martes, 20 de enero de 2015

Aguas mágicas


El día estaba despejado y soleado, pero la humedad era un poco fría, como la de la mañana. Lejos había una construcción de cemento gris y cubierta por musgo verde, óxido y algún hongo blanco. El edificio era un rectángulo sencillo y poco pretencioso, aunque al acercarse una notaba todos los adornos que revelaban cierta majestuosidad pasada.

Yo estaba en traje de baño y encima tenía una camisa de algodón que me quedaba grande. Los sueños son un sentido más, como el gusto o el tacto: son una interacción con algo al otro lado de un límite que provoca un efecto en mi o en nosotros. Para los sentidos normales, lo que está afuera de los márgenes es el mundo exterior, diferente de mi o nuestros cuerpos. Lo que los sueños perciben, en cambio, está al interior. Pero tan adentro que es lo mismo que esté afuera o en todos lados. No es ni mío ni ajeno, está antes y después. Yo estaba en traje de baño y camisa, sin zapatos, entonces cuando entro al edificio, una reja metálica me lastima los pies.

Se acerca un hombre que tiene la piel como cuero, brillante y café, y me pregunta si leí las declaraciones de la Selva Lacandona y yo le contesto que para qué me pregunta eso si estamos en Camboya y no en Chiapas. Insiste con un poco de firmeza y ahora no sólo me exige una respuesta positiva, sino también una evidencia: yo agarro un caracol que va trepando por mi pierna izquierda y lo pongo sobre su mano derecha. Nos quedamos en silencio mirándolo hasta que sale de su caparazón, saca sus cachitos y el hombre me sonríe lleno de dientes. Puedo pasar.

Adentro hay una piscina, aunque considerando sus características, pienso que la palabra alberca o pileta le viene mejor. Una piscina es limpia, clorada y pintada de la variación más fea que existe del celeste, además su uso está condicionado a muchas reglas. A esta nunca le han pasado pintura (o quizás sí, pero en una época que ya no existe y para personas que no debieron existir), además no es rectangular, sino que da varias vueltas y tiene ángulos en todas las direcciones. Las paredes interiores del edificio se ven igual de viejas que las de afuera, siempre cubiertas de musgo. No hay luz artificial, sólo la que entra por las ventanas. Aquí hubo algo que ya no está o hay algo nuevo que es esto que veo ahora.

Hay unas doce personas metidas en el agua. Algunos son camboyanos y los otros son latinoamericanos. Se comunican entre sí cada uno en su idioma y no sé cómo se entienden. Una cabra se da cuenta de que llegué y me dice compañera, métete al agua para que podamos conversar. Y cuando me sumerjo, todo se vuelve delicioso. Hermoso, demasiado. Muy, muy, muy alegre. Casi no me cabe la felicidad de comprender que estoy en Camboya bañándome en unas aguas mágicas que han sido recuperadas de unas personas de mierda.

Una vez en el agua puedo comprender a todos los otros, aunque hablemos idiomas diferentes. La niña que me invitó a nadar me dice que cada persona siente las aguas de una manera propia, pero que mientras más personas estén adentro, más rico es. El placer es tanto colectivo como individual. El agua sabe exactamente cómo hacernos sentir bien, lo que suena bastante cursi y hasta inocente (soso, diagamos), pero no es que te anestesie ni te deje cómodo o satisfecho. No es espectáculo.

Es desalienante, en realidad.
O como un ácido, sabiendo que no habrá terror.

La cosa es que yo lo estaba pasando tan bien que me desperté, como si el cuerpo no soportara ninguna sensación extrema en los sueños para protegerse de que queramos quedarnos ahí o que después la vigilia nos parezca triste o no deseable. El sueño era tan especial, que creí que si me quedaba dormida volvería a él. Y eso pasó. O a lo mejor soñé que me desperté, no sé.

Cuando vuelvo al sueño ya no hay nadie bañándose, así que decido salir a buscar a alguien más y me encuentro con la Mile y el Denis. Les explico que puedo llevarlos a una piscina con aguas mágicas en la que cada persona siente algo diferente, aunque estemos todos adentro y las leyes de la física digan que debemos percibir algo similar. La Mile tiene pena, el Denis está contento; ella no quiere bañarse de inmediato, él se tira un piquero. Así que me quedó junto a la Mile en una banca de madera, un poco incómoda porque los palos me aprietan los huesos del culo contra la piel, mientras el Denis nada como un delfin. Entonces de un desagüe aparecen cinco cocodrilos y me asusto mucho, porque por mucho que el agua tenga poderes, no puede volver a juntar las partes mordidas de mi cuerpo y hacer que todo funcione como antes. El Denis sale del agua con el mismo entusiamo del comienzo y nos dice que no nos preocupemos porque si pensamos que no son cocodrilos van a convertirse en otra cosa. Se acerca a uno de los animales y hace que pase por entremedio de sus brazos puestos en forma de aro, como un león de circo, y rápidamente se convierte en un gecko del largo de mi mano. Hace lo mismo con todos y los geckos se arrastran hasta mis piernas, tratando de alcanzarlas con sus patitas como los gatos dan arañazos a sus juguetes o a los ratones si es que no son burgueses. Yo me muero de la risa y las cosquillas.

La Mile se para en silencio y entra a la piscina muy lentamente. Se pone de espaldas sobre el agua, cierra los ojos y mientras estira sus brazos por sobre la cabeza, al fin sonríe en calma.

Cuando decidimos dejarla sola, dan las 8:30 y la alarma me despierta.


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