jueves, 5 de mayo de 2016

La vergüenza

Al final del camino, rodeada de unos árboles que quizás eran eucaliptus, qué sabia yo de árboles a esa edad, estaba la celda del animal. Mi papá se adelantó, se quedó quieto un rato ante la malla de alambres y se devolvió con una cara rara. Nos dijo que pobrecito, estaba muy asustado, quizás le habían hecho algo malo, así que era mejor no perturbarlo, que para qué lo tenían ahí, que no era necesario. Mis primos y mis tíos le hicieron caso, no sé por qué, y tomaron el camino de vuelta, pero yo seguí caminando. Nadie me vio. No sé, a veces nadie me ve.

Era más alto que yo. Definitivamente más fuerte. No podía olerlo, aunque estaba segura que debía haber olido a una mezcla de pipí de gato, leche hervida y almendras tostadas. Qué ganas de olerle el cuello. Quería acariciarlo y hablarle, que me entibiara la nariz con el calor de su hocico, meter los dedos por su pelaje, descubrir si su piel se transformaba en su cornamenta o si esta salía de adentro, como un diente de las encías o lo que sea que pasara en ese límite entre carne y hueso.

Era más fuerte que yo, era más lindo que yo. Era menos libre que yo.

El corazón me palpitaba en todo el cuerpo y oía como la sangre corría dentro de mi carne. Estaba asustada, estaba enternecida, estaba alterada, estaba emocionada porque nunca había tenido algo tan hermoso al frente, nunca había estado completamente sola ante algo tan desconocido. Di un pequeño paso para calzar uno de mis ojos en uno de los agujeros de la reja y sus ojos negros y brillantes se encontraron con los míos en una mirada que era de terror en los suyos y de descubrimiento en los míos. Descubrí mi ventaja, devine pendeja de mierda. El control lo tenía yo, yo era la que podía elegir entre ser buena, buena o mala, mala. Y nadie me había visto. Vi como el cuerpo se le hacía más pequeño detrás de la piel, de verdad se hundía dentro de sí; me pareció que reconocía mi triunfo y que cada gota de su sangre podía llegar a ser mía si me atrevía a reclamarla. Nunca había dominado a nadie ni nada, siempre había sido la niña a la que le dicen qué hacer y por dónde moverse y cuándo tener miedo y cuánndo paralizar los músculos y hacerse más chica o más quieta o más callada. Podía ser mala por primera vez en la vida y nadie me estaba viendo. El ciervo retrocedió todo chiquito y atemorizado.

Tome airé, enfoqué mis ojos en los suyos sintiéndome gigante, agrandé mi pecho para que entrara la maldad (después de todo, no sabía cómo ser mala), alcé los brazos con fuerza desde atrás hacia adelante tratando de empujar una fuerza invisible contra él, como una magia negra, levanté un pierna y tiré una pisotada fuerte al suelo y solté un ARRGGHHH o algo así. No muy fuerte para que mi familia no escuchara. Quería que huyera y que se fuera a esconder a su casita de palitos madera. Quería sentirme poderosa. Humana. Grande.


Pero el ciervo me devolvió una mirada peor, una mirada que venía de otros ciervos, de todos los ciervos que el cautiverio le impidió conocer, una mirada de cientos de años, una mirada de espíritus atrapados en animales, una mirada de odio atroz, una mirada de músculos fuertes y cuerpo capaz, una mirada de rabia y de la fuerza que yo nunca tendré. Odio y fuerza. Juro que echó humo por la nariz, eso fue lo que vi, incluso que le crecieron colmillos y tiraba espuma por la boca. Hasta cambió de color. Y con una velocidad no humana se lanzó contra la reja como si quisiera reventarme los pulmones con sus cuernos y levantarme por los aires para que viera mi sangre derramarse sobre su pelaje. Pero se detuvo. Se detuvo muy cerca mío mientras yo veía como le latía el corazón en todo el cuerpo y la sangre lo golpeaba desde adentro porque el control lo tenía él, él que era milenario, él que era de carne inmortal y huesos mágicos, él que no era humano, él que con el pecho en alto y duro me decía que no era algo tan vulgar como una niña de cinco años, que me devolviera llorando por el camino de los eucaliptos, que corriera más asustada que diez bambis juntos, con el cuerpo pequeño de pendeja de mierda que cree que ser grande es ser mala y que no le contara nunca a nadie sobre cómo un animal prisionero me había humillado perdonándome la vida.

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