martes, 25 de noviembre de 2014

La primera violencia es que nos hacen mujer

Ya sabemos que una de las intenciones de eso de ser hombres y mujeres es hacer creer que ciertas diferencias políticas, económicas, culturales y biológicas son naturales. Los hombres son así y las mujeres somos asá. Con eso se justifican relaciones de opresión y explotación dentro de las pocas formas de vida que son aceptadas por la norma. Por mucho que nos indigne, tenemos bien asumido que los varones son los victimarios y las mujeres somos las víctimas. Algo dice eso de esta vida.

La violencia, entonces, no es sólo cuando nos pegan, nos violan o nos matan. Está incrustada en nuestros cuerpos desde antes de nacer, cuando nuestros padres se enteran de que esperan una niñita, con su carita de rosa. Somos creadas mujeres. Al momento de entrar en este mundo nos instalan una serie de reglas y prohibiciones que determina cuáles actos podemos realizar y cuáles están prohibidos. Las niñas no hacen eso, no hablan así, no se mueven de esa forma, no se visten de ese modo. Sonría, ordénese el pelito, lávese las rodillas, cómo va a andar toa cochina.

Nos convierten en mujeres y esa es la violencia original. Nos dan la bienvenida a la vida poniéndonos en el lugar de la víctima, para ser sus víctimas y justificar lo terrible. Llegamos al mundo para ser oprimidas, para que nos tengan pena o para que nos anden cuidando. Ser asignadas mujeres es también violencia de género. Tener que ser mujer es lo violento.

Y esa violencia no viene solamente de hombres cuyas conductas se patologizan como para decir oye, no todos somos así, por si acaso. Lo triste es cuando la violencia nace de quienes nos aman y nos obligan a acomodarnos a esta vida capitalista y patriarcal. Es una violencia que pasa desapercibida en nombre del amor y oculta entre los privilegios masculinos que incluso aquellos que se denominan feministas y antipatriarcales poseen, porque a ellos los construyeron varones.

Mi cuerpo infantil fue despojado de toda su potencia para hacerse fuerte al criarme como niña e impedirme, por ejemplo, correr, subir árboles o practicar ciertos deportes. Yo pude haber sido resistente y musculosa, pero nunca sabré de qué forma mi carne se ablandó cuando consumí hormonas feminizantes artificiales para que el varón amado pudiera terminar adentro mío, algo primordial para toda pareja cuando se ama, como símbolo de oro de la heterosexualidad. Pude haber sido valiente y violenta, pero mi papá me enseñó a no salir de la casa cuando estuviera oscuro. Pude haber desarrollado una voz profunda y rica, pero mis palabras cuelgan de un hilo en la garganta con miedo a todas las veces que me hicieron callar. Pude haber protestado, pero mi mamá me dijo que era mejor dejar que las cosas pasaran. Pude haber aprendido a tocar guitarra o armar una mesa, pero sé cómo lavar la loza, trapear el piso, tejer y cocinar. Mucho de lo que hoy soy, lo soy por haber sido convertida mujer y no sé de cuánto me he perdido.

Tengo tanta rabia.

Por eso hoy no lucho contra la violencia de género marchando en silencio y de negro como si ya me hubieran matado, sino desde mi sangre misma. Cada día es una decisión. Cada decisión es un experimento. Y así, no acepto que mi cuerpo sea territorio de la violencia. De a poco voy despojándome de lo que me amarra porque no sé lo que puede mi cuerpo, pero sí lo que ya no quiero que lo afecte. Me entrego a lo desconocido y a la potencia. Rechazo mis privilegios y combato los ataques ferozmente. Corro, bailo y canto. Ataco y muerdo. No soy la mujer de nadie. Sobre este cuerpo no.

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