto. "Luca, a la izquierda. Arriba, arriba, sube, Luca, ¡el auto!".
Le habla como a un perro, pienso. Le hablo como a un perro, me dice.
En un momento él se sienta en el borde del camino y le pide que le abroche los zapatos "así como me los abrochas tú". Ahí ya decido que no puedo continuar el camino con ellos y que ahora me toca ir sola. Así que sigo caminando, esquivando autos y piedrecitas. La mañana de verdad está hermosa y llena de tanta luz que parece algún acontecimiento cósmico que ocurre una vez cada mil años. El aire huele rico y fresco. Todo a mi alrededor es verde y azul. Hasta que intentando dar la última pisada, mi pie se encuentra en el aire con algo que lo cambia todo, como un caminante en el desierto a punto de pisar una cascabel, o un explorador en la Antártica que caerá por una grieta en el hielo o un soldado en la selva que pisará una mina. Junto al camino, un poco oculto entre el pasto, hay una gatito muerto. Es bellísimo y sereno, pero está muerto. Parece que sólo estuviera durmiendo una siesta, pero está muerto. Creo que en cualquier momento se pondrá a ronronear, pero está muerto.
Me pongo a llorar, porque estoy llena de cosas que ya no me caben. Me siento a su lado y le hablo de todo lo que no podrá ver. Le digo que ha empezado un nuevo año, lo que significa que algunas cosas serán parecidas y otras totalmente diferentes. La combinación entre ambas, gatito, es lo que a los humanos nos entusiasma. Le digo que ahí, sentada a su lado, me he dado cuenta de que tengo un agujero enorme en el pecho. Nunca antes me habían roto el corazón. Ni siquiera había sido capaz de ocupar una expresión como esa. Le explico que no sé qué hacer con ese espacio vacío que quizás nunca pueda llenar ¿estaré destinada a caminar por el mundo con un corazón deforme? Le digo que no quiero que esa mañana acabe y me quiero quedar a su lado hasta que sólo estén sus huesos y recién ahí seguiré caminando hasta no detenerme jamás. Le confieso que tengo pánico de subirme al avión y que se estrelle y morir gritando su nombre. Morir gritando la ausencia. Le digo que me alegra estar sola, pero que me entristece cargar un corazón calado. Que no sé qué hacer con ese espacio. Que yo antes creía que las alegrías ocupaban el lugar de las tristezas, pero ahora sé que no. Lo triste se queda ahí siempre y debemos abrirnos como un elástico para que entre lo otro, sino la tristeza nos endurece. Y lo que cansa es eso, tener que hacerse el espacio.
Después de sacármelo todo, le pongo una moneda sobre las costillas para que pueda costear el viaje al otro mundo y sigo avanzando. Caminaría hasta dar la vuelta al mundo. El camino sigue hermoso e incierto. Llego a la costanera y me detengo frente al mar por unos minutos, por que sé que entrar al hostal es terminar todo esto y aún no estoy preparada. El sol me da por atrás y refleja mi cuerpo en el mar. Entonces entiendo qué es lo que Jessi ve en mi que le provoca admirarme. Junto a mi sombra no hay otro cuerpo. Estoy sola. Sólo yo, mis piernas sorprendentes y mi corazón agujereado. No necesito a nadie para recorrer el mundo.
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