Ni
bien salimos del muelle, la lancha choca contra un banco de arena en
la orilla contraria y quedamos atrapados. Estamos en el Tonlé Sap,
el sistema formado por un río y un lago que se transforma dos veces
al año en algo completamente diferente. En la temporada lluviosa, el
río es ancho y fuerte. Desemboca en el lago ubicado al noroeste del
país y lo inunda hasta convertirlo en el más grande de todo el
sudeste asiático. Pero cuando las lluvias se detienen, como ahora,
el río corre en la dirección contraria, hacia Phnom Penh, donde se
mezcla con el río Mekong. Hay gente a la que le gustan los ríos. A
mi o me daban lo mismo o me parecían todos la misma cosa: agua que
corre desde un punto a otro y ya. Ahora me gusta la excentricidad del
Tonlé Sap. O sea me gusto yo como alguien capaz de
conmoverse con lo raro de este movimiento. Y
los obligo a ustedes a sentir lo mismo, les digo: esto es
extraordinario, reparen en ello.
Soy
la única pasajera en un bote que podría recibir por lo menos a
diez personas más y es conducido por un niño que se baja e
intenta empujar la nave, aunque lo único que consigue es hundirse en
la arena y mojarse los pantalones. Le digo que quiero intentar
ayudarlo. Sólo me sonríe y niega con la cabeza, sin mirarme a los
ojos. Finalmente llama a alguien; recuerdo o quiero recordar que su
celular estaba cubierto por stickers brillantes, como si no fuera suyo o este no fuera el trabajo para alguien con un aparato así. Stickers de Hello Kitty o de Pokémon, no sé. Llega una
lancha similar, demasiado grande como para llevarme sólo a mi,
piloteada por un adolescente y un niño de unos diez años como
acompañante. Según entiendo, debo continuar mi viaje con ellos. No
siempre entiendo.
Yo
no tengo idea a dónde voy. Ni siquiera sé que estoy en el Tonlé
Sap. En la mañana recorría Angkor Wat como todos los que llegan a
Siem Reap y supongo que media engañada, el conductor del tuk tuk me
trajo hasta acá. Mencionó una visita a la villa flotante y yo pensé
que era parte del mismo complejo de templos así que le dije que sí,
pero atravesamos toda la ciudad en la dirección opuesta, pasamos una
carretera a medio asfaltar y cubierta con un delicado polvillo rojo
que entra por todos lados, llegamos acá y me cobraron 30 dólares
sin siquiera saber por qué.
Me
he sentido muy estúpida en este país, así que he desarrollado un
táctica para que no se note tanto. Guardar el silencio suficiente y
desviar la mirada hacia abajo. Eso hago: me quedo callada y miro cómo
la sombra de mis sandalías ha dejado una marca luminosa sobre el bronceado de mis pies. O
cuento las colillas de cigarros. Al menos una vez al día, a veces
varias, depende. Estoy tan lejos de todo lo que era mi todo que si no
envuelvo lo que me ocurre con palabras, no llega a existir. Es fácil
vivir así, decidiendo qué tiene cabida en mi relato y qué se queda
fuera. Fácil hasta el día que todas esas palabras intenten escapar
y yo me encuentre en medio de una calle completamente desatada,
gritando contra los motoristas que sólo le hacen el quite a mi
cuerpo en lugar de detenerse, como tendría que ser si les interesara
mi vida, acusando todo lo que me ha ofendido con los ojos arrancando
de mi cara roja e hinchada, hasta que alguna mujer me recoja y me
frote Tiger Balm en la frente para calmarme. Entonces también
tendría que enmudecer por eso. Mientras, me callo. Pago 30 dólares
sin comprender la razón y no digo ninguna palabra.
Ahora
voy sobre una lancha acompañada de dos niños a un lugar que
desconozco y nadie, absolutamente nadie, sabe que estoy acá. Es uno
de esos momentos en los que podrían hacerme desaparecer y nunca me
encontrarían porque no sabrían dónde empezar a buscar.
-
¿Chile? ¡Alexis Sánchez!
Le
digo que sí, que vengo de Chile como el futbolista y que me
sorprende que todos acá lo reconozcan.
El
niño me cuenta que se llama Sinn, pero en realidad miento. No puedo
aprenderme los nombres camboyanos porque son demasiado simples. Lo
sencillo no se graba en la memoria o la traiciona tomando formas que
parecen más importantes. Aquí, Sinn Sisamouth. Sus nombres son como onomatopeyas de
sonidos que no existen. Sinn enuncia su nombre, sí, pero bien podría
ser Pan o Chok o Neng, ya ni siquiera hago el intento de
memorizarlos. Y no me siento mal, no es que sea mala persona o que sus nombres me parezcan insignificantes. Tendrían que pasar muchas cosas para que sus palabras se convirtieran en las mías, aún no ha sucedido. Lo que sí me dice es que vivía en la villa con su
familia, pero ahora duerme en tierra firme porque debe trabajar en lo
que encuentre para llevarle plata a sus papás y a sus hermanos
menores. Eso es lo que yo escuché, al menos. No puedo asegurar que el niño no
esté mintiendo.
Recién
con él entiendo de qué se trata esto. La villa, que se llama Chong
Khneas, fue construida por inmigrantes vietnamitas que llegaron a
Camboya sin nada, salvo un montón de niños, hambre y miedo a las
balas. Levantaron sus casas en el agua porque así no debían pagar
por un pedazo de tierra. No tuvieron dónde sembrar, pero encontraron pescados para vender y
comer. Me cuenta que Tonlé Sap significa “enorme fuente de agua
dulce”; yo le digo que el lago no me parece tan grande, más bien
seco y lodoso, entonces me pregunta que si sé lo que le pasa al río
a lo largo del año. No, no tengo idea de lo que sucede acá, es
mejor que me cuentes.
Piensen en el segundo exacto en que las aguas cambian de una dirección a otra. Piensen en eso. En esas moléculas.
En
el trayecto nos encontramos con algunas construcciones de madera a
medio destruir. En ese sector se emplaza la villa durante la época
de lluvias, pero cuando el agua baja deben moverlo todo río arriba y
volver a construir la ciudad en algún punto del lago. Así, año
tras año, para el resto de sus vidas. Nunca he podido asimilar a qué se refieren cuando hablan de la circularidad del tiempo.
Hay
una casa de madera grande, pintada de color celeste, hundida en un
costado. En el techo flamea una bandera de la ONU desteñida (¿sí?
Creo que la vi, pero no sabría dónde ubicarla. Si estaba, de todas formas debió haber perdido su color) y en la pared
que entra al agua cuelga un aro de básquetbol. Según Sinn es la
escuela de la ONU. Dice es, no fue, aunque sea
imposible hacer clases ahí adentro.
Me
parece que Sinn debe tener unos 15 años, aunque como con todos los
camboyanos, es difícil adivinar su edad. O se ven sorprendentemente
jóvenes o demasiado viejos. Como otros que he conocido, habla de lo
que le rodea con un desapego fantasmal. Las palabras salen de él,
pero no de él. Él es otro, no el que me habla. Cuando habla inglés,
sólo se aleja. Ese idioma confiesa una separación rotunda: te
hablo así sólo para que entiendas que no me entenderás. Porque
nosotros no somos nada más que unos ojos redondos, unos zapatos
caros, una cabellera diferente, unas preguntas estúpidas y unos
actos que nunca, jamás, llegan a nada. Aunque esté inundada y no
albergue ni a profesores ni a estudiantes, esa es la escuela
de la ONU porque todo lo que el norte construye acá funciona no
funcionando. Deben haber gastado mucho dinero para traer expertos en
educación y desarrollo, juntaron a un grupo de entusiastas profesores de afuera,
hasta pusieron el aro de básquetbol y la escuela, ridícula,
funcionó con suerte una temporada porque nadie se detuvo a pensar
que tan pronto el río creciera, el agua se la llevaría. Y los
extranjeros no iban a moverse con los refugiados lago adentro porque
cuando las cosas se les ponen difíciles, tienen la libertad de
desentenderse del asunto que iniciaron: la moral, tan cristiana y
blanca, estará siempre a su favor. (Si eres occidental no tienes que
hacer mucho para que otros como tú te crean una buena persona: basta que no culees con niños, que no compres coca
en la calle (no es coca) y que de vez en cuando digas en voz alta que
este país te da pena y que los camboyanos te parecen tan alegres, a
pesar de todo. A pesar de la muerte, la mala gente de bien no menciona la muerte.)
El
fantasma en la garganta de Sinn anuncia la claridad de que hagamos lo
que hagamos los occidentales acá, se desvanecerá tan pronto
decidamos cruzar la frontera y por eso no tiene por qué mostrarse ni
entusiasmado ni agradecido.
-¿Tu
hermano no va a clases? -le pregunto por el niño pequeño que nos
acompaña.
-No
es mi hermano.
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